CONFESARME CON DIOS

orando-juntos-manos-sobre-biblia_thumb1Queridísima Mara: Hace un tiempo, en “Paraula” (23-10-2016), leí un breve escrito de un sacerdote, que me llamó la atención por su decir sobre el sacramento del perdón. Dicho escrito, en su último párrafo, dice así: “En consecuencia, los cristianos nos confesamos con un sacerdote por dos razones: porque así lo ha determinado Jesucristo con su autoridad y porque al recibir la absolución por medio del sacerdote tenemos la certeza y la seguridad del perdón recibido. Cuando el ministro me dice: “Yo te absuelvo de tus pecados”, puedo estar seguro de la eficacia, de la verdad de sus palabras. Si no tuviéramos al sacerdote no podríamos saber si el pecado nos ha quedado perdonado o no”.

Como comprenderás, querida Mara, estas palabras son erróneas, porque, el sacerdote no es, en absoluto, el autor del perdón. De lo que no se puede dudar es del perdón de Dios, este es real y eficaz siempre, con y sin sacerdote. Somos perdonados ya antes de pecar, en el pecado y en el arrepentimiento. Esta es la gracia que ha producido la redención de Cristo Jesús, que somos humanidad perdonada y salvada, liberada, al fin. ¡Pobre humanidad nuestra si el perdón dependiera solo de la absolución de los sacerdotes! No dudemos nunca de esa verdad del perdón de Dios, con y sin sacerdote.

El Dios todo Amor y solo Amor, no puede más que amar y perdonar. Con un solo levantar los ojos al Padre de las misericordias, con el mínimo deseo y necesidad de pedir perdón, por nuestras miserias pecaminosas, somos ya perdonados. Esto es así, sin duda alguna y con toda verdad, y este es nuestro descanso y nuestra fiesta. Después, la persona, puede ir a confesarse, si así lo desea y necesita en su corazón, con un sacerdote. Este, confirmará, por la fe de la Iglesia, el perdón ya recibido anteriormente de parte de Dios. Dios nos perdona por adelantado. Y su perdón no se desdice.

Sin duda alguna, el sacramento de la confesión de los pecados, está en plena crisis. No tanto porque no sintamos la necesidad de ser perdonados, sino, fundamentalmente, por la manera que el sacramento ha quedado institucionalizado y estancado, en unas formas que son necesariamente revisables. La gente tiene una fina y segura intuición de que, las cosas, pueden ser de otra manera. Sin embargo, para los que lo necesitan tal y cómo está, así lo vivan y mantengan. Pero, urge flexibilizar maneras más inteligibles para los que también lo reclaman. Es bueno que los creyentes vayamos teniendo la convicción profunda de que, el Espíritu Santo inspira a los hombres y mujeres que formamos la Iglesia, con la misma fuerza y eficacia que a sus jerarcas. Está bien hacer oír nuestros criterios.

Los seguidores de Jesús, somos conscientes de que, Él, Cristo, es la base fundante, primera y última, de nuestro ser cristiano, Jesús mismo nos concede ser amor y perdón, porque nos hace lo que Él es. El distintivo de nuestro ser cristiano es Cristo Jesús. Seguirle significa imitarle, vinculados a Él, buscamos proceder según su Evangelio, una manera de ser nueva humanidad, afirmados en el amor y perdón que Jesús proclamó, practicó y nos dejó como modelo. Hacernos, o mejor, dejarnos hacer por Él, a imagen  y semejanza suya, y “pasar haciendo el bien”, tal como nos enseñó.

Es verdad que somos los redimidos y salvados por este Jesús que dio la vida por todos. Pero, mientras vivimos en la carne, sentimos que el aguijón del pecado doblega con frecuencia nuestro deseo de bien, y obramos el mal que nos somete. Y de ahí, viene la necesidad de vivir el perdón, que la misericordia de Dios nos devuelva la carne sana y la mente clara y santa. Jesús nos pide oración y vigilancia, porque somos débiles, y la tentación sagaz para hacernos sucumbir al pecado. Somos una comunidad de fe que conoce y reconoce la culpa y necesita el perdón. Pero hoy, las viejas formas, a muchos, ya demasiados, no nos sirven.

Y mientras tanto, tener una absoluta convicción de que el sacramento lo llevamos dentro. Los bautizados somos el nuevo Cristo encarnado. Él, nos hace lo que es: comunión, perdón, amor y fiesta. El sacramento lo realizamos por el hecho mismo de ser sacramento. Cada uno es portador de comunión, cuando, lo que somos y tenemos, lo partimos y repartimos. Somos portadores de perdón y necesitados de perdón. Perdonarnos unos a otros, porque, regalar perdón es regalar amor. Esto es ser cristiano, que no hay amor sin perdón, ni hay perdón sin amor. “Por tanto, confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros para que seáis sanados” (St 5,16). El discipulado recibimos toda esta fuente de gracia, no es exclusiva de nadie, es regalo de Dios para todos.

Exclama Teresa de Jesús, ante su propia verdad: Sea el Señor alabado que me libró de mí” (V23,1)“Fíe de la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer, y no se acuerda de nuestra ingratitud” (V19,15). “La misericordia de Dios me pone seguridad, que, pues me ha sacado de tantos pecados, no querrá dejarme de su mano para que me pierda”. “Veo claro la gran misericordia que el Señor hizo conmigo” (V38,7). “Que es verdad, cierto, que muchas veces me templa el sentimiento de mis grandes culpas el contento que me da que se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias” (V4,3). Hállole amigo verdadero, y hállome con esto con un señorío que me parece podría resistir a todo el mundo que fuese contra mí, con no me faltar Dios”  (R3). “Levántense contra mí todos los letrados; persíganme todas las cosas criadas, atorméntenme los demonios, no me faltéis Vos, Señor, que ya tengo experiencia de la ganancia con que sacáis a quien sólo en Vos confía” (V25,17).

Querida Mara, quien se vive inmersa en Dios y adherida a Jesús, en la seguridad de su gran misericordia, señorea la vida entera, y la confianza expulsa el temor. Podemos confesarnos con Dios, con Jesús, siempre y primero, y estar seguros de su perdón. Como a hijos amados nos lleva y acoge. Esta es mi plena confianza, así lo vivo desde dentro, por gracia de Dios, y nadie me arrancará esta seguridad en Jesús, el Cristo, en Dios, “Padre de las misericordias y Dios de toda consolación”.

Te quiero, Mara, y gracias por las veces que me has permitido confesarme contigo, recibiendo de ti tu amor y perdón, venidos de Dios, de Jesús mismo. Tuya siempre.  Nura   (Anna Seguí, ocd)

 

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