EL CIEGO DE NACIMIENTO

z11DOMINGO IV DE CUARESMA/ CICLO A/ (Jn 9,1-41)

Desde los inicios de su actividad evangélica en favor de las gentes, Jesús se nos presenta como luz del mundo: “Yo soy la luz del mundo”. Jesús sale al encuentro de una necesidad, la ceguera de un hombre. Jesús está ante mí deseoso de sanar todo aquello que es carencia y menesterosidad.

¿Cuál es nuestra ceguera personal, cuál la comunitaria que necesita ser curada?, ¿qué zonas de nuestro ser están oscurecidas, faltas de luz para ver, entender, comprender?, ¿qué ceguera de obsesiones e intolerancias, violencias, envidias y rencores? En fin, se trata de ponernos al descubierto ante nosotros mismos al paso sanador de Jesús. Dejar que nos entre la luz sanadora de Jesús. Atrevernos a vernos al desnudo ante Dios y nosotros mismos.

Lo primero que se me pide es el reconocimiento de una oscuridad real que me impide ver, aceptar interiormente la convicción de que soy un ser necesitado de sanación. Y una experiencia de fe que me hace entender que la iniciativa gratuita parte de Jesús, para tocar con su saliva las zonas de mi ceguera y ser curada e iluminada. Yo debo dejarme hacer, permitir su toque sanador, no imposibilitarlo a causa de mi ofuscación.

Podemos instalarnos cómodamente en nuestras realidades de carencia sin hacer nada por mejorar, viviendo justificados en nuestra indigencia sin quererla cambiar; la comodidad es una forma de ceguera también. Dios quiere para la persona salud y libertad, señorío personal y disposición interior para reconocer el paso de su gracia regaladora de bien y felicidad.

Jesús abre los ojos de nuestro corazón para que comprendamos las obras de Dios, es decir, ver las obras de la justicia, el amor, la verdad, la bondad y la belleza. Tener luz para no ser víctimas de la oscuridad que comporta la indiferencia ante las realidades de pobreza de nuestra humanidad, de violencia y opresión, desorientación y toda indignidad humana. Ver, tener luz, implica comprender y comprometerse con la causa del Reino de Dios y su justicia.

Permanecer ciegos ¿a quién beneficia?, con seguridad a los poderes de este mundo, sean de tipo político, económico o religioso, que no quieren cambiar sus sistemas de dominio sofocante hacia las gentes. Ver comporta denuncia de las estructuras de pecado y opresión reclamando justicia. La peor ceguera que podemos padecer es no reconocer a Dios en Jesús actuando en favor de la libertad y dignidad humana. Y otra ceguera puede consistir en ver las ajenas y no las propias.

Jesús es el gran don de Dios a la humanidad que trae eficacia sanadora y salvadora, y lo hace a tiempo y a destiempo, porque para dar vida a los ojos de un hombre no repara en nada. Su única ley es el absoluto del amor gratuito, y por eso cura en sábado transgrediendo la ley. Para Jesús lo único importante es que el hombre vea, sea autónomo y se valga por sí mismo. No inquietarnos por lo que todavía nos falta sanar, solo dejar que Jesús abra nuestros ojos para ver nuestra oscuridad, y suplicarle que nos cure.

Quien obtiene la luz, reconoce la evidencia de quien le ha curado y hace un acto de fe: “creo, Señor. Y se postró ante Él”. Jesús es severo con los dirigentes del pueblo, que se dan por aludidos ante sus palabras: “Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven vean, y los que ven se queden ciegos”.

Los portadores de la luz hacen las obras de la luz, obras como las del Padre, la obras de misericordia. Los ciegos, las del egoísmo de las tinieblas, que no reconocen la libertad que nos regala Jesús.                           Anna Seguí, ocd

 

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5 thoughts on “EL CIEGO DE NACIMIENTO

  1. amarocd 25 marzo, 2017 / 6:55 pm

    Muy buena reflexión sobre esas cegueras personales que tanto importa reconocer en nosotros mismos:
    los lados oscuros de nuestro yo;
    esa comodidad fácil (y cobarde) que no nos deja crecer ni salir de la “indigencia” (encerrados y alienados en nuestra particular “zona de confort”;
    y esa ceguera social que nos hace indiferentes y pasotas ante muchos dramas de nuestro mundo.
    Gracias, Anna.

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  2. Montse 25 marzo, 2017 / 8:19 pm

    Gracias Anna por tu comentario al Evangelio de mañana.
    Quiero añadir que, los que nos movemos en ambientes religiosos, podemos caer en la “dulce mediocridad”, de quién no se cuestiona su vida diariamente a la LUZ del Evangelio de Jesús, y no ejercen l una autocrítica . La estabilidad es buena cuando brota de una libertad de espíritu que nos hace crecer y madurar. Pero puede ser una trampa, que es lo que anuncia Jesús al final del Evangelio, que algunos que creen ver, no vean, y que los que están ciegos y reconozcan a Jesús como SANADOR, sean salvados.
    Gracias y “felices “desiertos”… Montse

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