Labrar la tierra del corazón

images (65) Cuando se me apodera el descuido, dejo que la dispersión alcance mi mente y la distracción mi pensamiento. El corazón se olvida de Dios. Percibo que me torno tierra baldía, reseca, agostada, sin agua. Siento que se muere mi alma, languideciendo dentro de mí. Solo volviendo a la oración, recogiéndome en mi aposento interior, con atención amorosa y gusto por encontrarme con Jesús, me vuelvo a disponer para recibir las bondades que Él siempre me quiere regalar, haciéndome productiva, recuperando la alegría.  “El que pone la mano al arado y sigue mirando atrás, no sirve para el reino de los cielos” (Lc 9,62). La tierra del corazón debe ser surcada por la reja del arado, con actitud decidida, mano firme y ojos fijos en Cristo. Trazar el surco, profundamente labrado, revolviendo la tierra, tornándola blanda y esponjada, disponiéndola para la buena siembra. Semilla del reino de Dios. “Salió un sembrador a sembrar” (Lc 8,5). “Al ir iban llorando llevando la semilla” (Sal 126). Orar es recrear el huerto del corazón. Cuidado, dedicación y trabajo. Regar con el agua del Espíritu. Él es quien se encarga de hacer germinar el grano sembrado. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). El orante se fía de Dios, que, a su tiempo, hará brotar la espiga, viendo con asombro, producir el ciento por uno. “Al volver vuelven cantado, trayendo sus gavillas” (Sal 126).

                             Anna Seguí, ocd

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