LA PAZ

 paz-1Mi queridísima Mara: Por la alegría de este primer día del Año Nuevo, he decidido llamarte y desearte todo lo bueno a lo largo de los meses que se nos abren por delante. Nos toca la tarea de  construirlos, realizar historia con nuestro hacer en el tiempo. Ha sido muy hermosa la conversación que hemos mantenido sobre la paz, el “hesicasmos”, como la llamaban los antiguos, la quietud, el silencio, la paz del corazón, todo ello como medio para adentrarse en la unión con Dios. También yo intento vivir la paz como fruto del amor y la bondad, como la belleza de una alegría que nace de las profundidades del corazón, que emana de la relación con Dios, y de la buena convivencia con los hermanos. 

Habiendo entrado en años, siento en mi interior que me urge trabajar la paz como fruto de una entrega generosa. Hacer del hogar terreno, y de mi ser profundo, un lugar de acogida fraterna y comunión con todos, fundamentalmente con quienes convivo. Al fin, el fruto del amor es la paz, la alegría, la armonía, el dominio de sí.

Nada humano y de nuestro mundo me puede ser indiferente. En este comienzo de Año Nuevo, apremia una decidida opción por la paz. Hemos despedido 2016 como año de terrorismos, guerras, explotación de niños, violencia de género, agresiones, integrismos fanáticos, fobias racistas y sobre la homosexualidad, robos y estafas. Lamentablemente la cuenta se hace interminable. Decido abrir, en nuestro pequeño espacio claustral, un comienzo -o mejor, una continuidad-, para la construcción del Reino, portador de la verdadera paz. Una actitud personal y comunitaria, que nos comprometa a todas a hacer de nuestro monasterio un rincón para la paz, desde las relaciones fraternas. Un lugar donde el amor sea la realidad del cotidiano vivir. Sembrar  pequeñas semillas de esperanza para un mundo en la paz. Quien vive mirando a Cristo, no puede más que amar y sembrar la paz.

La calidad de la fraternidad está en aquella capacidad de pacificar situaciones concretas de conflicto en nuestro convivir -porque las relaciones son frágiles y se quiebran con facilidad-, poniendo por encima de todo la paz que Jesús nos enseña: “mi paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27). No quiero ser usurpadora de la paz ajena con mi comportamiento, no pocas veces crispante para los demás, sino transmitir la delicadeza de una serenidad y alegría del corazón. Ser sembradora de paz.

Cada día me siento más radicalmente sostenida por Jesús, y en Él hallo paz, gozo y seguridad. La confianza en Jesús me pone en paz. Donde mora Jesús hay luz, paz y deleite inmenso, sea esta la riqueza a compartir con los demás. Y mi primer compromiso en esto es mi propia comunidad, cada hermana en particular. Tal es el talante que observo en cada una de ellas, procurando este bienestar comunitario, queriendo cumplir también aquel deseo de nuestra madre Teresa, que nos apremia al amor mutuo: “Aquí, todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar” (C 4,7). Es una llamada a la fidelidad del amor.

Con los años, y por obra de la gracia, Dios me va poniendo un corazón de carne, más sensible y humano, fruto de una larga y también penosa purificación, que me permite la estable serenidad que me asienta en la paz. Un corazón de carne al agrado de Dios, y que sea también al agrado de los que conviven conmigo, es decir, siempre a favor de la comunidad.

En la oración, tanto litúrgica como personal, pido al Señor que nos conceda a todos vivir según el espíritu de las Bienaventuranzas, ellas nos abren a la paz del Reino y nos configuran con Jesús, nos ponen semejanza y nos acercan a los hermanos. “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán hijos de Dios” (Mt 5). Las Bienaventuranzas son toda la experiencia de felicidad que Jesús propone a sus seguidores, y de ellas emana el caudal de la paz profunda, la fuente de las aguas pacificadoras. Una vida dedicada a la siembra de las Bienaventuranzas del Reino. 

¿No debo reconocer que Jesús me ha ido serenando y pacificando a lo largo de la vida? Sí, Él me pone en paz con presteza cuando esta oscila entre el impulso temperamental y la actitud fundante de lo evangélico. Él me ordena por dentro y me da alegría, cuando la paz triunfa como actitud básica ante cualquier situación que atenta contra la armonía. No sucumbir a la violencia, que ella no tome fuerza en nuestro corazón y turbe nuestra paz. La paz hace buena y bella la convivencia conmigo misma, con Dios, con la creación y con los demás, fundamentalmente con la comunidad, mi lugar concreto donde ejercer eficazmente la paz.

Siento que Dios me ha ido liberando de oscuridades interiores, y Jesús me va llevando a las cumbres, donde hallo praderas luminosas de paz y libertad, donde respiro aire fresco y puro, sanador y libertador. La paz del corazón se me ha ido haciendo más estable, no se turba ni inquieta tanto mi corazón, probablemente porque he aprendido el arte de confiar más en Jesús. Me hallo más adherida a Él, siempre traigo memoria de Él, y esto va dándome firmeza interior, estabilidad y más reconciliación con todo también. Llevar una vida orante, ayuda a tener habilidad y ojos penetrantes, para saberle descubrir en cada rostro humano.

Cuanto más se ha ido estableciendo Jesús como centro de mi ser, la paz se me ha hecho más estable y duradera. Y es mi deseo que, la paz y la bondad, como fruto del amor, sea el modo y la manera de estar y vivir en medio de la humanidad. Que la alegría, el perdón, la compasión, la fraternidad, sea la tónica dominante en la convivencia diaria de cada jornada. Cada amanecer es una nueva oportunidad para ejercitar el amor y la paz.

Nada me pertenece. Lo mío es trabajar y servir, como Jesús: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22,27). He sido invitada para la labor en la viña del Señor, aquí, en la viña de una pequeña comunidad orante. Y en ella me siento en la casa del Padre, como dueña y señora a la vez. Entre nosotras, amor, perdón, oración, servicio, comunión-comunicación andan juntos, como fuerza impulsora que asegura y genera la prosperidad, la paz personal, comunitaria, social y mundial.

La paz y prosperidad de las Naciones, de los pueblos, las familias, la Iglesia, la comunidad, se construye con amor y olvido de sí, con diálogo, con respeto mutuo, y trabajo entregado, servicio ofrecido y regalado. Comprometer la vida y la existencia en actitud vigilante. Hacer que, oración y acción anden juntas, como Marta y María, no disgregar estas dos actitudes. Y ande Dios en los corazones de todos, como fundamento de todo lo que construimos. Pobres siervos somos, hagamos lo que nos toca hacer, y hagámoslo con paz.

Que este sea nuestro deseo para todos, y nuestra decidida aportación al comenzar el Año Nuevo 2017 ¡sea! FELICIDADES. Un fuerte abrazo, querida Mara, lleno de amor y paz.  Nura     (Anna Seguí Martí)

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