UNA EXPERIENCIA PERSONAL DE SILENCIO

CIVIS  Determinada determinación

Tras tomar una decidida opción por hacer una experiencia de soledad y silencio; a principios del año 1981 cogí mi vieja mochila y me puse en camino hacia una aventura original y única, que cambiaría radicalmente el rumbo de mi vida. Lo dejaba todo, era mi disposición ante Dios, y salía en su busca. Elegí la soledad y el silencio para verme y pensarme, pero sobre todo, para escucharle a Él.

Mi destino era el diminuto pueblecito de Civis, situado en pleno Pirineo catalán, a 1.400 metros de altura, fronterizo con las montañas de Andorra. Un puñado de casas rurales que no sobrepasaban los 30 habitantes, en su gran mayoría gente anciana. Vacas y ovejas, pastorear y ordeñar, algo de huerta en verano, y recogida de hierba para el ganado, era toda la labor de aquellas gentes lugareñas.

La pequeña “borda” en la que viví durante el año que estuve allí, estaba situada en una loma lindante al pueblo, desde la que divisaba todo el panorama de casitas de piedra amalgamadas unas a otras que, por viejas y austeras resultaban pintorescas a la vez. De fondo las imponentes y altísimas montañas del Pirineo. Era hermoso aquel lugar, silencioso y solitario también. Las aglomeraciones de gentes y vehículos quedaban lejos. Allí, un muy humilde, sencillo, sobrio y solitario vivir era lo que me esperaba.

Atención interior

Soledad y silencio fue el pan mío de cada día, aunque, bien es verdad que entablé cordiales relaciones con las gentes del lugar. Había ido allí para repensar mi vida y mi futuro. Quería tener el oído atento a la voz del Espíritu para que me hablara al corazón, ver y entender el plan de Dios sobre mí.

La densa soledad y el silencio evidenciaron que no es la ausencia de ruidos, ni de voces, lo que nos hace silenciosos, ni estar solos supone tener o estar en soledad. Nuestra realidad interior está a veces poblada de aullidos, de murmullos, sonidos y no exenta de imágenes.

Todo lo fui poniendo ante Dios en las largas horas de oración, y las prologadas etapas de camino por las montañas. Rodeada de naturaleza en su más pleno y salvaje vigor, asumí callados silencios de Dios y de los hombres. Y desahogué en mi soledad el llanto de un sufrimiento que se iba acrecentando en mi interior, hasta la angustia y el gemido implorante. En aquel silencio y soledad que me iba apretando por dentro, integré dolorosamente la experiencia de mi pequeñez y pobreza personal.

El paso de las estaciones

Luego, poco a poco, mi ser se fue acoplando a la nueva situación y entré a formar parte del paisaje, sumergiéndome en su belleza y dureza, hasta la paz y serenidad. Y en la oración hubo también gozo y seguridad. Cuando el invierno se hizo sentir arreciando en su más dura crudeza, y la nieve aisló mi pequeño hogar, que carecía de luz eléctrica y de medios de comunicación, supe de la mudez del silencio más hondo y desolador que jamás he vuelto a experimentar.

Más suaves y alegres fueron los silencios de la primavera, cuando los deshielos y el estallido de la vegetación asomaron henchidos de vida hecha de música y color. Los largos paseos adentrándome en el bosque, agudizaron el oído en escucha atenta para adivinar el lenguaje de la espesura vegetal, el crujir de las ramas, el trinar de los pájaros, el chasqueo de mis pisadas, el silbido del viento.  En las tardes sosegadas del verano, ¡que agradable y simpático me era el sonido de las esquilas del ganado a la vuelta de su pastoreo, el ladrido vigilante de los perros, el gracioso cacareo de las gallinas, y las voces monosílabas de los pastores! Era como vivir al descubierto, desnudamente, ante lo natural.

Un reto

Hacer silencio interior es más costoso que aislarnos de los ruidos materiales. Crear un espacio de soledad íntimo para estar a solas con Dios solo, es más trabajoso que permanecer incomunicado con las personas. Era un reto que se me ponía por delante y lo había comenzado a caminar. Fui entrando en él, con temor y temblor, pero resueltamente. Y lo completé al finalizar el año de mi estancia en Civis, entrando en el Carmelo, donde permanezco desde aquel tiempo.

