LA INIQUIDAD

1468570179_155982_1468577195_album_normalQueridísima Mara: Cuando ya nos habíamos ido serenando de la conmoción provocada por los ataques terroristas sufridos en París y Bruselas. Nuevamente ha penetrado en nuestro corazón la repulsa por el brutal atentado en Niza, el lamento por las víctimas, el dolor por los muertos, el horror por la iniquidad que se nos avecina. Y con todo, necesitamos vivir abiertos a la esperanza de que un mundo en la paz es posible.

Hay un hombre que, años ha, proclamó, cual profeta de nuestro tiempo, la necesidad de un diálogo entre las religiones, para hacer posible la paz entre las naciones. Sus palabras siempre me han conmovido y me las repito con frecuencia en mi corazón. Dice así este sabio teólogo: “No habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones; ni habrá paz entre las religiones sin diálogo entre estas, sin el estudio de sus fundamentos” (Hans Küng). Hoy, urge que todas la religiones del mundo, y todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que apuestan por la paz, nos hermanemos, juntas las manos, en una oración común al Dios de la vida, para que reine la paz en la humanidad y toda la creación. Ser constructores de paz.

Tenemos la responsabilidad de edificar nuestro mundo desde el signo de la paz y la armonía. Si no nos abrimos al diálogo común, a la convivencia fraterna, respetando lo diferente de cada uno, no será posible la paz entre las naciones. Y creo que es tiempo de avanzar hacia esa realidad pacificadora y armonizadora para la convivencia humana, para hacer posible la felicidad de todos. Nada es ya posible sin la colaboración de todas las religiones. “Para poder decirle a la próxima generación: “Este es el Señor, nuestro Dios”. Él nos guiará por siempre jamás” (Sal47).

Y, con todo, ha llegado el tiempo de la iniquidad. Acabamos de ver el asomo de su persistencia. Porque hay una clara tentativa de esparcir la violencia en el mundo. Hemos padecido acontecimientos terroristas aquí y allá de nuestro planeta. Pensábamos que teníamos el control de todo y nos hallan vulnerables, indefensos y expuestos a cualquier ataque, provocado por la locura más desafiante y amenazadora.

Tras periodos de bonanza, cuando la paz se hace estable y la alegría reina en los corazones. ¿Qué fenómeno se origina que los cimientos de la estabilidad son sacudidos de nuevo? Basta un solo hombre, envenenado por las ansias de poder. O un grupo, fanatizado por una ideología, y se revuelven los tiempos. La bonanza es desplazada por la iniquidad. Una plaga exterminadora se ha propagado por el mundo, cual jinetes apocalípticos con sus guadañas, segando muerte. Los tenemos metidos en medio de nosotros y a nuestro lado. Se mueven cual termitas invisibles a los ojos, sin poder detectar su lugar de origen y hacer efectiva la erradicación del mal. La gravedad se agranda porque, dicha plaga, es contagiosa, crea adeptos, satanizándolos.

Es como un gran ejército, convocado, controlado y adiestrado desde los mismos medios de comunicación que hemos creado y poseemos. La orden para ejecutar cualquier masacre, puede ser dada desde el punto más cercano, hasta el más lejano. Da lo mismo, internet todo lo pone al alcance de la mano, con eficacia e inmediatez. Y en este ejército se alistan los violentos de la humanidad, de cualquier raza, lengua o nación. Hombres y mujeres, con profundas taras mentales, dominados por la agresividad, exacerbados por causar horror, se lanzan en masa a alistarse a la banda de la iniquidad, sembradores de terror y muerte.

Aún más, en estas cabezas solo hay la negra perversidad. No tienen corazón. El sentimiento del amor está muerto dentro de ellos. Son enfermos mentales que, ni la misma ciencia psiquiátrica actual puede curar. Donde no hay corazón, no hay compasión, ni humanidad. De ahí la imposibilidad para el diálogo, la confrontación y la paz. Tienen forma humana, pero son diablos encarnados. Su único objetivo es matar, aún a costa de auto-aniquilarse. Y esto los hace eficazmente seguros en su acción destructora.

Sí, conseguirán que la humanidad gima de angustia y dolor. El sufrimiento entrará en cada hogar. “En Ramá se escuchan ayes, lloro amarguísimo. Raquel llora por sus hijos, y no quiere que la consuelen, porque ya no existen”  (Jr 31,15). “Sí, un lamento llega de Sión: ¡Ah, en qué desastre estamos! ¡Qué vergüenza nos cubre! ¡Tener que abandonar la patria, y dejar nuestra casa!… Ha escalado la muerte por nuestras ventanas, ha penetrado en nuestros palacios, segando a los niños por las calles, a los jóvenes por las plazas” (Jr 9,18-20). “¡Tierra, tierra, tierra! Escucha la palabra del Señor” (Jr 22,29).

