LA MUERTE

1258518606444_f Queridísima Mara: Llevo días dando vueltas por mi cabeza sobre el tema de la muerte. No sé muy bien por qué, pero reflexionar acerca de esa realidad me ha salido desde dentro, con mucha paz. Al fin ¿quién no ha pensado alguna vez sobre el misterio de la muerte? Meditar la muerte me ha parecido que está íntimamente unido a la verdad de la vida. 

Quizá lo ilumina bien las palabras de Pablo cuando dice: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos”. (Rm 14,7-12). Creo que estas palabras del apóstol no pueden ser más significativas, reveladoras y bellas, esperanzadoras también. Vida y muerte aparecen radicalmente vinculadas y en manos de Dios.

Recuerdo cuando era adolescente que, pensar en la muerte, me producía cierta inquietud y desasosiego interior. Sin duda, cuando era pequeña, oír hablar del pecado y castigo, el infierno y la condena eterna, me estremecía en mi interior. Me hacía ver la muerte como algo horrible, como un mal que nos amenazaba y me daba cierto miedo.

Gracias a Dios, al paso de los años he ido madurando y afrontando esa realidad de la muerte. Actualmente creo poder mirar, no solo con naturalidad, sino también con aquel amable decir del Cántico de las criaturas de Francisco de Asís: “Loado seas mi Señor, por la hermana muerte corporal de la que ningún hombre vivo puede escapar”. También referirme a Teresa de Jesús con la poesía “Vivo sin vivir en mí”, en la que una y otra vez dice: “que muero porque no muero. Muerte do el vivir se alcanza, no te tardes que te espero. Venga ya la dulce muerte, el morir venga ligero. Muerte no me seas esquiva. Quiero muriendo alcanzarle, pues tanto a mi Amado quiero, que muero porque no muero”. Con Juan de la Cruz, cantar también la “Llama de amor viva”, en la que el santo reclama a Dios: “rompe la tela de este dulce encuentro”.

 Vivir y morir está imbricado en nuestra naturaleza humana y en la misma creación, porque la materia física es finita. Esto, lejos de silenciarlo en nosotros, lo hemos de afrontar como una realidad a integrar desde nuestra más tierna infancia, para madurar como personas en plenitud.

De alguna manera podemos decir que, cuando nacemos, ya llevamos la fecha de caducidad en la frente, ilegible e invisible, pero real también. Así, vivir y morir tiene que ser para nosotros connatural en el proceso humano de nuestro propio crecimiento personal. Madurar sin miedos, asumiendo la realidad de seres finitos aquí, en la carne. Pero abiertos también al infinito de Dios, siendo la misma muerte quien nos brinda el tránsito de este mundo al celestial, al que nos sabemos destinados.

La muerte es la puerta que cierra el ciclo humano terreno y la llave que abre la morada al mundo de Dios. En muchas ocasiones la vida es una larga noche oscura. Probablemente se pueda afirmar que la muerte es la última noche a pasar, para recibir la luz eterna que ya no conoce ocaso. El temor nos es connatural, mas también tenemos el don de la esperanza como asidero de una paz interior llena de confianza. La fe es seguridad de que Dios nos saldrá al encuentro, para liberarnos del largo peregrinar a la intemperie del desierto terreno.

Dios Padre nos ofrece expirar nuestro último aliento en sus propios brazos amorosos. Ninguna inquietud debe turbar este proceso hacia el dulce encuentro. Morir es el momento de la intimidad más honda y solitaria que realizamos entre el yo personal y Dios. Morir es entrar a vivir vida de Dios. Es regalo y alcance del más allá, donde la feliz Pascua se hace definitiva, como canto de alabanza y danza de amor.

La muerte y la vida corren juntos en la corriente del río de la historia que va a para al mar, que es Dios. Son realidades inseparables que llevamos metidas en las entrañas de nuestro ser. Y la muerte no tiene la última palabra ¡cierto! Sino la vida.

También pienso que la muerte no debe ser vista ni entendida solo como el hecho puntual y concreto del final de la existencia humana. Muerte y vida son también dos opciones en la manera de ser, obrar y vivir. Quiero decir, podemos ser transmisores de muerte y no de vida a causa de nuestros actos. Podemos vivir produciendo muerte en nuestro entorno y no vida feliz. Vida y muerte es una elección personal. Optamos por el bien o hacemos las obras de la muerte que es el mal. Este, también lo hallamos en nosotros, no como dualidad, pero sí como realidad de la contradicción que descubrimos en nuestro propio ser.

