Orar nuestro ser peregrinos

peregrinos El Éxodo es el itinerario del pueblo de Dios en busca de la tierra de la libertad y la dignidad. En este mundo todos somos peregrinos, vivimos a la intemperie de la precariedad y la provisionalidad. Todos cruzamos el “desierto” de la soledad, la dureza, el miedo, la tentación. Orar nuestra realidad de peregrinos nos hace descubrir la presencia y providencia de Dios a lo largo del camino. Jesús, el gran peregrino, camina a nuestro lado. Él conoce nuestra pobreza y menesterosidad, no nos abandonará. En la oración percibimos su presencia, y nos sabemos guiados por su Espíritu Santo.  El camino se hace largo y sobreviene el cansancio, el desaliento, el deseo de volver atrás. La fe es puesta a prueba. Murmuramos en nuestro interior contra Dios: ¿para qué seguir? Todo se nos hace insoportable. Perseverar orantes en estas condiciones de cansancio e inseguridad robustece la fe y consolida la confianza. Será gracia transformadora de resurrección libertadora. La oración se hace penosa, pero la fe nos da aguante en la tribulación. Es el tiempo de la prueba. Basta que nuestra oración sea de silencio y espera. Esperar sin desesperar. Jesús se nos hará presente y nos dirá: “Yo soy el camino. Tú, ¡sígueme!”. Entonces se alegrará nuestro corazón y podremos exclamar con santa Teresa: “Juntos andemos, Señor; por donde fuereis, tengo de ir; por donde pasareis, tengo de pasar”. Sigamos, pues, nuestro peregrinar la vida hacia Dios, caminado junto a los hermanos, tendidas y ofrecidas las manos.               Anna Seguí ocd

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