Soledad y silencio siguen siendo reto y tarea iniciados entonces, pero que han pasado por muchas situaciones y etapas y han tenido diferentes panorámicas reales. Desde las purificaciones más profundas y dolorosas, hasta las alegrías más intensas y sosiegos del espíritu más serenos, para retomar fuerzas en el peregrinar de la fe, a la intemperie de un desierto, en ocasiones muy hostil y dificultosamente transitable.

Sin embargo también he hallado el hogar, la casa que me ha acogido y en la que sigo profundizando la experiencia de Dios en el puro amor de su propuesta evangélica ofrecida por Jesús, concretada en el espíritu de las bienaventuranzas y alentada por la espiritualidad teresiana-sanjuanista de nuestro carisma.

Los medios

La soledad y el silencio son los medios de los que me valgo y me son de ayuda, para adentrarme contemplativamente en el diálogo amoroso con Dios y con la propia comunidad. Medios que ponen una cierta guarda del corazón para favorecer un clima y marco adecuado para nuestra vida orante, en la que estoy embarcada y de la que ya no me voy a apear. Sostenida por gracia de Dios, nunca mérito personal, pero en la que también contribuyo con decidida voluntad de permanencia y fidelidad. Un sí a Dios y a mis hermanas de comunidad, reiterado cada día de mi vida.

  1. En el principio: silencio

En el principio: “La tierra era soledad y caos, y las tinieblas cubrían el abismo; el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gén 1,2). Cuando un silencio apacible envolvía todas las cosas y la noche había llegado a la mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real” (Sab 18,14-15).

Antes del tiempo, todo está envuelto por un silencio y una soledad, y el espíritu de Dios envolviéndolo todo. Un primer principio es soledad y caos, un segundo principio es silencio apacible. En uno y otro “principio” –creación y encarnación– la Palabra irrumpe en medio del silencio, no como oposición al silencio, sino como complemento. Palabra y silencio no son antagónicos, sino realidad a ser conjugada porque el “silencio” necesita ser expresado y explicado. Todo puede surgir de una armonía conjunta y explicativa. “La Palabra estaba junto a Dios y era Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo y sin ella no se hizo nada” (Jn 1,1.3). La Creación comienza por medio de la Palabra irrumpiendo en el silencio, con un decidido ¡Hágase!, armonizando el caos primordial.

  1. Silencio no en detrimento de la palabra

Hablar del silencio no puede ser en detrimento de la palabra. Pero también hay que diferenciar entre palabra y palabrería, como entre hablar y dialogar. Lo propio del ser humano es la palabra, no el silencio, porque somos seres comunitarios y comunicativos, hechos para el diálogo y la escucha, necesitados unos de otros.

El silencio en sí mismo es ausencia de todo. En el silencio no hay palabra, ni ruido, no hay imagen ni actividad, no es algo sino una gran nada. El silencio en sí no es un ideal, sino solo un medio benéfico que proporciona quietud donde hay alteración, descanso donde hay desproporción, y es necesidad para la escucha: “ojalá escuchéis hoy su voz” (Sal 94). Valorar el silencio en su justa medida como equilibrador dentro del exceso de ruidos al que estamos sometidos y del que ya somos víctimas.

El silencio en función de la escucha. Dios irrumpe en medio del silencio con la palabra y ordena la actividad. Surge así la creación, y en ella, como colofón final, el ser humano: “hombre y mujer los hizo” (Gén 1,27). La creación irrumpe en el silencio primordial, la palabra es voz y es resonancia. Dios penetra en la historia de la humanidad como Palabra que quiere ser eternamente pronunciada, desde la meditación interior y la proclamación del anuncio.

Donde y mientras no hay Palabra, el cosmos permanece en el caos.

  1. Silencio para la escucha

Abraham

La primera “escucha” de la Palabra que se realiza en la historia de la salvación la tenemos en Abraham: es disposición y cambio de rumbo, es poner el pie que traza el primer tramo del camino de la historia de salvación. Actitud decidida, opción personal del amigo de Dios que pone todo el ser en sus manos: “Sal de tu tierra” (Gn 12,1). No hay ley ni referencia, solo Dios y su amigo, comienza un diálogo de amor en el que Dios compromete para siempre su fidelidad.

