DEL MAL EN LA BIBLIA

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Del mal en la Biblia

Queridísima Mara: Me preguntas sobre el mal en la Biblia, cómo lo entiendo, por qué Dios muestra sentimientos de cólera exterminando pueblos y personas. Te lo voy a explicar de forma muy sencilla, no como una experta en materia bíblica, que no lo soy, pero sí como una escrutadora enamorada de la Palabra. Por tanto, lo que te escribo, va dicho como quien vive, lee y ora la Palabra desde la relación personal con quien me ama y me vive: Jesús, el Intérprete de Dios. Todo lo recibo de Él como gracia regalada y sin merecerlo. “Nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,25).

Me preguntas 

De entrada, decirte que el mal no es un tema fácil de afrontar, es una realidad que nos supera, ante lo cual no hay explicación satisfactoria ni conclusiva. El mal existe y lo sufrimos, y nunca queda explicado. Me preguntas: ¿Ha creado Dios el mal? En esto soy radical afirmando que Dios Amor no es autor del mal. El amor desconoce el mal, y el amor, al ser más fuerte que el mal, lo vence y evapora. Ante Dios el mal ha muerto, Cristo lo ha vencido, y con Él ha devenido la vida nueva del amor. Y con todo, seguimos siendo víctimas del mal, padeciéndolo, y lo peor, ¡realizándolo!

Entonces me insistes: ¿qué explicación tiene la realidad de mal que leemos en la Biblia, que vemos y sufrimos en el mundo? Nadie tiene respuesta plena para responder a ello, y buscamos salir airosos del tema limitándonos a dejarlo envuelto en el ente del enigma, que se nos abre abismal e insondable por desconocido. Todo aquello que supera la capacidad de comprensión del ser humano nos deja perplejos, y de alguna manera nos hace tocar límite, no nos queda sino acoger con humildad lo desconcertante. La ciencia realiza su trabajo de investigación, ha logrado desvelar realidades ocultas que ha puesto a la luz del día para servicio y progreso de la humanidad. La vocación de la ciencia es conocer lo oculto, develar lo encubierto, es reto y tarea, es encargo de Dios para bien de todos. Y así logramos hacer un mundo mejor, más agradablemente vivible. Pero el saber del hombre es limitado, y esto nos pone en humildad, en exigida tarea de búsqueda y discernimiento también. Cumplir la misión de más saber y conocer, comprender y avanzar, es tarea nuestra. Adquirir conocimiento bíblico es responsabilidad personal de cada uno y de toda la Iglesia sin excepción. El Espíritu Santo nos inspira a todos, a quien quiere y como quiere.

Proyecto de felicidad 

En la Biblia nos hallamos con que Dios tiene un proyecto de amor y salvación para toda la humanidad. Un proyecto de bondad y belleza, de libertad y santidad. El deseo de Dios es de felicidad para la criatura humana, expresada en la armonía dichosa en el jardín de la amistad relacional, donde fluye el amor del Creador con su criatura. Es nuestra responsable tarea hacer que en este mundo resplandezca el amor de Dios, la dichosa felicidad y libertad, la justicia y la paz para todos. Lo decisivo es el bien, no el mal, y el amor produce la justicia que Dios quiere. El mal no tendrá la última palabra, sino el bien y el amor.

Dios es amor 

La Escritura afirma que Dios en sí mismo es solo amor: “Dios es amor” (1Jn 4,8), y el amor no conoce ni le cabe nada negativo. Dios es el “Padre de las misericordias y Dios de toda consolación” (2Co 1,3).  Dios es el hacedor del amor y en Dios solo hay amor. Ante Dios el mal se evapora. Él no es un Dios de condenación ni de cólera, sino de bondad y vida en el amor, un Dios recreador de su obra hecha de ternura y perfecta armonía, “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Cuando la Biblia expresa la cólera de Dios, cuando aparece destruyendo hombres y pueblos, en realidad, sucede que el hombre de Dios, es decir, el teólogo, al ver el mal que se desata en la humanidad y querer explicarlo, lo hace expresando la repugnancia que a Dios le causa dicho mal. El recurso del que se sirve el profeta o el escriba es totalmente humano. Por ello, presenta a Dios con sentimientos humanos, con arrebatos de cólera propios del hombre mismo; es decir, como Dios sobrepasa el entendimiento y comprensión del escriba, este le pone mente humana, sentimiento y proceder humanos, de alguna manera lo humaniza. Y es que, el teólogo, al querer explicar la reacción de Dios frente al mal, no halla otra manera para decir las cosas y  darse a entender, que usar términos humanos. En definitiva, lo que quiere decir el escriba teólogo es que a Dios le disgusta el mal y lo condena. Y con todo, no lo entendemos. Al fin, todo queda dentro del asombro e ininteligible balbuceo de lo inexplicable, nos esforzamos por apalabrarlo, pero resulta confuso, nos supera.