Hoy encontramos en la sociedad una cultura de la muerte que está muy extendida. Nos envuelve la alarmante realidad creadora de violencia y muerte en nuestro entorno. Radicalismos terroristas que determinan matar la vida de las personas en nombre de Dios. Violencia de género, violación de los derechos humanos de la libertad, de la acogida, violencia racista, violencia y muerte de las guerras actuales en las distintas partes del planeta. Muertes lentas y deshonrosas por el hambre y la sed. La muerte se ha ganado un amplio terreno donde va alcanzando víctimas inocentes que no pueden desarrollar la vida en plenitud. Todo este conjunto de escenarios son agresiones a la dignidad humana de los más débiles y desfavorecidos.

Solo la opción personal por la bondad, la belleza, el amor y la libertad, nos llevarán a realizarnos como seres humanos en plenitud. Hemos de ser cultivadores de amor en la vida, capaz de enterrar la cultura de la muerte, sepultándola sin dejarla revivir.

Sucede también que la medicina está alargando la vida de la gente, pero en ocasiones de manera dramática. Ocurren casos en que, los medios de que dispone la ciencia, consiguen mantener el cuerpo latente, pero no la vida. Así se produce una fase en que la persona ni vive ni muere. Como un estado en la nada, ni vida en la tierra, ni vida en el cielo. Esto me cuestiona hasta el punto de no hallarlo digno. Lo dejo en el umbral de una posibilidad que un día, la sociedad y cada persona tendrá que plantearse. Sé que no todos están dispuestos a prolongar una existencia en condiciones tan lamentables. Y en este punto, es donde sociedades de algunos países, han abierto la puerta a lo que llaman muerte asistida, o muerte digna. Tengamos la certeza de que, la vida, engendra vida. La muerte engendra muerte. Y que el amor lo aguanta todo.

La alta dignidad de la vida del ser humano merece que nos acerquemos a la muerte desde la plenitud de una vida lograda y en paz. Que acoge la hora final con serena libertad y agradecimiento por la bondad y belleza de la felicidad lograda. Un final que acoge la muerte como descanso merecido y plenitud en Dios. No el miedo, sino la confianza puede ser la actitud en la hora extrema. Actitud confiada y de total abandono en las manos del Padre, cuyo amor es misericordia.

Es muy hermosa la imagen de Jacob cuando, acabada su vida terrena, y habiéndose despedido de sus hijos, dice el texto de la Escritura: “en habiendo acabado Jacob de hacer encargos a sus hijos, recogió sus piernas en el lecho, expiró y se reunió con los suyos.” (Gn 49,33). En algunas culturas antiguas, solían enterrar a sus muertos con las piernas recogidas. Algo así como volver al seno materno. Es decir, meterse de nuevo en las entrañas de Dios-Padre-Madre, de donde salimos. A esas entrañas volveremos definitivamente junto a Él.

Querida Mara, es menester que nuestra manera de situarnos en la vida sea para crear más vida feliz. Reconozco que en ocasiones yo misma soy portadora de muerte. Sucede cuando he agredido con violencia de palabra y de obra a mis propias hermanas. La falta de control, el gesto amenazador, la pérdida de la paz, hace que mate, en ellas, la armonía y el sereno vivir. Es verdad que, tras esas violencias, también se restablece la unión en la reconciliación y el perdón que Jesús quiere para nosotros. Somos responsables de crear comunidades de vida y no de muerte, para esperanza de las gentes. Ser luz del mundo y sal de la tierra, ofrecer antorchas luminosas que alumbren caminos de vida y no de muerte. Que al fin, la redención de Cristo es apertura a la vida y exclamación de triunfo para los hijos de Dios.

No me alargo más, Mara. Sea vida y vida de Dios, lo que aportamos en la convivencia de cada día con los demás. Es nuestra responsabilidad y tarea. Recibe el cariño de la fiel amistad. Un abrazo colmado de vida.  Nura       (Anna Seguí, ocd)

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3 thoughts on “LA MUERTE

  1. marivjo 29 octubre, 2016 / 9:27 am

    Estupendo, Anna, profundo y de esperanza y consuelo. Al lado de allá de la puerta nos espera el abrazo amoroso y absolutamente purificador de Jesucristo. Algo así quiero creer y esperar. Gracias, Anna

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  2. marivjo 29 octubre, 2016 / 9:31 am

    Y perdona pero no te imagino violenta de obra…vamos que no!

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