Jacob

La huida de Jacob, durante  la noche, sumido en el silencio del sueño, es bendecido por Dios: Yo estoy contigo: te cuidaré por dondequiera que vayas y te haré volver a esta tierra. No te abandonaré sin cumplir lo que te he prometido” (Gn 28,15)

Moisés

En Horeb-Sinaí, Moisés se acerca en silencio, asombro y descalcez, ante la zarza ardiendo, y una palabra estremecedora: “ve, yo te envío”. Moisés será la figura conductora central del pueblo, el portavoz de la voluntad de Yahvé y guía del pueblo, el hombre de la escucha atenta que plasma en la piedra la Palabra de la Ley, y formula el Código de la Alianza.

 Israel

Israel comienza su éxodo en la huida silenciosa de una noche liberadora. Bien es verdad que, la travesía del desierto, es un largo peregrinar hecho de murmuraciones y sublevaciones de un pueblo que siempre se quiere extraviar. El extravío de los hombres lleva a Dios a obrar como Dios, sacando recursos que recoloquen, una y otra vez, al pueblo en el buen camino. Empeño de Dios por salvar aquel pueblo, su pueblo, hombres y mujeres de dura cerviz y corazón extraviado, que volverán al Señor reclamando misericordia y perdón por sus infidelidades.

Josué – Jericó

 Josué ha tomado el relevo a Moisés, él será el encargado de hacer entrar al pueblo en Canaán. Se hallan ante la muralla de Jericó, Dios les pide confianza para ver cómo es derribada la dificultad. El Arca de la Alianza les acompaña como signo de la presencia y fuerza de Yavhé. Se les pide silencio, siete días, siete vueltas alrededor de la muralla con solo el sonar de las trompetas, hombres y mujeres sumidos en silencio atento y vigilante, Dios va a obrar como Dios. En silencio Dios realiza la maravilla de su obrar, y a los siete días, tras siete vueltas el último día, la muralla que cierra el paso de Jericó es desplomada. A voz en grito y sonar de trompetas, ven abrirse el camino como vieron que se abría en el mar Rojo.  En el silencio se afirma la fuerza de la fe que confía.

Samuel

En el silencio de la noche, la Palabra es llamada para el pequeño Samuel, en la escucha atenta y silenciosa irá aprendiendo a identificar y reconocer la voz del Señor: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (Sa 3,9). Y la Palabra permaneció siempre en sus manos, dejándose guiar por ella, como luz para el camino y proceder en la vida.

David

En el silencio y soledad del pastoreo, Dios se fija en el joven David para sacarlo de los apriscos y ponerlo a su servicio. Dios descarta la robustez física de los hermanos y elige al pequeño David: “No te fijes en su apariencia ni en su elevada estatura, pues yo lo he rechazado. No se trata de lo que el hombre ve, pues el hombre se fija en las apariencias. Yo me fijo en el corazón” (Sa 16,7). David permaneció fiel a Dios, a pesar de sus infidelidades y pecados.

Elías

Elías, profeta solitario del Carmelo, en el silencio de una cueva espera el paso del Señor, “no está en el viento el Señor. El señor tampoco estaba en el terremoto. No estaba en el fuego el Señor. Después se oyó un rumor suave y delicado” (1Re 19,12). Elías percibe y adivina la presencia de Dios en el susurro silencioso y sutil del aire amoroso.

Isaías

El gran profeta Isaías dirá que “En silencio y esperanza será nuestra fortaleza”  (Is. 30, 15). El segundo Isaías nos ofrece el modelo del Siervo Sufriente: “Fue oprimido, y Él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca” (Is 53,8). El silencio ante el sufrimiento humillante, es asumido por Israel que ha vivido su cautiverio. El sufrimiento ha purificado su pecado, y el amor de su Dios alienta su esperanza de un tiempo nuevo. Así Jesús, Siervo calladamente Sufriente, hará que, de la cruz, brote la Vida Nueva que no tiene fin.

Jeremías

En el silencio del vientre materno, el profeta Jeremías es seducido por la Palabra del Señor, fascinado por ella, deviene la alegría de su corazón: “Antes de haberte formado yo en el vientre materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado” (Jr 1,5). “Cuando me hablabas, yo devoraba tus palabras; ellas eran la dicha y la alegría de mi corazón, porque yo te pertenezco” (Jr 15,16).

