JESÚS EN QUIEN CREO

22a0c5e1ec981ed7d4c782a794588e7bQueridísima Mara: Hoy, leyendo el evangelio, he reparado cómo Jesús pregunta a sus discípulos: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo? (Mt 16,13-20). La pregunta de Jesús me ha sido motivo de reflexión durante toda la jornada, especialmente en los momentos orantes, me sentía conmovida e interpelada a la vez.

Pienso que esta pregunta Jesús me la formula a mí de manera personalizada, como si Él, cual enamorado, quisiera oír lo que significa su presencia en mi vida, que le diga de mi amor y lo mucho que le amo, cuánto le valoro y cuán imprescindible es para mi existencia, vida al fin que Él hace felizmente realizable.

 Jesús me fue transmitido en el seno de la pequeña comunidad cristiana de mi parroquia. Allí me dieron a conocer su persona y su proceder. Tuvieron a bien presentármelo como salvador y libertador, amigo que me ama y siempre está conmigo. Ese alguien en quien puedo confiar y mostrarme al desnudo tal como soy. Esto lo creí y me hizo bien, es más, lo sigo creyendo, por lo que puedo añadir que, a medida que la relación personal con Jesús fue afianzándose, Él mismo me ha constituido como persona nueva sacando de mí la imagen y semejanza con que fui creada. La mujer que soy es también la mujer que Él ha ido haciendo a lo largo de un proceso lento y transformador, en la medida que me he ido dejando tomar por Él.

Si en la catequesis aprendí, de un catecismo rígido y normativo, que “Dios ama a los buenos y castiga a los malos”, fue a través de mi relación con Jesús y por la lectura asidua de su Palabra, como fui comprendiendo y asimilando que el Dios Padre que Él nos muestra es un Dios de amor y de perdón, no de castigo y condena. Que este Dios vive proyectado sobre cada uno de nosotros para sanarnos, liberarnos, perdonarnos y salvarnos. Dios, al fin, no trae otro cuidado que sus hijos seamos felices, vivamos alegres en la paz, y que nos relacionemos mutuamente con sentimientos de fraternidad y comunión en el proyecto común y mundial de construir humanidad según el plan y la voluntad de Dios.

Me sé creyente desde el seno materno, crecí robusteciendo mi fe en Dios y su Cristo. Tempranamente tomé a Jesús como la realidad absoluta que me vive desde dentro y sostiene todo mi ser, añado, soy porque me sé vivida por Jesús, y no traigo otro empeño sino que Él sea todo en mí, que mi existencia y cuanto me acontece, quede filtrada por la suya.

Cuán difícil se lo pongo, también lo sé y lo sufro; soy consciente de que, con demasiada frecuencia bloqueo la obra amorosa que Él, con delicada paciencia, sigue llevando adelante, en ocasiones, más allá de mí misma. Si de mí dependiera, hay momentos que por mi realidad rebelde e intransigente, cerraría el paso al mismo Dios. Y no porque yo así lo quiera, sino porque de tierra y barro soy y me quiebro a mí misma, como si cerrara el paso a toda bondad que hay en mí.

Todo acontece en vasijas de barro, bien lo dice el apóstol, es más, Pablo añade agudamente: “No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero; y lo que detesto, eso es justamente lo que hago.No soy yo el que lo hace, sino el pecado que hay en mí. Yo sé que en mí, es decir, en mis bajos instintos, no hay nada bueno, pues quiero hacer el bien y no puedo. No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero: eso es lo que hago. Y si lo que no quiero, eso es lo que hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que hay en mí. Quiero hacer el bien, y me encuentro haciendo el mal”  (Rn 7, 15-20).

No solo somos capaces de esa contradicción, sino que la misma transformación del ser se realiza en medio de esa ambigüedad. Pienso que lo real y verdadero es lo que Dios ocultamente realiza en mí, pero lo más visible es todavía lo que aparece externamente, lo temperamental, el conflicto interno, que repercute en la convivencia, la agresión, la inestabilidad, las rarezas, el mal humor, los desalientos. Pero también esto va cambiando poco a poco, y da paso a la personalidad nueva que se construye día a día, me percibo mejor persona, con actitudes más evangélicas. Es el proceso de la conversión que nos va transformando interiormente, proyectando así lo más auténtico de nosotros mismos. Hay que querer estar en esa actitud permanente y robustecida dejando hacer a Dios su plan sanador que nos lleva a mayor plenitud.

 Cuando el conflicto se me apodera, es momento de abrir nuevamente la confianza del corazón en sincera súplica orante. Volviendo los ojos a Jesús le descubro a mi lado con los suyos puestos en mí. Entonces caigo en la cuenta de que Él jamás los aparta y le hallo esperándome paciente y amoroso. Esa es la fidelidad del amado, entonces vuelvo a decir sí a su obra realizadora de humanidad evangélica en mí, en su empeño de regalarme toda la bondad y belleza de que soy capaz. Esa es también mi fidelidad hacia Él, hacia Dios mismo, volver una y otra vez a decirle sí a Dios.

