ROMPISTE MIS CADENAS

cadenas-rotasQueridísima Mara: Acabo de leer un libro que me ha conmovido gratamente, y que, a la vez, te recomiendo con interés. Es de Ángela Volpini. Lleva por título: La cualidad humana. El deseo la posibilidad infinita: Un cristianismo para el futuro, de la Editorial: Paso de Barca. En la lectura sobresale la figura de María. El impacto de una aparición personal de la Virgen, a la temprana edad de siete años, que determinó para siempre la fe y la espiritualidad de la autora. Pero, lo fundamental del libro, no son los detalles de la aparición, sino unas reflexiones sobre María que tocan de lleno nuestra propia humanidad, como posibilidad de ser llevada a plenitud. Enfocado así, hace que aparezca una abierta mentalidad, una psique  saludable por parte de la autora.

Este libro me ha hecho pensar en mi experiencia personal de encuentro con la Virgen, que también marcó definitivamente mi relación con Ella. María fue vivida y sentida en mí como suavidad y ternura, alivio en mi noche oscura. Es recuerdo lejano en el tiempo, de una historia de purificación estremecedora, en los comienzos y largo proceso de mi vida religiosa.

Me acaeció cuando, tras un periodo prolongado de sufrimiento interior, y hallándome en un estado límite de angustia y aprieto, justo en la fiesta de la Inmaculada, yo ya no podía asumir más amargura, ni más angustia, ni más sufrimiento, porque mi pobre ser tocaba límite y me sentía morir.

Aquella mañana de la fiesta, asistí a laudes con la cara desfigurada, tras una noche de insomnio y malestar. Pensé que lo mejor era irme, salir de esa jaula en la que me sentía acorralada y devastada, salir de ella y salvar la vida. Porque mi estado era una envoltura de oscuridad, infierno y muerte. Recé los laudes con una pena enorme, el llanto contenido me asomaba en los ojos. Quedaba de manifiesto, ante toda la comunidad, el drama interior que estaba viviendo. Como te digo, hacía demasiado tiempo que me hallaba al límite de lo que humanamente se puede resistir. En mí ya no cabía más sufrimiento, ni tampoco podía permanecer por más tiempo en aquel horror infernal. La experiencia era de puro infierno, que, a los años, todavía me estremezco de cómo lo pude soportar. Es verdad que, gracias a todo ello, se rompieron los vínculos de lo maligno en mí, y pudo aflorar la humanidad nueva, liberada del caos y la violencia.

Como te decía, al finalizar el rezo de laudes, subí a mi celda. Allí, a solas con mi pena, me puse en oración. Entonces me eché sobre una manta, de bruces al suelo, y comencé a llorar con una convulsión irrefrenable. Volqué ante la Virgen todo el padecimiento que llevaba contenido dentro de mí. Fue como vomitar ante Ella toda la ponzoña que me envenenaba. Y le suplicaba que, por un instante, por un breve momento, me acogiera y me hiciera sentir la verdad de hija querida y amada, porque necesitaba su amparo y consuelo de madre.

Seguí llorando de manera convulsiva e incontenible, con una angustia mortal, hasta que, poco a poco y de manera casi imperceptible, algo se produjo dentro de mí. Cesado el llanto, habiéndome quedado como extenuada y rendida ante Dios, fui sintiendo una sensación de suavidad interior que me envolvía completamente, a la vez que, un consuelo muy tierno y dulce iba surgiendo desde dentro. Así, suave y lentamente, me fui serenando. Hasta que, percibiendo esa realidad asombrosa que me abrazaba, me senté en el suelo como estaba, arropada en la manta apoyada en la pared, y fui tomando conciencia de lo que me sucedía.

Yo me iba maravillando de aquella suavidad y ternura que me había tomado enteramente el ser. Era tan manifiesta y consoladora la realidad que experimentaba, que no me cabía duda alguna que estaba siendo asistida por una gracia especial de la Virgen. Mi oración había sido atendida por la compasión de la Madre, conmovida por mi enorme sufrimiento. Consideré que obraba como madre con entrañas de misericordia. Al fin, como hijos le fuimos entregados por Jesús, al pie de la cruz.

En aquella realidad que me sobrepasaba, no hubo presencia visible, no, solo una leve percepción de presencia interior, que todo acontecía sobriamente. Pero tuve la seguridad, en pura fe, de haber sido escuchada y atendida en mi necesidad y curada en mi dolencia, por la manera de ser y hacer de tan gran Madre. María, en el culmen de mi angustia, calmó mi dolor y me colmó de gozo con su dulzura amorosa. Ella aplacó el fuego y la furia de mis instintos primarios, con la suavidad y la ternura de cielo con que me envolvía. Porque, aquello que yo sentía no era de este suelo, sino hálito de cielo, de mujer nueva, redimida y celestial. Se hizo la paz dentro del conflicto, y cesó la guerra interior.