En Babilonia: salmos y lamentaciones

Junto a los canales de Babilonia los deportados lloran la nostalgia de Sión. “Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera” (Sal 136). Dios los ha dejado en manos de sus enemigos y se ha silenciado. El pueblo lo ha perdido todo, son un resto desterrado en tierra extranjera, una comunidad que se debate entre la culpa de su infidelidad y la esperanza de que Yahvé no los abandonara. La fe confiada de aquel resto alentó los ánimos decaídos, e infundieron una nueva esperanza para una era nueva, en la seguridad de que Dios sigue en medio de ellos. “Que se me pegue la lengua al paladar, si me olvido de ti Jerusalén” (Sal 136)

El libro de las Lamentaciones reza conmovido la bondad de un silencio expectante a la espera del Señor: “El Señor es bueno para los que en él esperan y lo buscan; es bueno esperar en silencio la salvación del Señor” (Lam 3, 25-26).

Job

Job ha sido reducido al silencio, despojado de sus bienes, materiales y familiares, hundido en la desgracia del desmoronamiento humano, su voz es un quebranto resentido ante Dios que así le ha tratado sin merecerlo: Todo lo que yo temía, lo que más miedo me causaba, ha caído sobre mí” (Jb 3,25). Ha quedado solo, con solo su dolor y su doliente vida. Brama ante Dios, y Dios calla, Job también agota sus razones y enmudece. En su proceso sufriente, la fe de Job permanece inquebrantable. Y Dios le irá sacando de su silencio, haciendo que, recuperado el ser, su voz proclame una oración conmovedora y madura: Hasta ahora, solo de oídas te conocía, pero ahora te veo con mis propios ojos” (Jb 42,5).

Eclesiástico

El libro de Ben-Sirá elogia el silencio prudente del sabio en contraste con el desmedido en palabras: El sabio guarda silencio hasta el momento preciso”; “el que habla demasiado se hace antipático” (Eclo 20).

 Zacarías – Isabel

En Zacarías, al anuncio de un hijo, acaece durante nueve meses, silencio y mudez, hasta irrumpir con el bellísimo Cántico del Benedictus: Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha venido a rescatar a su pueblo… gracias a la misericordiosa ternura de nuestro Dios, que nos trae del cielo la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,68).

El silencio humillado de Isabel se vuelve voz en grito por su hijo en la vejez, y por la presencia de la Madre de su Señor: ¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres, y ha bendecido a tu hijo!”  (Lc 1,42).

María

En María, mujer sencilla de pueblo, en el silencio de su callado amor y humilde hacer cotidiano, en el anuncio de un hijo, su escucha oyente irrumpe en proclamación de alegría, Magnificando a Dios que se materializa en su seno tomando carne y humanidad: Proclama mi alma la grandeza del Señor.  Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque Dios ha puesto sus ojos en mí, su humilde esclava” (Lc 1,46).

Jesús: la Palabra

Cuando por fin la Palabra se encarna en la persona de Jesús, cuando Dios hecho hombre pone su tienda en medio de la humanidad y se queda para ser Dios-con-nosotros, el silencio se hace “sacramento”, que permite echar fuera las estridencias de la banalidad y mundanal ruido, para comenzar a ser humanidad nueva. Hombres y mujeres con novedad de vida, tierra nueva de promisión, fruto de la fraternidad.

 Jesús: en Nazaret

Jesús mantiene un largo silencio histórico en Nazaret. Antes de ser palabra que proclama la Buena Nueva del Reino, medita, escucha y asimila la Palabra que ha de ser anunciada. Es en el silencioso tiempo del aprendizaje donde se forja la novedad que será revelada. Luego, al comienzo de su misión, Jesús se adentra en el silencio del desierto y la prueba, donde asume y vence las tentaciones por nosotros. Jesús vence donde nosotros sucumbimos.

 Jesús: en el monte o descampado

Silencios orantes en la soledad del monte o el descampado, silencios que son encuentro relacional con el Padre de su corazón.

Jesús: en Getsemaní

Silencio angustioso en Getsemaní, donde Jesús, apurando el cáliz, se traga la muerte. En el huerto, Jesús muere psíquicamente, en la cruz físicamente. Dios, su Padre querido, ha enmudecido en la hora de la prueba, su final terreno queda bajo el signo del silencio de Dios.

 Jesús: Pilato, el Sanedrín y la cruz

Silencio elocuente y denunciante ante Pilato, el Sanedrín y en la cruz. En el silencio de Jesús, están las voces calladas de las víctimas de los sistemas tiranos e inmisericordes de todos los tiempos, que desfiguran la dignidad de los seres humanos a causa de la injusticia.