Mi credo es el de la Iglesia, claro que sí, pero si soy seguidora de Jesús y permanezco unida a Él, no es, ni mucho menos, por los estrictos catecismos, normas y leyes eclesiales, sino, y fundamentalmente, por el encuentro y la relación amorosa que mantengo con Jesús en todos los momentos de mi vida. Siempre me sé en Jesús, con Él me relaciono en un tú a tú amoroso y confiado, y en Él hallo la fuerza orientativa de mi proceder en la vida. Es Jesús y su evangelio lo que me da seguridad y confianza ante la vida y mi proceder en ella. No son las leyes ni las normas, sino la persona misma de Jesucristo, el Resucitado. Él mismo es toda la fuente de inspiración y la fuerza de mi libertad, un seguro camino encauzado hacia el bien y la bondad del Evangelio. Lo que cuenta es Jesús y su Evangelio. Una vida para el Evangelio.

Porque Jesús ha venido a salvar lo que estaba perdido, yo me hallo comprometida en este proyecto salvador de Dios, y por ello me encuentro asida, unida, vinculada y abrazada a este Jesús que lo ha dado todo por mí, se ha dado a sí mismo hasta morir en la cruz. Resucitando Él, me ha resucitado a mí también, de cierto me sé resucitada ya.

Jesús de Nazaret, este hombre que ha tenido una identidad humana igual a la nuestra, este hijo del hombre que pasó haciendo el bien, este ser que murió y resucitó, Él es el viviente y yo le sé resucitado en mí, tan humano y tan divino, todo Dios y todo hombre, en el profundo centro de mi ser. Con Él en mí me sé y siento mujer favorecida. La absoluta seguridad de su vida en mí hace que yo me mueva con amplia y segura libertad. No me rijo por normas ni leyes, no, estas me causan asfixia. Me vivo, soy y procedo movida siempre por una persona concreta, una y única: Jesús de Nazaret, Cristo el Resucitado.

En Él hallo toda la razón de ser y alegría de existir, mirándole a Él sé cómo proceder, qué hacer, cómo vivir, qué decir y qué silenciar. Para mí, Jesús y solo Él, es el camino, la verdad y la vida. Jesús es quien consolida mi personalidad en la libertad, me capacita para el seguimiento evangélico, orienta mis pasos por caminos nuevos, y me hace vivir la vida con esperanza, con coherencia, tratando de obrar al modo de Jesús, amando y no odiando, perdonando acogiendo, respetando lo diferente, buscando siempre lo bueno, lo bello, aquello que favorece el bien personal y el de los demás.

Nada de lo que me acontece pasa sin confrontarlo con la persona de Jesús y su Evangelio, es la exigencia de una disposición interior de mantenerme unida y conducida por el Espíritu de Jesús y su proyecto de Bienaventuranza. Atendiendo su Palabra, orándola y meditándola, es como he ido abriéndome a una libertad de espíritu que no teme a nada ni a nadie. Escuchar a Jesús y seguirle ha creado en mí una madurez personal que me va permitiendo la escucha y comprensión de los demás, acogiendo las luchas y compadecerme de los sufrimientos de cada ser humano que hallo a mi lado.

Jesús me ha enseñado a perdonar para hacer posible la vida en el amor. Él amó y perdonó siempre, su modelo de vida es para mí la gran referencia a imitar, sé que si no perdono siempre no es posible que el amor crezca y se desarrolle en plenitud. El perdón de Dios no me viene de fuera hacia dentro, sino de dentro hacia fuera. El que me vive me regala siempre su amor y perdón, esto me capacita para ser perdonadora y amadora de los demás. La presencia de Cristo en mí me hace sacramento de perdón y de amor. Y producimos en los demás lo que somos, perdonadores y receptores de perdón. Y todo esto es posible por el amor que Dios ha puesto en nosotros. El amor es ese poquito de su divinidad que nos pone semblante humano. Al fin, el perdón recibe su fuerza y valor por el amor.

Jesús mismo me ha hecho orante a fuerza de escucha y diálogo personal amoroso mutuo. Nunca estoy sola, su presencia es llenura, oro siempre porque siempre vivo referida a Él y enteramente asida a Él. Lo que da sentido a la vida no son las leyes ni las normas, el sentido profundo lo da Jesús y su Evangelio, esto me basta. No temo la amenaza del pecado, sé de la gracia que me asiste y es más fuerte, ella me favorece, sé también de la grandeza del amor de Dios que me pone seguridad en su misericordia, el verdadero rostro del Padre-Madre me hace andar en humilde confianza, nunca el temor, sino el amor que expulsa el temor, y así me siento feliz.

