NO PODÉIS SERVIR A DIOS Y AL DINERO

  c25c01a  Semana VIII, Ciclo A. Lc 6,24-34

“No podéis servir a Dios y al dinero”. Jesús conoce a fondo la debilidad del corazón humano. Él no quiere que seamos personas divididas por dentro, y nos hace una llamada al absoluto de Dios. Que vivamos adheridos a Él como único Señor y amo de nuestra vida. Personas ordenadas y firmes por dentro, orientadas a la propagación de la Buena Nueva. 

La seducción por el dios “dinero” ha ido invirtiendo los valores del Reino, hasta oscurecer la primacía del ser humano en su vocación de hijo y no esclavo. “¡El dinero debe servir y no gobernar!”, nos dice el Papa en su exhortación apostólica. Jesús nos quiere libres y entregados a una vida para el Evangelio que nos haga solidarios con los pobres, capaces de abrir caminos de dignidad para todos.

Estamos asistiendo a una época de crisis. Las comodidades y seguridades en las que nos hallábamos instalados han sido sacudidas, sentimos que todo tiembla bajo nuestros pies, ha emergido un ambiente de hostilidad, de agresión y nada nos ofrece seguridad.

Y con todo, este Evangelio es un alegre canto a la confianza. Para la persona de fe, es básica la radical confianza en Dios, en el ser humano y en la vida. “No estéis agobiados por la vida”. Sin embargo, dada la precariedad del momento actual. ¿Quién de nosotros no ha sentido el aprieto por la angustia de los que se quedan sin trabajo, el pavor de los que pierden la casa, la precariedad de los sin techo, la desnudez del inmigrante, la juventud sin futuro?; ¿qué comeremos, con qué nos vamos a vestir, dónde viviremos?

Y Jesús nos ofrece el don de la confianza: “Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”. No se trata de la pasividad, ni una tranquilidad comodona y aburguesada, sino de la seguridad en Dios, que nos da fuerza creativa para proveer la carencia humana. Dios actúa en nosotros y a favor nuestro, por medio de nosotros. El amor nos capacita para cubrir la menesterosidad de la humanidad, porque el amor nos lleva a ser eucaristía y ofrecer mi “pan”, que puede saciar el hambre de aquel que me reclama, no siempre mi dinero, sino mi gesto amoroso, mi compañía, mi palabra alentadora, mi comprensión, mi fraternidad, mi escucha. Gestos de sanación, palabras de liberación, acogida que abriga, y amor que alimenta.

Dios quiere para el ser humano una vida digna, no de pobreza, de precariedad y carencia, sino la propia de hijos en la casa del Padre, donde se vive a placer, donde las necesidades básicas están cubiertas, y se señorea la vida en la alegría de la fiesta, derecho de todo ser humano en este mundo, de la dignidad humana, de felicidad para los que nos sabemos y somos hijos de Dios Padre, que es misericordioso, y hace salir el sol para todos, y quiere que los bienes de la tierra sean para disfrute de todos y no de unos pocos.

“Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia”. La justicia del Reino es la vocación primera del hombre, saber qué quiere Dios para el ser humano y para este mundo. Sabernos criaturas suyas, sentir nuestra identidad de hijos, es sabernos también servidores de su voluntad y portadores de la Buena Nueva, constructores de bienaventuranza para esta humanidad.

La vocación de hijos es la del amor, buscar la justicia del Reino es vivir una vida para el Evangelio, y esto supone preparar un hogar para la humanidad, ser la casa de la fraternidad, vivir de manera que por nuestro amor todos tengan vida. Solo damos realmente gloria a Dios cuando hacemos que, por nuestro proceder comprometido a favor de los hermanos, el hombre viva. Esto es buscar el Reino de Dios y su justicia; ser responsables aportando confianza y provisión para todos, tal como lo hace Dios con nosotros. Sea este nuestro cristianismo en el mundo de hoy: ser creadores y celebradores de eucaristía por nuestra vida compartida. Ser pan que se parte y se  reparte hasta dar la vida, como Jesús.                      Anna Seguí, ocd

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