 El lamento, el llanto y los ayes por los muertos de los seres queridos golpeará el corazón de toda la humanidad. El libro bíblico de las Lamentaciones acierta en su decir: “Mirad y ved si hay dolor semejante a mi dolor/Inmensa como el mar es tu desgracia: ¿quién te podrá curar?”. Y oiremos gritos de victoria por parte de los terroristas, humillándonos. Leeremos impresionados sus manifiestos triunfalistas: “Se burlaron a carcajada de ti todos tus enemigos, silbaron y rechinaron los dientes diciendo: La hemos arrasado; este es el día que esperábamos: lo hemos conseguido y lo estamos viendo”. Lo contemplaremos atónitos, estremecidos, impotentes.

Lo afirmo, beberemos la amarga copa del sufrimiento. Conseguirán arrancarnos la paz, pero no la esperanza. Nada puede arrancar la esperanza del corazón humano. Solo la esperanza y la confianza hacen brotar la vida. “Pero hay algo que traigo en mi memoria y me da esperanza: que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión: antes bien, se renueva cada mañana” (Lm 3,22). A todos se nos llama a la responsabilidad: “Mirad, hoy os doy a elegir entre la vida y el bien, por un lado, y la muerte y el mal por el otro” (Dt 30,15). De lo que elijamos depende la felicidad humana.

La iniquidad no es algo externo, que nos viene de fuera. La iniquidad la llevamos dentro, surge de nuestro interior. Por lo cual, de nosotros sale aquello que alimentamos y favorecemos. Lo que dejamos crecer en nuestro interior, es lo que aflora al exterior. Por eso, es necesario vivir en una permanente actitud de conversión del corazón, para que el Espíritu Santo haga germinar en nosotros las obras del amor: la bondad, la paz, la misericordia, la libertad, la alegría. Y expulse así los posibles brotes de la maldad. La iniquidad es avasallar al otro, fustigando en él aquello que no soporto de mí.                                                                                                         

Pero, la esperanza nos dice que la tierra violentada será liberada por Dios. Esta es la actitud del creyente que confía y espera en la misericordia. La esperanza es como una antorcha encendida en medio de la oscuridad. Una semilla que florece sana en medio de la iniquidad. Todo vuelve a renacer. “Nosotros, en cambio, ponemos nuestra confianza en Dios todopoderoso, que con solo ordenarlo puede derrotar a los que marchan contra nosotros, y aun al mundo entero” (2 Mac 8,18).

A todos los que creemos y confesamos que Jesús es el Señor, nos ha llegado el tiempo de pensar la misericordia como la manera de ser en la vida. Nuestra oración debe fundarse en el espíritu de las Bienaventuranzas, impregnarnos de ellas, realizarlas. Estar en vela y preparados, si es menester, para afrontar el martirio. Somos como un pequeño resto, fundados en la fe en Jesús, el Resucitado. Su presencia en medio de nosotros nos capacita para levantar la esperanza de que, la fidelidad de Dios hacia sus hijos permanece siempre. Jesús nos dice: “No se turbe vuestro corazón” (Jn 14,1). Situarnos con espíritu firme, sin temblar, ante el horror de la iniquidad que envenena la vida. “Los que en él confían entenderán la verdad y los que son fieles permanecerán junto a él en el amor, porque sus elegidos hallan gracia y misericordia” (Sb 3,9).

El miedo paraliza la razón y la oscurece. No nos alejemos del proyecto misericordioso de Dios, cediendo a la iniquidad. Cuando el hombre mata al hombre, surge la violencia. Movidos por la fe y amparándonos en Dios, sepamos levantar los ánimos decaídos de la gente de buena voluntad: “Pues él no aparta de nosotros su misericordia/no nos abandona” (2Mac 6,16). Como Jesús en la cruz, demos también nuestro amor y perdón. Las personas del amor, el perdón y la paz, son más fuertes que los seres diabólicos de la violencia y la muerte.

Querida Mara,  ¿qué dirás o pensarás de mí? ¿Que soy profeta de calamidades? No lo creas. Me hallo repleta de gozo interior y vivo anhelante por ser mensajera de la Buena Nueva del Reino. Sin embargo, creo que realista también. Son tiempos recios para la humanidad y la cristiandad. No tengo miedo, sé de quién me fio. Jesús está conmigo fortaleciéndome, siempre vivo referida a Él ¿qué puedo temer? “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿El sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la muerte violenta…?/ ¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús, nuestro Señor!” (Rm 8,35).

Mara, vivamos de manera que, cualquier cosa que pueda sucedernos, nos halle en Dios. Él es nuestra segura tranquilidad. Con amor y esperanza. Nura

Anuncios

6 thoughts on “LA INIQUIDAD

  1. Maria Dolors Amat 18 julio, 2016 / 7:09 pm

    És tant fort el dolor per tanta maldat que només hi ha pau i consol a partir de la pregària humil i confiada amb les mans obertes davant la bondat i la misericòrdia del nostre Déu!

    Me gusta

  2. Paola Alejandra 26 julio, 2016 / 3:54 pm

    Hola Anna!!!.

    En estos días leí este artículo y tu propuesta en la búsqueda de caminos de diálogo y paz. Los comparto.

    ________________________________

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s