JESÚS, MISERICORDIA ENCARNADA

descargaQueridísima Mara: En el año 2013, leí un libro del famoso teólogo Hans Küng que, como todos sus escritos, me gustó mucho, y que también te recomiendo. El libro al que me refiero, se titula: ¿Tiene salvación la Iglesia?, de la Editorial Trotta. La verdad, es una bomba. Crítico y certero, agudo e incisivo el sabio teólogo, tan sumamente controvertido dentro del sistema eclesial. 

Hubo una frase que me llamó la atención, decía así: “En sentido propio, la Curia papal, “romana” existe solo desde el siglo XI. Con el gobierno centralista de la Iglesia impuesto en el Occidente latino desde arriba a través de la reforma gregoriana, la Curia se convirtió en indispensable. En la actualidad no es preciso que sea desmantelada, pero sí que sea sometida a una reforma radical, que habrá de estar determinada por las exigencias del Evangelio. Para enlazar con impulsos de Francisco de Asís”.

Lo que me resultó sorprendente fue que, al poco, nombraron al actual Papa, que se ha querido llamar Francisco, asumiendo con este nombre, las formas humildes y sencillas del pobre de Asís, tan claramente evangélicas. Al verlo aparecer en el balcón del Vaticano, sin ornamentos suntuosos, sino solo con la blanca vestidura papal y con el nombre de Francisco, y tras los primeros movimientos de su hacer innovador, que reflejaban una natural sencillez, que desmontaba las costumbres mantenidas por siglos, la verdad, no pude menos que recordar las palabras de Küng, que me parecían haber sido del todo proféticas.

Francisco se muestra como un Papa sencillo y humilde, un Papa centrado en lo puramente evangélico, y con ello, desconcertante dentro del aparato curial, que no mira con buenos ojos su proceder. Pero Francisco se ha situado junto a los pobres de la humanidad, y pregona la humildad del Jesús en su hacer histórico, que “pasó haciendo el bien”, y él, emana su mismo talante. A Francisco la gente le ama, porque se sienten amados, comprendidos, amparados y bendecidos. No juzga, invita a una vida para el Evangelio, a ser imitadores de Jesús, y poco más. Esto lo entienden los sencillos y humildes.

En este momento, Francisco ha tenido la genial propuesta de convocar el año de la misericordia, del que ya llevamos recorrido un buen tramo. ¡Qué alegría, que hálito de esperanza nos ha regalado el Papa con esa hermosa realidad! Tengo para mí que, pensar la misericordia, nos está haciendo bien a todos. Nos motiva a reflexionar nuestras actitudes personales, sobre todo en la convivencia con los demás. Nos exige procurar modos y maneras afables y amorosas para con todos. ¡Ojalá así acontezca! Y sea este un año en el que se saboree la paz y la alegría, ¡la misericordia!

Lo que es yo, me siento interpelada desde dentro, y pienso mucho a Jesús como la encarnación de la misericordia de Dios. Él es la plenitud de la misericordia del Padre. Cuanto queramos saber y aprender sobre la misericordia, nos hemos de referir a Jesús. Mirándole a Él no podremos sino obrar misericordiosamente.

 Siempre he entendido que Jesús es todo el amor de Dios humanado. Nada más se puede decir. Tampoco se puede callar esa bondad sin límites. Jesús es toda la Palabra misericordiosa del Padre. Él nos humaniza con su proceder. Nos regala vida de cielo con su Evangelio. La Buena Nueva del Reino se llama “Bienaventuranzas”, y en ellas se proclama: “Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7).

Creo que Jesús, como camino verdad y vida, nos trae el ejemplo de la nueva humanidad a construir. Ella será fruto de la misericordia humana-divina. Nuestro reto y tarea queda concretado en las palabras de María: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,11). Y Jesús nos dice: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36). Las Bienaventuranzas son la sublime misericordia a vivir. Todos necesitamos gestos y palabras de misericordia. Cada persona la espera de mí. Jesús es el gran regalo de la misericordia de Dios a la humanidad. Su vida en medio de nosotros es salvación para todos. Su verdad rompe los límites y dilata las estrecheces. Nos libera de todos los sistemas que llevan gérmenes de poder absoluto, sea político, social, o eclesial.

