Sobre la mística

 diamanteQueridísima Mara: Te cuento. Hace algún tiempo, estuve participando de ponente en una mesa redonda, a la que fui invitada. Trataba sobre la mística, vista o vivida desde el Carmelo. Creo que lo expresado en la aportación, salió de mis momentos orantes ante Jesús. Y no tuve otro deseo sino hacer cercana e inteligible la mística que, a decir verdad, resulta bastante extraña a la gente. Y es una pena, porque la mística es atrevida, es una realidad que rompe límites, dilata estrecheces, nos abre a la creatividad y es portadora de novedad. 

Creo que algo se logró en el grupo. Fue muy bien acogido todo y abiertamente debatido. El ambiente se fue caldeando positivamente, y se produjo una comunicación viva, fraterna, libre, respetuosa también. Me sentí a gusto compartiendo el suscitado y alegre diálogo con los asistentes. La gente estaba muy motivada y mostraron ser encantadores.

Me presenté ante el grupo con espontanea naturalidad. No con una pretensión, sino con una convicción interior que llevo en mí, y que no me tembló la voz para comunicarla. Les dije abiertamente que soy contemplativa y mística, e hija de místicos también, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Además, nieta de Elías, mujer de pasión y fuego, como él. Heredera de su cueva orante, cercana al mar, cuidadora de naranjos. Que soy  carmelita descalza, y como tal, soy mujer de oración, como forma de relacionarme con Dios, con los hermanos y con la vida.

Afirmé que la mística no me es un fenómeno extraño, que no debe sernos ajena a nadie. Que en la mística, más bien veo en ella el hacer de Dios en mí, en cada criatura suya, y en la creación entera. Esta manera de entenderla está al alcance de todos. Supone tener mirada atenta, saber ver, detectar y reconocer el obrar de Dios en la historia humana y particular de cada hijo suyo. Señalé que la mística hoy, ha de ser expresión eficaz de la misericordia, del amor misericordioso de Dios.

¿No percibes tú misma, querida Mara, que el Dios que nos crea nos recrea continuamente? La mística es el gozo de sabernos creados y recreados por Dios. Solo cuando nos situamos fuera de Dios rompemos la armonía creadora y surge la violencia, la agresión y la muerte. Alejarnos de Dios es implantar la oscuridad en nuestro entorno, más aun, entenebrecernos interiormente.

Siempre he pensado que la mística que Teresa vivió (más allá de los fenómenos místicos puramente sensibles) y nos ha dejado como patrimonio para sus hijas-os y para la iglesia, bien puede decirse que es una mística asequible y muy humana. Una mística propia de todo aquel que vive adherido a Jesús. Porque, la mística que Teresa experimenta y nos transmite, es puramente cristocéntrica.

Polarizada por la figura de Jesucristo, Él es quien la vive y la fascina, quien la desmonta y la transforma. Ella nos dice: “Se esté allí con Él, acallado el entendimiento. Si pudiere, ocuparle en que mire que le mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con Él” (V 13,22). ¡Maravilloso decir! Quien nos mira, quiere ser mirado. Es una cuestión de enamoramiento. Nada nos fascina tanto y nada nos proporciona tanta dicha como estar enamorados, que alguien nos mire a los ojos y nos diga un placentero: te quiero.

Esta preciosa expresión teresiana: “Mire que le mira”, dicho en palabras de hoy, viene a ser: Mira que te mira. Es decir, tener la certeza de que somos mirados por Dios y hechos por Él permanentemente. Dios siempre nos está mirando y haciendo, sencillamente porque, como bien dice el teólogo Hans Küng: “La causa de Dios es el hombre, Dios quiere la vida, la alegría, la libertad, la paz, la salvación, la gran felicidad del hombre. La causa de Dios no es la ley, sino el hombre”. Además de hacernos Dios, Él, en nuestras dificultades y atascos mentales, nos resetea, nos vuelve a disponer, nos habilita para amar, nos hace amadores. Dice Juan de la Cruz: “El mirar de Dios es amar y hacernos mercedes”. Dios siempre nos dice amor, porque Él no puede más que amar.

