EL DESARME

desarme Queridísima Mara: Cada día más, siento la necesidad de un desarme personal desde dentro. Tengo la absoluta convicción de que la paz solo será posible, efectiva y eficaz, cuando nosotros nos desarmemos y pacifiquemos interiormente. Solo cuando la reconciliación con nosotros mismos, con los demás y con la historia, sea una realidad de amor y perdón, entonces se hará posible la paz. Asomará radiante el sereno semblante de una vida en plenitud, la belleza de quien todo lo mira con bondad, capaz de bendecir y gozar con las criaturas y toda la creación. Desarmarse es pacificarse. “El amor y la verdad se darán cita; la paz y la rectitud se besarán” (Sal 85).

El mundo es un hervidero de conflictos, el armamento está al alcance de todos, guerras, terrorismo, pillaje, peleas, agresiones. Prolifera la agresividad, la hemos dejado crecer cual hierba que ha prendido con fuerza y todo lo engulle. ¡Oh!, si por un instante atendiéramos el susurro suave y silencioso del corazón, oír la amable voz interior, el clamor sanador de un Amor que nos vive dentro. ¿No crecería en nosotros, acaso, las ansias de un deseo de paz, amor y perdón? Para amar hemos sido creados. “¡Qué maravilloso es tu amor, oh Dios! ¡Bajo tus alas, los hombres buscan protección!” (Sal 36). “Fíjate en el hombre honrado y sin tacha: el futuro de ese hombre es la paz” (Sal 37).

No son las armas el problema de la humanidad. Somos las personas, armadas y aguerridas dentro de nosotros mismos, que echamos mano de los fusiles, prestos y rápidos, para disparar contra el otro, aquello que no soporto de mí. Escupir en el rostro del hermano el conflicto que llevo dentro, matar a los demás, aquello que en el fondo, deseo ver muerto en mí. La humanidad no se soporta a sí misma y pelea su conflicto interior hacia fuera, sin comprender que la paz la tiene que crear desde dentro. Reconciliada y pacificada la persona, las armas ya no son peligrosas, porque quedamos desarmados. El mal está en nosotros, el peligro somos cada uno si, en lugar de hacer crecer la bondad, dejo que el mal se me apodere, hasta hacerme perder el control personal. Entonces estoy pronto para apretar el gatillo que mata al otro y a la humanidad entera. El matón soy yo, no el arma que está en mi mano. Desarmarnos a nosotros mismos, es contribuir a la paz. “Mira con bondad a este siervo tuyo, y sálvame, por tu amor” (Sal 31). “Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor” (Sal 130)

El mal nace cuando no nos sabemos amados y no somos felices. Entonces, dentro de nosotros, se levanta un despotismo armado hasta los dientes, que todo lo quiere destruir. La infelicidad y el desamor nos destruye, nos deshumaniza. La raíz del mal está en la ausencia de amor. El ser humano, sin amor, es un déspota en potencia. Los fanáticos radicalismos son expresión de los desajustes interiores. Solo el amor es capaz de transformar el mal en bien. El amor nos desarma. Estamos hechos para la felicidad. Hemos sido creados por el Amor y para el amor, si esta realidad no crece sana dentro de nosotros, el conflicto mundial está asegurado. “Aléjate de la maldad, y haz lo bueno; busca la paz, y síguela” (Sal 34,14).

 Desarmarnos, sí, potenciando la vida en el amor. Creando felicidad en nuestro entorno a fuerza de amar. Crearemos la paz si suavizamos la vida. Una existencia recreada en las relaciones amorosas. La suavidad en todo, el roce amable, la mirada agradable, la alegría festiva, la prontitud para el servicio generoso, el respeto por el otro, el derecho a la libertad personal y comunitaria, la fiesta, el canto, la belleza, el disfrute de una vida feliz, el gran abrazo del amor mutuo. El descanso de una existencia pacificada, reconciliada, liberada. Dios quiere que seamos creadores de un paraíso de felicidad. “Tu bondad y tu amor me acompañan a lo largo de mis días, y en tu casa, ¡oh Señor!, por siempre viviré” (Sal 23).

 La vocación del ser humano es el amor, la paz, la felicidad. Desarmarnos, para pacificar la vida, hasta poder ofrecer una seguridad humana que devuelva el gusto por la vida, el valor por la existencia. La esperanza de que la felicidad es posible. El Hacedor de todo ha puesto en nosotros esa gran posibilidad humanizadora, una existencia mundial bella y buena para todos. Las religiones mundiales deben ayudar a desarmar a la persona potenciando el diálogo y la comprensión mutua, haciendo crecer en cada ser humano el deleite del amor con qué hemos sido creados. “Mirad, hoy os doy a elegir entre la vida y el bien, por un lado, y la muerte y el mal por el otro. Si obedecéis lo que hoy os ordeno, y amáis al Señor vuestro Dios, seguís sus caminos y cumplís sus mandamientos, leyes y decretos, viviréis y tendréis muchos hijos, y el Señor vuestro Dios os bendecirá” (Dt 30,15).

Querida Mara, desarmarnos, vivir pacificados y en el amor, es un reto a trabajar, para devolver la esperanza a la humanidad herida, es la gran enseñanza que hallamos en Jesús. En ello estamos, no nos casemos de hacer el bien, como dice el gran Pablo “A nadie le debáis nada más que amor”. Desarmada, te abrazo con amor y paz. Tuya siempre. Nura                   (Anna Seguí Martí)

 

 

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