ACOGIDA Y PERDÓN

d5ca255bf953dabee5b8ba9857aa327dMuy querida Mara: Ayer, en mi día de retiro, cogí entre mis manos el Evangelio de Lucas, y leí el texto de la parábola del hijo pródigo, que me ha conmovido interiormente, por la bondad que emana la actitud del padre. A decir verdad, los hijos, el uno y el otro, son de un talante deplorable, la única figura entrañable es la del padre. Solo Él rezuma amor pleno e incondicional.

He tenido la certeza de que, ante este relato del hijo pródigo, podemos respirar con amplia y honda confianza por la acogida compasiva del padre. Ante la misericordia de Dios, el ser humano queda arropado por el tierno abrazo del que es todo amor, todo acogida, todo perdón: el Padre, al que se le conmueven las entrañas por la emoción del retorno del hijo.

Me ha parecido que se puede definir como el Evangelio de la acogida, la ternura, la confianza, el perdón, de la posibilidad de recomenzar, ¡de la fiesta a disfrutar! Dios es el Padre que está pendiente y empeñado en acoger y recibir a sus hijos siempre y en cualquier situación, respetuoso, a la vez, con la libertad personal. No pide cuentas, sencillamente acoge y perdona, porque esta es su vocación de Padre.

El hijo, le exige una paga desmesurada, como un derecho adquirido, y se va. Solo piensa en él. No repara en el daño que causa, ni su insensatez mide las consecuencias de su desvío. Abandona su casa y deja a su padre, sin más. El padre tiene la esperanza de que el hijo vuelva, su actitud es la espera paciente y confiada. Siempre hay que dar una posibilidad a la persona. Cuando lo ve regresar, se le conmueven las entrañas, por la alegría de recuperarlo nuevamente. ¡Le sale al encuentro y lo abraza! No hay reproches, ninguna actitud negativa. El Padre es pura acogida, emocionada e incondicional. ¡El hogar se llena de alegría y fiesta!. Tal es el empeño salvador, acogedor y sanador de Dios. Si el hijo no vuelve, el padre lo seguirá esperando, su espera bondadosa y segura no decae nunca. Dios no quiere que nada de lo que Él ha creado se pierda, nos ofrece siempre lo que tiene: amor, acogida, perdón.

Dice Juan de la Cruz A la tarde te examinarán en el amor” ¡Ni eso! A la tarde será el encuentro con el Padre, todo y todos seremos salvados en Dios. A la tarde será el asombro de una total acogida, todo y todos descansaremos plácidamente en el regazo del Padre-Madre. Jesús lo ha hecho por nosotros con su muerte-resurrección. Ante el amplio recibimiento, ante la ausencia de reproches, no podremos sino enmudecer de asombro, fascinados por el extraordinario amor del “Padre de las misericordias y Dios de toda consolación”. A la tarde, a todos se nos dará la posibilidad del reconocimiento para la reconciliación. Así es este Padre, que se le conmueven las entrañas, estremecidas por el amor  hacia sus hijos.

Los que vivimos en la casa del Padre, ¿seremos capaces de acoger con el mismo amor y sentido de fiesta a los hermanos que han vivido fuera de ella, y que han sido auténticos déspotas con los demás? ¿Seremos capaces de sentarnos a la mesa de la fraternidad, para compartir el mismo pan y beber el vino de la fiesta? Los que hemos sido o nos tenemos por los “justos”, los “buenos”, ¿seremos capaces de aceptar la misma paga, la salvación de todos? El hijo mayor, es incapaz de alegrarse y festejar el retorno de su hermano. Es la actitud del endurecimiento, la envida, el integrismo que mata los brotes de la esperanza. Y el padre, también trata de ablandarlo, de hacerle resurgir el fondo de humanidad-fraternidad que lleva dentro de sí. El Padre siempre media entre nosotros para situarnos en su plan sanador y salvador.

El bien y el mal están aquí, en medio de nosotros, como el trigo y la cizaña, es una realidad del cotidiano vivir y es responsabilidad nuestra elegir una cosa u otra, el bien o el mal, vivir creando cielo o vivir creando infierno. Quien cree en Jesús y vive para el Evangelio es ya, aquí y ahora, un ser capaz de amor, de fiesta del corazón que, por gracia de Dios, se sabe privilegiado gustando las delicias del Reino. Las percibe y las goza, las realiza. Quien por el contrario vive explotando a sus semejantes, tiranizándolos y usurpándoles su dignidad humana, atropellando la paz y la felicidad de los demás, es un ejecutor de muerte que no halla el camino de la auténtica felicidad. Ni ve ni entiende, ni vive ni deja vivir. Solo la gracia de Dios, el poder sanador de su misericordia, podrá remediar su mal. Y Dios, el Padre, le ofrecerá la posibilidad para redimir su error, y sentarlo también a la mesa del Banquete con todos los hermanos. En Dios nada se pierde.

Al final será la fiesta del Reino de los Cielos, fiesta que celebra el amor, la misericordia, el perdón y la salvación. Fiesta que vitorea además un infierno vacío, destruido para siempre, un lugar sin sentido, sin razón de ser, porque ante Dios no puede existir mal, Él no le da lugar. Ante Dios todo lo oscuro se torna luminoso, lo malo bondadoso, la agresión en perdón, el odio en amor.

Y así, querida Mara, me he ido deleitando en una lectura orante que, poco a poco, iba caldeando el corazón con deseos de bondad, de agradecimiento y amor hacia el Padre, hacia este Jesús que así nos lo ha mostrado. Queda en mí como un rescoldo que aviva una disposición interior para amar, es más, solo saber de amor.

Y te lo comparto, Mara querida, con esa confianza que me mereces, porque te sé muy mi amiga y hermana.  Nura

 

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