EVANGELII GAUDIUM


evangelii-gaudium-l-exhortation-apostolique_visuelQUÉ DICE EL PAPA DE JESÚS, CÓMO HABLA DE ÉL

La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. 

Evangelii gaudium. Con este título, el Papa Francisco, cual profeta en tiempos depresivos, impacta profundamente y sumerge de lleno en las fuentes del Evangelio, donde brota la alegría de la Buena Noticia que Dios nos regala en Jesús. 

Invitada a decir unas breves palabras sobre la lectura del texto, quiero expresar el asombro y la alegría ante lo puramente evangélico y fraterno; un documento que abre a la esperanza de una nueva primavera que apunta cercana. ¿No sabíamos, acaso, que el Resucitado siempre aparece derrochando novedad de vida, de la que Él es portador?

Las palabras del Papa convulsionan las conciencias adormecidas y nos mueven a renovarnos desde dentro: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo” (3).

El gozo fluye espontáneo del encuentro con Jesús, así lo expresa de entrada la exhortación: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”; “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (1). Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descu­bre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos” (3).

En cada página resuena la voz amable del pastor, con “olor a oveja”, explosionando la esperanza de una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría del Evangelio, que toca a fondo el ser y la esencia de la persona humana, adentrándose en la vida de cada creyente, en la realidad de la Iglesia, y de nuestra sociedad que necesita ser revitalizada y sentirse acogida por Jesús.

Una nueva evangelización marcada por esa alegría, es el impulso y el coraje que debemos mostrar quienes vivimos adheridas a Jesús desde nuestros puestos de orantes en la Iglesia: No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia ade­lante” (3). No quedarnos instalados en nuestro reducido espacio personal, y salir al encuentro de quien nos necesita y reclama; tender la mano fraterna y amiga que acoge e invita con dulce alegría “a tomar la decisión de dejarse encon­trar por Él, de intentarlo cada día sin descanso” (3). Abrir una esperanza a los hombres y mujeres que se han alejado de Dios y le buscan porque necesitan encontrar motivaciones hondas para la existencia.

El Papa quiere alentar en nosotros “el entusiasmo por hacer el bien”; “¡Nos hace tan­to bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar” (2). Jesús nos llama a ir siempre adelante, caminar tras Él

la vida del Reino, con el Espíritu que alienta en nosotros la bondad y la belleza de una vida para el Evangelio. El Papa insiste: “Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecun­dos nuestros esfuerzos como a Él le parezca” (279), no claudicar en el empeño de ofrecer el mensaje de Jesús que quiere sacarnos del desierto de la soledad y humanizarnos con vida de Dios para nuestra felicidad.

Jesús es el primero y el más grande evangelizador” (12). La transformación misionera de la Iglesia hunde sus raíces en el anuncio del Resucitado. En la llamada que nos hace el Papa a “salir”, “primerear”, “involucrarse”, nos lleva a tomar una actitud de ser interiormente evangelizados, atrevernos a una conversión profunda del corazón que nos haga “salir” al encuentro de los demás, para, sintiéndonos amados por Jesús, asumir la humilde actitud de servicio que Él nos pone como ejemplo a lo largo de la vida.

“Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los de­más para lavarlos”. Lavar los pies a los hermanos, con ello entramos de lleno a formar parte de los que han sido invitados a trabajar en la viña del Señor, una vida de humilde servicio evangélico hecha con alegría en favor de cada hermano concreto, y de toda la humanidad. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor” (24). Solo el amor nos capacita para abajarnos hasta lavarnos los pies unos a otros.

“Hoy, en este «id» de Jesús, están presen­tes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos somos llamados a esta nueva «salida» misionera” (20). Ante la crisis actual, nos damos cuenta de cómo se han estado invirtiendo los valores del Reino, esclavizados bajo el dios “dinero” que ha oscurecido la primacía del ser humano en su vocación de hijo y no esclavo. Desde Jesús, no podemos olvidar el compromiso solidario de ayudar a los pobres para que adquieran una vida digna, “¡El dinero debe servir y no gobernar!”  (58), es radical la voz del Papa en favor de los pobres.

 “Hoy y siempre, «los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio», y la evangeliza­ción dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer” (48); “Jesús, el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona, se identifica especialmen­te con los más pequeños” (209). Nos exhorta, en nombre de Cristo, a abrir caminos de dignidad para los desfavorecidos.

El Papa va concluyendo con la conmovedora imagen de la madre y el amigo al pie de la cruz. Ellos son la presencia consoladora en el momento final. Jesús los une en entrega mutua: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”; y al amigo: “Ahí tienes a tu madre”. “Solo después de hacer esto Jesús pudo sentir que «todo estaba cumplido»” (285).

 “Al Señor no le agrada que falte a su Iglesia el icono femenino. Ella que lo engendró con tanta fe, también acompaña al resto de sus hijos” (213). Junto a Jesús, la figura central, el Papa coloca a María como la discípula a imitar, como modelo, en el proceso creyente, como seguidora de Jesús en la vida. “Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolu­cionario de la ternura y del cariño” (288). María es el “terreno” que se ha dejado cultivar por Dios. Junto a Jesús, ha emergido la gran contemplativa de la historia de la humanidad.

Con este decir sobre el “icono femenino”, ¿compromete el Papa su palabra en favor de la mujer en la Iglesia?; si en su mente está la figura del Jesús terreno y su relación con las mujeres, cómo las amó y las favoreció. Entonces, tal vez sí y ¡ojalá!

“Es el Resucitado quien nos dice, con una potencia que nos llena de inmensa confianza y de firmísima esperanza: “Yo hago nuevas todas las cosas” (288). Y así avanzamos, con el gozo del Evangelio, ofrecido a toda la humanidad, especialmente a los más desfavorecidos.

 Anna Seguí Martí, ocd      (publicado en la revista Orar)

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