¿Puede haber algo más estremecedor que Dios quiera ser saboreado en nosotros? En mí y dentro de mí, viviéndome, haciéndose a mí condición, para hacerme Él a la suya. Sencillamente por pura gracia, porque se ha empeñado en darse a conocer y hacerlo como Padre, como Amado. Hijos regalados somos ¡Y no nos enteramos!

Les dije que la mística tiene unos comienzos muy sencillos. Con la atención amorosa: “Advertencia amorosa” dirá Juan de la Cruz. Que todo es cuestión de amor, de enamoramiento, algo ante lo cual somos muy sensibles. El deseo de Dios en nosotros es el comienzo de la mística, crea la relación de amistad. Teresa entendió que Jesús se le comunica y le dice: “Buscarme has en ti, buscarte has en mí”. Sentir, percibir, adivinar cómo Dios nos va transfigurando. Es la metamorfosis del gusano que se va transformando en mariposa. Seres llamados a realizarnos en plenitud, para vivir gozosamente nuestra humanidad. Sabiéndonos amados, nos hacemos amadores. Porque, al fin, somos capaces de amor.

Dije que, de normal, tememos a la mística. Por lo cual, la hemos situado fuera del ámbito de nuestra humanidad. La hemos llevado al mundo de lo fenomenológico, y así se nos ha hecho extraña, lejana, rara. Sin embargo, ella, la mística, nos trabaja cada día, porque el hacer de Dios es místico. Nos ocurre que no tenemos ojos contemplativos, ni reparamos en ver y reconocer este proceder de Dios en nosotros. Su fidelidad es nuestra seguridad, nuestra alegre esperanza.

El obstáculo que ponemos a la mística, o el obstáculo que le ponemos a Dios para poder vivir la experiencia mística, es la dispersión y la distracción. Entonces formulé una pregunta, que englobaba varias: ¿Qué me ocupa, qué pienso, dónde tengo orientado el ser, qué prima en mí, en qué me detengo, tengo siempre la Palabra de Dios en mis manos y en mí corazón?

Los seres humanos somos, soy, lo que es nuestra relación con Dios, primero, y con los demás también. La relación con Dios es transformante del ser. Él nos creó y nos sigue creando siempre. La mística no nos puede ser tan extraña ni lejana, porque Dios está abocado a sus hijos para realizarlos en plenitud. Soy lo que Dios me hace, si le dejo hacer, que también le ponemos resistencias. Vivir abiertos para que Dios venga a ser en mí lo que quiere ser, y lo que me quiera hacer. Él es y actúa como salud rehabilitadora de la humanidad. El mejor ejemplo de dejarse en manos de Dios lo tenemos en la figura de María: su Fiat, y el Magníficat. Aquella disposición de abandono en manos de Dios, para dejarse hacer por Él.

Leyendo la creación en el libro del Génesis, en el principio, se husmea ya aquel hálito místico y contemplativo en toda la creación. Cuando  Dios miró todo lo que había hecho y vio que era muy bueno, se deleitó en su propia obra. Al ser humano, hombre-mujer, los hace a imagen y semejanza. La Nueva Creación, realizada en Jesús, nos hace hijos, y esta es la dignidad que Dios quiere alentar y salvar siempre en nosotros.

En el Abba: Padre, papá, que nos regala Jesús, podemos añadir: Madre: Mamá. Un Dios con entrañas maternas, que nos es Padre y Madre a la vez. Todo es regalo místico de Dios para nosotros. Es la confianza como actitud básica. Y es la responsabilidad de construir el jardín de la redención, recuperando la armonía con Dios y con la humanidad. Dios nos quiere en el jardín de la felicidad, que el Resucitado nos ha recobrado y engrandecido.

Las grandes experiencias místicas de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, son realidades sensibles y eficaces, que Dios da a quién quiere y porque quiere. Pero, no son mayores gracias que las que recibimos de manera real y permanente, aunque a oscuras, en la fe al desnudo. La diferencia radica en que, lo sentido sensiblemente, nos mueve también más eficazmente por el gusto y la fuerza que causa en la persona. Pero no son en absoluto necesarias. La fe nos basta para situarnos en el terreno de la mística. Ella, la fe, también es gracia sostenida por Dios y no mérito personal.

