TRIDUO PASCUAL

th (3)La última cena, es la gran enseñanza de la comunión fraterna. La misericordia, cuando surge del corazón, lleva en sí la posibilidad reconciliadora, recrea la comunidad fraternizándola. El amor busca sentar a todos a la mesa común, que provee la necesidad de cada persona.La comunión es repartir lo que somos y tenemos, para abastecer la necesidad de todos. Lo poco de cada uno, puesto en común, deviene mucho, cubre la necesidad. La comunión es repartirnos el don de la misericordia unos a otros, para ser levadura en la masa ¡todo fermentará! Más que celebradores de sacramento ¡somos sacramento! Somos creadores de comunión, realizadores de perdón, somos sacerdotes y profetas de Dios. Donde hay un cristiano, puede nacer la Iglesia. Donde hay un cristiano, hay plena vida sacramental. Amplio y libre es aquello que Dios ha hecho para nuestro disfrute sanador y salvador. Todo lo que nos pide Jesús es que hagamos lo que Él hizo, más allá de lo oficialmente establecido: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). El amor no soporta los vacíos o ausencia de amor.

Ejemplo de Jesús, lavar los pies

El gesto más conmovedor y humilde que realiza Jesús, la actitud más elocuente de su talante de siervo servidor, lo efectúa durante la última cena, cuando, movido por su amor misericordioso hacia los discípulos, se abaja a sus pies y se dispone a lavárselos. Jesús les da ejemplo de quiénes son ellos y lo que deben hacer: simples servidores de los hermanos. Nunca por encima, sino a los pies, no como dueños, sino como siervos. “El que quiera ser el primero, deberá ser el último de todos y servir a todos” (Mc 9,35). Alguien dijo que este ejemplo, muestra que, “por encima del hombre, ¡ni Dios!”. Jesús se abaja tan del todo que se hace el servidor de todos. Esta es la imagen de la fidelidad de la comunidad eclesial, cuando sirve misericordiosamente y de corazón a los hijos de Dios. El distintivo de los seguidores de Cristo es el servicio humilde y misericordioso a la humanidad.

 La cruz, signo de la misericordia

 En la cruz, contemplamos concentrado el amor misericordioso de Jesús, ofrecido por la humanidad. En la cruz, Jesús lo da todo, porque se da a sí mismo, hasta morir por amor. A Jesús no lo mata la cruz, Jesús se deja matar por amor. Pero, por ser Él amor, resucita. Porque el amor no puede morir. El amor es Dios. Y el amor es vida de Dios en nosotros. Por eso, tampoco moriremos, porque el amor de Jesús nos ha resucitado ya con Él. Ser despojados de la carne mortal es obra de la misericordia de Dios, que nos reviste de eternidad. “Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. Por tanto, no valoramos a nadie por criterios humanos. Si alguna vez juzgamos a Cristo según tales criterios, ahora ya no. El que vive con Cristo es una creatura nueva. Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2Co 5,14-17).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s