SAN BENITO

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Queridísima Mara: Años ha, cuando ya me iba despidiendo de lugares y de la gente, para venirme al monasterio definitivamente, estuve unos días por Catalunya, donde había vivido los últimos años de mi juventud. Mis amigos, Mª Dolors y Josep Mª, quisieron obsequiarme con un placentero viaje al monasterio de  Montserrat, para disfrutar, y a la vez, despedirme de aquel lugar. Ellos sabían que a mí me fascinaba. Siempre me sentí atraída por la belleza original y única de sus montañas y paisaje, por el monasterio y su liturgia, los monjes, la escolanía. La Moreneta. 

Un entorno que invita fundamentalmente a la oración y contemplación, a paseos agradables por la montaña también. Su realidad ambiental conjuga bien para ambas cosas. El monasterio es lugar de acogida, que ofrece la gracia de una espiritualidad rica y bien construida litúrgicamente. Cada celebración es una obra de arte elaborada con sublime riqueza y belleza de cantos y oraciones, que sumergen el espíritu humano en lo más profundo de Dios.

Asistimos a la celebración eucarística, y una vez terminada, nos dispusimos a ir al camarín de la Virgen, para ponerme bajo su amparo y pedirle su ayuda en aquel paso decisivo (entrar al monasterio en que vivo) que me disponía a realizar. Había mucha gente, razón por la que se nos retuvo largo tiempo en la fila hasta llegar a la Moreneta. En un punto donde tuvimos que parar, fue justamente donde se hallaba el cuadro de San Benito, de la pintora Montserrat Gudiol. Nunca había visto aquella pintura, y, la verdad, me quedé impactada y conmovida por la excelencia de la obra. Es más, creo que me produjo un cierto estremecimiento, que, expresiva como soy, puse de manifiesto con una exclamación: “¡OOOhhhh qué maravilla!”. Miré a mis amigos y les dije: “dejadme contemplar un poco este cuadro”. A ellos les gustó mi asombro ante aquella obra maestra. Y me hablaron de la pintora, desconocida para mí, pero que, solo por la excelsitud de aquel cuadro, sentí una particular admiración e interés por su trabajo artístico, que, con el tiempo, he ido descubriendo. Sobre todo, a partir de los medios de internet, en que he podido ver toda su creación artística. Su pintura me ha retrotraído siempre a mi admirado pintor Pablo Picasso, en su periodo azul y rosa. Tal vez, Montserrat Gudiol, algo más estilizada y refinada, como más sublime y pulcra. Pero las figuras, unas y otras, tienen un cierto parecido en formas y gestos, en sus sombras, luces y colores, también reflejan una cierta melancolía.

El cuadro: aquella imagen de Benito me cautivó, digo, y siempre he guardado dentro de mí la impresión de aquel hallazgo. Además, mis amigos, al ver mi entusiasmo, estuvieron prontos para comprarme varias postales con el retrato del San Benito, que todavía hoy poseo celosamente en uno de mis libros de rezo. ¿Y qué hallé en este cuadro que así me sedujo? La verdad, una sobria y serena humanidad y santidad en el rostro de Benito. Un cuadro más bien oscuro y muy oscuro además. Una figura esbelta, delgada, envuelta en un negro y sencillo hábito, que surge de la oscuridad también. Benito, pie descalzo, pisando sobre la roca que es Cristo, como despojado de todo, con paso firme, abriendo camino. Mirada profunda, de quien ha visto y  comprendido. Gesto decidido, saliendo de la penumbra, tal vez donde ha sido purificado. Lleva un libro, la Regla, en la mano, sostenida por la izquierda y custodiada por la derecha. Sí, es la Regla santa, que dará vida a la Orden benedictina por los siglos en la Iglesia.

Su rostro sereno, afable, de rasgos indefinidos entre lo femenino y masculino, es decir, Benito es el monje, pero también la monja. Es el conjunto de una transfiguración realizada en la oscuridad de la noche, representada por los azules oscuros del cuadro, y la transformación de un proceso espiritual, que lo ha engrandecido y dado plenitud. Tal vez de ahí, de una vida orante ante Dios, y la lucha interior hasta el despojo humilde y sencillo, aparece la blancura de un rostro resplandeciente, la luz en contraste con la oscuridad de su entorno. Este Benito es el hombre y es la mujer, es el monje y es la monja. Y él-ella, ha quedado iluminado, armonizado, humano-espiritual, como humanidad nueva. El monje la monja, una vida para el evangelio.

Añado que esta obra, no siempre gusta a la gente, lo sé, pero a veces, explicando el conjunto de esta imagen tal como la descubrí, uno se lo pueda pensar un poco antes de mostrar desagrado. Creo que la obra merece el lugar donde luce expuesta.

Montserrat Gudiol murió justamente el 25 de diciembre de 2015, muy reciente todavía. Era hija de una familia que gozaba del arte. Su padre era historiador del arte y arquitecto. Se formó como pintora en el propio estudio familiar y en Real Academia Catalana de Belles Arts. Su obra es amplia y entrañable. Fue premiada por la Cruz de Sant Jordi. Te dejo este vínculo para que puedas ir viendo todos sus cuadros o gran parte de ellos.

Y nada más, quería que, de alguna manera, esto fuera como un homenaje al cuadro de Benito y a la pintora, que tan bellamente y con esmerado primor lo realizó. Montserrat Gudiol, 1933 – 2015.

Recibe mi recuerdo y oración de siempre. Un abrazo. Nura

 

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2 thoughts on “SAN BENITO

  1. Maria Dolors Amat 12 julio, 2016 / 9:12 pm

    Gràcies pel comentari benedictí que saps que recordo i estimo.

    Me gusta

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