 Jesús: de Getsemaní a la resurrección

En Getsemaní y la cruz, Jesús asume el horrible y desconcertante silencio de Dios, y la soledad de los hombres. Los amigos le han dejado solo, permanecen las dolientes y calladas voces de las mujeres, fieles al amor. Silencio misterioso del sepulcro, la carne de Jesús espera en el abismal silencio de la muerte. Se ha escondido el Esposo, se ahoga la alegría del amigo, se abre el tiempo del llanto, luto y ayuno… hasta el feliz gozo del Resucitado en la gran Pascua de todos los tiempos de la historia de fe de la humanidad. La fe serena y silenciosa, es certeza confiada de que, la resurrección de Jesús, es también la nuestra.

Pablo

Pablo recibe el impacto de una presencia nueva, Jesús se le muestra como víctima de su persecución. Su ser es derribado, tendrá que tomarse tiempo y silencio para reconstruir el desplome personal en nueva identidad. Estando en silencio orante recobra la visión y es colmado del Espíritu Santo. Así emerge su transformada personalidad: “El que es de Cristo es una criatura nueva” (2Cor 5,17). “Nosotros tenemos la mente de Cristo” (1Co 2,16).

  1. Actitudes ante el silencio

Clamor

En lo último de la historia y de cada historia, el silencio se transforma en clamor orante que abarca todas las voces de la humanidad y la creación entera, irrumpiendo en un anhelante: “Maranna-tha, ¡ven Señor Jesús!” (Ap 22,20)

Integrar

El silencio es esterilidad y hostilidad, es tierra baldía y es deshumanización, si tras él no hay palabra viva y comunicativa que crea convivencia fecundadora de humanidad.

Cuando la Palabra se manifiesta como presencia y mensaje, el silencio se torna medio indispensable para la escucha y la acogida, para integrar y crear semejanza por la Palabra que se nos ha revelado.

Pacificar

El silencio tiene su propio lenguaje y elocuencia. Ante una disputa, una discusión enconada, el silencio puede ser una manera de no “añadir leña al fuego” como se dice vulgarmente, un intento de pacificar la agresión verbal. Y es actitud benévola y prudente hacia la vida, las circunstancias y los demás.

Declamar y saber leer

En sí mismo el silencio puede ser una declamación. Hay que saber leer el lenguaje del silencio. No hacer del silencio un acto de cobardía porque esto se convierte en una agresión a la dignidad y valor del silencio mismo, a su autenticidad, sería pervertirlo.

Advertir el ruido

Vivimos en un mundo donde el silencio es casi una realidad “ausente”, el mismo progreso ha traído más ruido que nunca; todo alrededor nuestro es rumor que aturde. Si hacemos silencio, podemos advertir el ruido material que nos rodea. Es importante dar al silencio su “autonomía propia” para gozarlo más allá de la realidad estridente en la que vivimos inmersos.

 Actitud interior

Callar no significa hacer silencio. Hablar no significa ausencia de silencio. Es la actitud personal interior la que nos define como persona ruidosa o silenciosa. Mis palabras pueden ser y expresar incapacidad para el silencio, es decir, pura verborrea; o bien, mis palabras pueden ser y expresar la hondura y el peso del silencio interior que les da sentido y contenido.

No confundir

El silencio interior es señorío de la palabra y la personalidad. Pero no traigamos confusión, no siempre el que es hablador carece de silencio, ni el que es callado es sinónimo de silencioso. Hay quien está mudo, pero en su interior anidan todas las voces y ruidos de la murmuración, que convierten el comportamiento en pura agresión polémica.

Producir riqueza

Es bueno que la palabra venga precedida por el silencio y llegue al oído del que escucha como realidad penetrante e incisiva, produciendo riqueza humana comunicativa en el receptor de la palabra.

Expresar sabiduría

No banalizar la palabra quiere decir no hacer superfluo el diálogo y la relación. Si la palabra va precedida de silencio pensante, entonces se expresa como mensaje de la sabiduría.

  1. Conclusión

Decir muchas palabras sobre el silencio sería desvirtuarlo de aquella virtud más honda que lo constituye: el fraterno y callado amor. La contemplación es menesterosa del silencio. Todo debe silenciarse en nosotros para que se pueda producir el asombro contemplativo.