En Jesús, contemplo la misericordia de Dios en la debilidad de la carne, que ha venido a redimir a la humanidad y el mundo. En Belén, Dios recrea el “Hágase” primero. Lo lleva a plenitud. La misericordia de Dios nace en la pobreza. Dios se abaja, y en esta condición, pone de manifiesto que la auténtica riqueza radica en los tesoros del Reino que Jesús trae: el amor misericordioso, salvador, sanador y libertador. En Jesús el amor se ha humanizado. Jesús es la personalidad humana de Dios.

La vida de Jesús es la realización de la misericordia. Cómo vive y cómo procede, es obra misericordiosa. Sanar enfermos, liberar de las ligaduras del mal, perdonar, dignificar, saciar el hambre, cubrir la necesidad, ser afectivamente amoroso. Jesús busca y nos enseña a humanizar la vida por el amor misericordioso con que hace todo. Liberar a la gente de todo sufrimiento y tormento, encendiendo el fuego del amor misericordioso. Los corazones penetrados del amor que Dios nos ofrece, experimentan la dicha de una vida en plenitud, generando amor a los demás. “Un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó” (Lc 10,33). Obrar misericordiosamente asemeja nuestro sentimiento al de Dios.

 Mara, querida, no puedo sino referirme también al amor misericordioso que Jesús mostró hacia aquel ser marginal que era la mujer. Jesús las amó y las dignificó, se dejó acompañar por ellas y las introdujo en su amistad. Y ellas lo amaron y le mostraron una fidelidad inquebrantable, que tiene su culmen al pie de la cruz. Su momento decisivo en el encuentro con el Resucitado. “María/Rabboni”. El amor crea encuentro y pone nombre: el del Amado y el de la amada. Y su plenitud en Pentecostés. Hoy, solo una obstinada cobardía, las sigue marginando, sofocando así el valor que Jesús halló en ellas. Pero la misericordia de Dios también lo purificará. “he oído el quejido/he bajado a salvarlas” (Ex 3). La exclusión no forma parte del Evangelio, no es de Dios.

 Considero que, la última cena, es la gran enseñanza de la comunión fraterna. La misericordia, cuando surge del corazón, lleva en sí la posibilidad reconciliadora, recrea la comunidad fraternizándola. El amor busca sentar a todos a la mesa común, que provee la necesidad de cada persona. La comunión es repartir lo que somos y tenemos, para abastecer la necesidad de todos. Lo poco de cada uno, puesto en común, deviene mucho, cubre la necesidad. La comunión es repartirnos el don de la misericordia unos con otros, para ser levadura en la masa ¡Todo fermentará! Más que celebradores de sacramento, ¡somos sacramento!

 Me estremece, Mara, contemplar en la cruz el amor misericordioso de Jesús, ofrecido por sus hermanos. En la cruz, Jesús lo da todo, porque se da a sí mismo, hasta morir por amor. A Jesús no lo mata la cruz, Jesús se deja matar por amor. Pero, por ser Él amor, resucita. Porque el amor no puede morir. “El amor es Dios”. Y el amor es vida de Dios en nosotros. Por eso, tampoco moriremos, porque el amor de Jesús nos ha resucitado ya con Él. Ser despojados de la carne mortal es obra de la misericordia de Dios, que nos reviste de eternidad. “Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. Por tanto, no valoramos a nadie por criterios humanos. Si alguna vez juzgamos a Cristo según tales criterios, ahora ya no. El que vive con Cristo es una creatura nueva. Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2Co 5,14-17).

 Y me despido, amiga querida, con la esperanza de que, siga siendo este un año en el que vivamos con los ojos fijos, el oído atento y la mente contemplativa en la misericordia de Dios, que lo penetra todo y lo invade todo. Espero confiadamente que, toda la evangelización y toda la vida, vaya marcada por el amor misericordioso de Dios. Procuremos hacer de nuestra casa interior el aposento de la misericordia, para que todo nuestro obrar brote de esta fuente de bondad maravillosa. “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

Fascinadas por Cristo, seamos portadoras de la bondad misericordiosa de Dios para todos. Te abrazo con amor misericordioso. Nura

 

 

 

 

 

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2 thoughts on “JESÚS, MISERICORDIA ENCARNADA

  1. María Jesús 3 marzo, 2016 / 10:49 pm

    Un comentario que brota del corazón. Y eso llega.

    Me gusta

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