Finalmente les pregunté si, tener fe, vivir la fe y ser fiel a lo largo de la vida, ¿pensáis que es obra nuestra? Es, sin duda, fruto de la gracia de Dios que la alienta, sostiene y hace crecer. A nosotros se nos pide disposición interior para dejarle a Dios ser Dios, y obrar en nosotros como quiera. Elegir cada día creer, más allá de la duda. Elegir amar, más allá de los sentimientos violentos que pululan por dentro.

Por último, dije que la mística es una realidad que encontramos en todas las religiones. Que muchas de ellas presentan un denominador común: Entrar es salir. Juan de la Cruz, dirá: “Entréme donde no supe y quedéme no sabiendo”; “Salí tras ti clamando y eras ido”; “En la interior bodega de mi Amado bebí”; “Entremos más adentro en la espesura”. Teresa dice: considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos”, donde Dios se deleita en el alma que le deja espacio. Entrar en los aposentos interiores, hasta el profundo centro, en el tú a tú con Dios ¡Enamorarse de Dios!

En esta hora y realidad de violencia histórica que vive nuestro mundo, la mística ha de ser y está siendo, la caricia suave, deleitosa y amable del amor misericordioso. Místicos sembradores de paz. No queramos otra mística sino aquella que nos hace seguidores de Jesús y realizadores de una vida para el Evangelio. Esta es la mística profética que necesita nuestro mundo. Esta sencilla verdad será transformadora de la nueva humanidad.

Bueno, querida Mara, esta fue mi aportación que deseaba compartir contigo. ¿Se puede dar un abrazo místico? ¡Te lo doy, mística mujer tú también!   Nura

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6 thoughts on “Sobre la mística

  1. jrivaya 20 febrero, 2016 / 1:01 am

    Mística, Fe , Razón. Como bien dice Teresa ” ..se esté allí con El , acallado el entendimiento ….”

    Nuestro gran problema para abandonarnos en el “Fiat” de María y para , acallado el entendimiento , sumergirnos en ese viaje de enamoramiento de Cristo, es que siendo hijos de la razón , ” devaluamos” ese mundo del sentimiento.

    No terminamos de discernir qué la contemplación es un enamoramiento distinto , como bien dices, de una sensualidad sentimental . Más parece el resultado de una Fe razonada , no empíricamente científica y por ello carente de certeza, que aceptada por la iluminación del Espíritu nos mueve a la búsqueda del rostro misericordioso de Dios y al abandono filial en sus brazos .

    En ese buscarle y mostrarse, yendo y viniendo desde el silencio interior nos va construyendo ,con altibajos, ese Amor que nos da fuerza para vivir intentando construir su Reino entre nosotros.

    Es tan difícil con nuestro ruido interior, nuestra imperfección , y nuestra exigencia de certezas empíricas ” entrar ” en la contemplación que solo ” dejándonos” coger de SU MANO es posible.

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  2. pepitina garcia romero 23 febrero, 2016 / 7:55 am

    Buenos dias Nura, encantada de encontrarme en tu Blog y poder compartir el Don hermoso de la Fe que hemos recibido. Preciosa reflexión.

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    • Anna Seguí ocd 23 febrero, 2016 / 1:07 pm

      Bienvenida a mi velero. Toma camarote cómodo. Vamos mar adentro, nos aventuramos, a la intemperie de cielo y mar.

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  3. Jânio Silva 23 febrero, 2016 / 7:21 pm

    Parabéns pelo blog e pelo artigo. Sou leigo e às vezes
    a mística me parece uma realidade distante. Mas suas palavras me fizeram ter um outro conceito: uma mística possível também a leigos. Obrigado.

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    • Anna Seguí ocd 23 febrero, 2016 / 7:36 pm

      Muchas gracias por tu valoración. Ten la seguridad de que Dios está deseoso de ser acogido, recibido por nosotros. Él, ya está en ti ¡disfrútalo!

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