Con san Juan de la Cruz

El más profundo y asombroso Cántico Espiritual lo escribió San Juan de la Cruz en el silencio, soledad y noche oscura de la horrorosa cárcel de Toledo, a lo largo de nueve meses. Son las más bellas páginas de los amantes en amores.

En el santuario interior, el ser humano es capaz de encuentro relacional con Dios. En el punto más recóndito y silencioso de nuestro ser, en el silencio y soledad del lugar Santo, en aquel profundo centro donde el ser humano no puede ser violado, ahí, en lo sagrado de nuestra sede interior, se produce el más íntimo encuentro entre Dios y el hombre, entre el Criador y su criatura, entre el Creador y la creación.

En este lugar de unión contemplativa, Juan de la Cruz ha escrito la más alta y profunda poesía, el más sublime Cántico espiritual. Allí vio y experimentó el dulce encuentro amoroso con el Amado, que le sostuvo entero donde habría podido enloquecer. De ahí, y de todo el recorrido espiritual-humano, Juan de la Cruz dirá: “Una sola Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma”; “el hombre está hecho no menos que para Dios”.

Música callada – Soledad sonora – cena que recrea y enamora – Dios es el callado amor y palabra creadora. “Sin ruido de palabras y sin ayuda de algún sentido corporal ni espiritual, como en silencio y quietud, a oscuras de todo lo sensitivo y natural, enseña Dios ocultísima y secretísimamente al alma sin ella saber cómo” (C 39,12).

Silencio

Valorar el silencio, hasta amarlo. Asimilar también los insoportables silencios de Dios. El silencio puede producir sensación de aridez, de perplejidad, de desconcierto e imposibilidad, palpamos ahí su parte más hosca, hasta parecernos que nada volverá a florecer en nuestro terreno. Es el tiempo de la espera confiada en la eficaz acción transformadora que, silenciosamente, todo lo renueva. La fuente de la vida volverá a brotar, vivificando la alegría del buen y bien hacer. Amar el silencio.

 

 

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11 thoughts on “UNA EXPERIENCIA PERSONAL DE SILENCIO

  1. marivjo 13 mayo, 2016 / 11:07 am

    Aparte de una preciosidad, me fascina tu experiencia, Anna, te envidio de verdad. ¿Y sabes una cosa? Lo copio y me va a servir de base para las dos últimas clases de este año. Y lo escribes poco antes del domingo de la “vida contemplativa”. Qué bien. Voy a dárselo a unos/as cuantos/as. Muchas gracias. Te pido una oración.

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    • Anna Seguí ocd 13 mayo, 2016 / 11:26 am

      Gracias por tu valoración. Sí, esto fue experiencia que guardo en el corazón, algo especial y original, una gracia de Dios. Con el tiempo, y por mi vida en el Carmelo, se ha ido enriqueciendo también. Civis fue el lugar del encuentro con la zarza ardiente…

      Me gusta

      • marivjo 13 mayo, 2016 / 2:07 pm

        Experiencia “marcante”, con huella, con sello…¡para siempre! Tú sabes que siempre podrás arañar más adentro, hasta el vivo sin vivir en mí de Teresa o el ya no vivo yo, es Xto.quien vive en mí. Perdona mi atrevimiento al decir estas cosas: son deseo en marcha.

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      • Anna Seguí ocd 13 mayo, 2016 / 4:26 pm

        Que tu deseo me sea ayuda orante para perseverar hasta el fin de mis días. GRACIAS de corazón

        Me gusta

  2. Cristòfol Vidal Barber 15 mayo, 2016 / 9:28 pm

    Cristòfol: Déu ens conduix per camins que no coneixiem i escoltant la seva Parauala ens treballa i moldeija fins a rribr a la talla de Jesucrist.

    Le gusta a 1 persona

  3. Paola Alejandra 31 mayo, 2016 / 10:09 pm

    ¡Hola Anna!.No sé si lees los correos.Es simplemente para expresarte mi apreciación acerca de este artículo: “muy bello y muy profundo”.Muchas gracias por compartir esta experiencia.Paola Ramos

    Date: Thu, 12 May 2016 20:18:29 +0000 To: paodjym@hotmail.com

    Le gusta a 1 persona

  4. ABDIAS 20 febrero, 2017 / 10:39 pm

    Muy buen articulo,pero se echan de menos más reflexiones! Sigue escribiendo tambien este año 2017.

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      • ABDIAS 20 febrero, 2017 / 10:54 pm

        Tu blog es unamuy buena luz para todos.

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