No pienses, Mara, que por eso creo que la Virgen es más divina que humana, ¡oh, no! Sencillamente, la aprecié como la llena de gracia en la plenitud de su vida en Dios. Pero, sé que también aquí en la tierra, Ella fue modelo de entrega a Dios, porque eligió amar sin medida, y esto la hizo humanamente divina y divinamente humana, así lo he comprendido después. Y a esto estamos llamados todos también. Lo que Dios realizó en María, quiere realizarlo en nosotros. En Ella se ha cumplido en plenitud la entrega a Dios. Polarizada por el Hijo, se nos muestra como mujer nueva, nueva humanidad.

Sigo. Tras la oración, yo me noté totalmente renovada. Había recuperado mi tono vital, con toda la alegría que me ha caracterizado siempre, y que había perdido totalmente, para desesperación mía. Yo vivía con la sensación de que se me había roto la personalidad, arrancada y despojada de mi propio ser, me vi perdida del todo. Me hallé impotente para reencontrarme con lo mejor de mí misma, quedando totalmente víctima de lo peor que hallaba en mí, y me horroricé. Entonces, aquel toque especial de suavidad y ternura, empezó a perdurar dentro de mí, y me infundían una armonía dichosa, de manera que, cuanto decía y hacía, iba todo con bondad y deleite, algo así como llevar el amor en el centro de la vida. Me percibía casi flotando en aquel estado de gracia que me asistía. Era como experimentar vida de cielo, es decir, lo que seremos cuando vivamos plenamente en Dios. Era una hermosura interior que deseaba retener dentro de mí, porque me hacía sentir muy dichosa. Me disponía para todo servicio con una afabilidad y generosidad exquisita, traía un gran contento, e incluso me sentía por dentro y por fuera bellamente armonizada, con una simpatía arrolladora. Así lo apreciaban también los demás, porque se hacía expansivo, contagioso. Lo que surge del amor es así, afable, deleitable, envolvente, pura calidad humana. Como dice Juan de la Cruz: “el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa”.

En fin, aquel estado amoroso, aquella seguridad de haber sido escuchada por la Virgen, hizo que yo me volviera a sentir en mi propio ser, recuperando la personalidad y la alegría, todo mejorado en mí. Obtuve fuerza también para retomar mi fiel perseverancia en el proceso vocacional que llevaba iniciado, y me dispuse a dejar que Dios siguiera realizando su obra liberadora y salvadora dentro de mí, porque todo se realiza dentro. Tomé ánimo para decir nuevamente sí al seguimiento de Jesús. Lo hice desde la alegría renovada y en la seguridad de que valía la pena pasar la noche oscura purificadora. Fui valiente, Mara, te lo aseguro. Era algo así como poner mi granito de arena a la obra que realizaba Dios. Expresarle mi más plena confianza en lo que hacía conmigo, aun sin entender muchas veces nada. Liberada de los aprietos interiores y de la angustia que me producían, me puse de nuevo disponible en las manos de Dios, para que obrara en mí como Dios.

¡Oh! Mara, ¡qué dije! Creo que Dios me tomó la palabra y, al paso de los días, fue como si el infierno me volviera a tragar, ¡Horror! Sufrí nuevamente lo indecible, y, una vez más, agonicé en mi angustia. La oración era nuevamente un lamento desesperado, aullaba dentro de mí cual lobo herido, y en un grito ahogado clamaba: “Dios mío ven en mi auxilio, Señor, date prisa en socorrerme”. Sin embargo, algo había cambiado en mi más profundo centro, porque yo me sentía otra persona, como renovada, segura de que algo se había liberado.

Tengo que señalar que, desde aquella experiencia sanadora, mantuve una seguridad. Tuve la intuición de que, a pesar del sufrimiento que me volvía a oprimir otra vez, y aunque nuevamente me hallaba metida en los infiernos de mi ser, yo observaba que, la cadena en la que me hallaba atada, se había abierto un eslabón, y, de alguna manera, algo se iba liberando de la ligadura que me retenía en el pavor de la negrura de los infiernos. Allá, muy a lo lejos, vislumbraba una tenue lucecita de esperanza, y a ella me agarraba. Mi fe se afianzaba en la seguridad de que Dios obraba como Dios, y yo sería librada. Sí, aquella lucecita imperceptible, me ponía cierta seguridad. La violencia, la rabia, la cólera ¿no habían perdido intensidad?, sí, todo era menos mordiente, porque había sido tocada por el Redentor. Él había roto mis cadenas.