Jesús es la causa de mi alegría porque, si en la cruz mis miserias y sufrimientos, y los de todos los hombres y mujeres, han quedado crucificados, en la resurrección puedo acoger también la seguridad de la salvación, para mí y para toda la humanidad. Esto me llena de segura confianza y serena alegría.

Jesús me ha acompañado en las largas noches oscuras de una dolorosa purificación personal. Ni le sentía ni le veía, pero en la seguridad de mi fe le sabía presente compartiendo mi dolor y mi angustia, apurando conmigo el amargo cáliz del sufrimiento y sosteniéndome en mi agonía. No nos engañemos, el creyente solo llega a ser persona nueva en plenitud asumiendo el sufrimiento, la noche oscura en la prueba, hasta la cruz, hasta la muerte también.

Cuando me hallo ya serena por dentro y en paz conmigo misma, puedo afirmar que, en la aterradora noche oscura, Él estaba allí, Él mismo me sostuvo en el desesperante infierno interior, hasta que me sacó de aquel lugar horrendo. Entonces supe lo que es el rescate de la redención, la salvación personal y la de toda la humanidad. En esa experiencia personal de muerte y resurrección, supe cuán necesario es el misterio de la muerte y resurrección de Jesús para toda la humanidad. Es así que siempre vivo con mucha alegría y plenitud la gran fiesta de la Pascua de Jesús, el Cristo.

La opción personal por Jesús y su Evangelio, la radical decisión de permanecer adherida a Él y tenerle como mi Dios y Señor, es lo que me hace sentir auténtica hija de Dios Padre-Madre y no esclava de los poderes y seducciones de este mundo. Me sé señora de una gracia especial que Dios mismo me ha regalado en su Hijo. Es decisión mía querer volver siempre a Jesús y vivir una vida para el evangelio, y sé también que es por pura gracia y no mérito personal. En la duda, ¡elijo creer! Cuando me atenaza el rencor ¡elijo amar!

En Jesús, por su muerte y resurrección, me hallo unida a todos los creyentes y seguidores de su persona y de su causa, me siento hermanada con toda la humanidad, y no puedo menos que hacer sitio a justos y pecadores en la mesa de la comunión y la fraternidad. El ecumenismo se abrirá paso para ser la gran Iglesia Universal, y será signo de esperanza para todos. El ser humano puede confiar en este Dios Padre-Madre que Jesús nos ha dado a conocer, el “Padre de las misericordias y Dios de toda consolación”, nos da la seguridad de que en Él, nos hallamos salvados ya. Sé que manteniéndonos unidos a Jesús, el ser humano no se perderá, no me perderé. Es más, tal es mi confianza en Dios y su Cristo que me sé y afirmo salvada ya, y esta es mi alegría.

Mara, ya solo quiero añadirte unas breves palabras más, decirte que, para mí, vivir cristianamente significa vivir generando amor. Ser seguidora de Jesús no puede significar  más que amar y decirlo con la vida, ejercitando el amor en el cada día de la historia. Creer implica confiar, y porque confío también oro, dialogo con Jesús. Orar amando, orar obrando, orar dialogando, orar compartiendo, orar en el silencio contemplativo. Orar es amar, es fiarse de Dios, y darnos una oportunidad a nosotros mismos. Jesús es la gran novedad de vida, y la novedad es nuestra oportunidad realizadora del ser humano al modo del Reino y semejanza con el Padre-Madre.

Me alargué Mara, pero sé que me lo perdonas una vez más. Decirte este Jesús que tanto me seduce sería para seguir rellenando páginas enteras, pero lo dejo ya. Sigue tú escribiendo aquí mismo la faz amorosa de tu propio Cristo interior. ¿Me lo contarás también?

A su pregunta: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Digo: Jesús, Amor de todo amor ¡Cantar de los Cantares!

 Mara, te quiero tanto como a Dios, ni lo dudes.  Nura

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2 thoughts on “JESÚS EN QUIEN CREO

  1. marivjo 17 junio, 2016 / 8:59 am

    Es la carta-respuesta de una auténtica seguidora de Jesús, que contesta con su vida personal a la pregunta (la pregunta de siempre para todos) de Jesús. Me encanta, Anna; me siento (o quiero sentirme) reflejado en ella. Fue la pregunta-comienzo de curso con las exigencias del seguimiento de hace 2 años antes de que iniciáramos la subida al Tabor para llenarnos de luz transfigurante y transfiguradora. Muchas gracias. “Encontré al amor de mi vida y ya no lo soltaré”.

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    • Anna Seguí ocd 17 junio, 2016 / 9:54 am

      Gracias por tus palabras. Vivo esta convicción: ASENTAR LA VIDA SOBRE JESÚS Y SU PALABRA. SER Y HACER IGLESIA DESDE MI PUESTO DE ORANTE EN EL CARMELO

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