Así, mi oración se tornaba más esperanzada, la actitud interior se iba abriendo a la posibilidad restauradora del ser, por parte de Dios, en mí. Me refugiaba en la Palabra, en ella hallaba recursos que me mantenían a flote en aquel desdichado naufragio, la Palabra fue mi agarradero salvador. Me venían a la mente frases de la Escritura que alentaban la seguridad de que, todo aquello, era obra purificadora y sanadora de Dios para mi bien. Tenía que perseverar y esperar contra toda esperanza. Tenía que fiarme de Dios, la confianza estaba siendo puesta a prueba.

La Biblia me ofreció imágenes y palabras que han permanecido siempre en la memoria, las sigo llevando guardadas en el corazón con emoción. Fueron estas: “La caña cascada no se quebrará, el pábilo vacilante no se apagará” (Is 42,3). “En la conversión y la calma está vuestra salvación, en la mesura y la confianza se encuentra vuestra fuerza” (Is 30,15). “Si no creéis, no comprenderéis” (Is 7,9). “El que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás, no es apto para el reino de los cielos” (Lc 9,62). “No se turbe vuestro corazón; creed en Dios, creed también en mí” (Jn 14,1). “No tengas miedo, pues yo estoy contigo; no temas, yo soy tu Dios. Yo te doy fuerzas, yo te ayudo, yo te sostengo” (Is 41,10). “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas” (Lc 21,19). Este clamor orante me fue medicinal y curativo a lo largo del recorrido por el desierto, todo iba y era vivido en fe oscura.

Y junto a la Biblia, el estudio y lectura de las obras de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, me fueron alimento y medicina también. Yo veía que toda mi noche quedaba bien iluminada en su doctrina. Oré con Teresa de Jesús, en sus escrito percibí su lucha interior y cómo Dios la fue liberando de sus ataduras, que años le costó también, con no pocos sufrimientos, y de ella aprendía la “determinada determinación de no parar hasta el fin”. Recité las poesías de Juan de la Cruz, y canté con esperanza el encanto del Cántico Espiritual, como remanso y deleite de paz. Todo era vivido y sentido en fe oscura y esperanza confiada. Solo años después he sabido y gozado la “dichosa ventura” que surge de la noche oscura.

¿Qué me hizo soportar, cómo pude resistir aquella prueba desmesurada, aquel horror tan brutalmente infernal? Lo digo con magnánima seguridad: mantuve la confianza y una fe sin fisuras en Jesús, el Resucitado. Sí, Mara, la fe en Cristo Jesús, sacó de mí fuerza y valor, seguridad y aguante para soportar el sufrimiento. Apuré la copa hasta el fin, y la muerte me tragó. Pero mantuve la certeza de que, la vida y no la muerte, tendrían la última palabra. Y Cristo me devolvió el ser, el Resucitado me resucitó, e hizo que brotara de mí la vida liberada. Con el salmista podía cantar: “Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa” (Sal 29). Desde entonces, me siento marcada por el Resucitado, como quien se siente definitivamente resucitada. Supe aguantar, pero sé también que todo fue gracia, y una gracia muy especial, porque sé que no todos pueden con ello. Fue obra de Dios, de esto estoy segura. En aquella prueba, entendí lo que es la Redención que Cristo Jesús ha realizado en toda la humanidad. En la bajada a los infiernos de mi ser, se realizó el rescate del Crucificado-Resucitado. Esto es la redención, revestirnos de sol, quedar iluminados con la luz del Resucitado. Lo que hizo en mí, lo ha hecho con la humanidad. Jesús bajó a mis infiernos, tomó mi barro y lo redimió, hizo brotar la carne sana y la mente clara, me hizo mujer nueva, me hermoseó por dentro y por fuera y me colocó en el Jardín de la Redención, que es mucho más amplio y deleitable que el jardín de la Creación. La redención nos ha devuelto el paraíso, el que nosotros debemos construir. Hoy puedo afirmar segura: “Tenía fe, aun cuando dije: ¡Qué desgraciado soy!/Rompiste mis cadenas” (Sal 116). “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado”.

Es de justicia que añada unas palabras sobre mi comunidad, por la preciosa ayuda que me ofreció, principalmente mi maestra y mi priora. Ellas supieron comprender y valorar el proceso que iba viviendo. No se acobardaron ante la amarga realidad que mostraba atravesar. Creyeron en mí y en la obra que Dios iba realizando. Se fiaron, me sostuvieron como dos muletas en no pocas ocasiones, y alentaron siempre la andadura vocacional iniciada. Me valoraron y me animaron a poner toda la confianza en Dios y a esperarlo todo de Él. En su comprensión y en todo el amor que me mostraron, pude atravesar aquel desierto descomunal y hostil. ¡Qué agradecida estoy a Dios por ellas! Agradecida también por todas las personas que Él ha ido poniendo a mi lado desde mi infancia. A lo largo de la vida, todas ellas me ayudaron y apoyaron, ellas fueron como ángeles de Dios, que me guiaban con amor y comprensión en el largo peregrinaje de la fe. Nunca dejo de dar gracias a Dios por ellas.

Como comprenderás, querida Mara, podría seguir relatando el proceso de aquella roedora purificación que me agotó física y psíquicamente. Ahora, al cabo de los años, y cuando lo contemplo todo desde el señorío y la paz interior, puedo cantar con alegría: “Oh, dichosa ventura, salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada”. Hoy, gracias a Dios, me siento una mujer realizada y feliz, gozando una vida para el Evangelio, junto a mis hermanas, y acompañada por todas ellas. Ahora, más que nunca, creo en la fuerza sanadora, salvadora y libertadora del misterio Pascual. ¡Grandes es el misterio de la fe!

Y con todo, el intento no era solo contar mi historia de purificación y transformación, sino resaltar también la figura de María y la eficaz ayuda que me ofreció. Porque, a partir de aquella experiencia, creció el amor hacia Ella y el asombro de lo que Dios quiere obrar en nosotros, si al igual que María, le dejamos. Y dejarse hacer por Dios, es asumir también la horrenda noche oscura. Algo que, decididamente, creo que no todas las personas pueden con ello, es como un misterio, y hay que acoger lo inesperado e incomprensible del misterio.

Tengo la seguridad de que no son las excelsitudes de los dogmas lo que resulta admirable en María, sino lo puramente evangélico y lo llanamente humano, aquello en que reparó Dios, su adhesión a Él en fe y disponibilidad generosa. “Dichosa tú que has creído” (Lc 1,45), elogio hecho por su prima Isabel, que también comprendió lo que es importante para Dios. La fe de María queda expresada en su Fiat y el Magníficat, en la predilección por lo humilde, frente a la ostentosidad de los poderosos.

En el seno de María se dio el comienzo de lo nuevo, nueva humanidad, nueva vida, nueva libertad. Ella es la mujer en quien Dios vive complacido, sus entrañas han sido humanizadoras de Dios. En sus brazos de madre dio comienzo la actitud contemplativa, en el asombro de un misterio que la excedía. Lo Nuevo se realizó en Ella, y como nueva creación ha llevado a plenitud su humanidad, insisto, posibilidad que Dios nos ofrece a todos. Ella es y nos muestra todo lo que estamos llamados a ser, porque, como en María, Dios quiere vivir complacido en todas sus criaturas.

Y lo dejo aquí, querida Mara, porque pienso que cuando escribo largo, la lectura va resultando cansina ¿verdad? Sabes que te quiero mucho ¡Con excelsitud mariana! Felizmente tuya.  Nura     (Anna Seguí, ocd)

 

Anuncios

6 thoughts on “ROMPISTE MIS CADENAS

  1. pedroparicioaucejo 18 mayo, 2017 / 12:09 pm

    ¡Gracias y, enhorabuena, Anna! Me ha gustado muchísimo. Pero, recuerda: “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

    _________________________________

    Le gusta a 1 persona

    • Anónimo 24 mayo, 2017 / 6:59 pm

      Anna ( aina) m’encanten es teus escrits, ses teves reflexions , m’animes en aquest abandó amb Deu i amb Maria sa Nosta Mare Maria, deman Deu que mantingui dins teu la flama del seu AMOR. Una abraçada t’estim molt

      Me gusta

      • Anna Seguí ocd 24 mayo, 2017 / 9:45 pm

        Gracias a ti por el amor que me muestras, en tu oración confío también.

        Me gusta

  2. Paola 18 mayo, 2017 / 3:37 pm

    Mara villoso testimonio de la doctrina de San Juan de la Cruz

    Me gusta

  3. MARÍA 18 mayo, 2017 / 5:19 pm

    Es impactante, Anna. Pero sobre todo muestras una evidencia de fe: no hay que temer las tempestades de la vida, porque en el “aguante” confiado está la victoria.

    Y llegará la calma como dulce claridad de amor de Dios (en tu caso, por María)

    Me gusta

    • Anna Seguí ocd 18 mayo, 2017 / 6:23 pm

      Y llegó la calma. Hay que contar con momentos penosos, pero no desestabilizan la paz interior. El Resucitado nos afianza en Él.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s