Amor que salva 

Otra vez me preguntas: Entonces, ¿condena Dios a los hombres malos para siempre? Creo, querida Mara, que nadie puede atreverse a afirmar que Dios condena definitivamente al hombre-mujer. Tengo para mí que Dios siempre ofrece una posibilidad salvadora para que nadie se pierda para siempre. La actitud de Dios es como la del Padre del hijo pródigo, acogida incondicional y festiva. Pienso que Dios no condena a la criatura en sí misma, sino aquella realidad que le domina y le daña y que denominamos como el mal; una realidad que le subyuga desde dentro, le excede y le hace realizar incluso lo que no quiere. En ello percibo que Dios lo que condena es este mal, que asoma como una presencia que se impone, obstaculizando nuestro ser humanos, induciéndonos a obrar malévolamente. Y esto es justamente lo que Dios no quiere y reprueba. Dios condena este misterio del mal que nos acosa, buscando obstinadamente salvar la persona, su criatura amada. El Amor no puede más que amar y salvar, este es el hacer amoroso de nuestro Dios, el Dios de toda la humanidad y creación entera.

Balbuceos

Porque Dios excede la mente del hombre y no es explicable, sucede que la criatura humana utiliza las imágenes de las que nosotros mismos nos valemos cuando nos hallamos ante el mal, lo luchamos, lo queremos destruir, nos irrita que, debilitando nuestra voluntad, nos pueda. El ser humano mata si es menester para salvarse de lo malo y de los malos. Y tal vez ello sea porque nosotros todavía no alcanzamos a ver que, lo malo no es el hombre en sí mismo, sino esa realidad que le posee y le hace obrar allende su propio deseo. Viene a ser lo que llamamos posesión diabólica. Y lo formulamos así, porque son las imágenes que tenemos a mano y recurrimos a ellas para explicarnos. Pero solo logramos balbuceos, decires torpes y poco inteligibles.

Hijos y amigos de Dios 

Sin embargo, vislumbramos que Dios siempre quiere dar una oportunidad a sus criaturas, siempre nos brinda su salvación, desea volvernos a la realidad originaria que es Él mismo. Es deseo de Dios que las personas sepamos distinguir el bien del mal, y nos definamos comprometidamente por obrar el bien que Él quiere, “amad al Señor vuestro Dios, obedecedle y sedle fieles, porque de ello depende vuestra vida” (Dt 30,20). Vivir la vida en el amor es cumplir el deseo creacional de Dios. Toda la Biblia está preñada de historia salvadora. Ser creyentes y oyentes de la Palabra es anhelar andar en verdad, encaminar nuestros pasos por las sendas que llevan a Dios, recrearnos en el plan misericordioso y amoroso, salvador y sanador de Dios, que se realiza plenamente en Jesús. Somos amigos de Dios, y más, somos hijos amados, liberados del mal, lo ha hecho Jesús por todos, no “por muchos”, ¡por todos!, en su redención. Tal vez el mal se acrecienta porque le hacemos más caso que al propio bien. Si viviéramos pendientes del amor y no tuviéramos otro cuidado que vivir una vida para el Evangelio, el mal desaparecería o tendría menos fuerza, quedaría vencido por el amor que somos capaces de aportar.

Todo está dentro 

En todo el relato bíblico advertimos que el ser humano es un ser dañado, que cada uno halla en sí el mal, y esto es lo que desencadena la injusticia en el mundo. Hombres y mujeres que olvidan la bondad, la imagen y semejanza de Dios que llevamos dentro de nosotros. Pendientes del mal, acabamos seducidos y dominados por él. Y el mal desfigura nuestro rostro de hijos de Dios, quiebra nuestra libertad y nos encadena, atando la libertad de los demás, frustrando el plan amador y salvador de Dios. Y Dios, ante esa realidad, lo que quiere es salvar a la humanidad, pide la conversión, el cambio del corazón, que eliminemos el mal a fuerza de bien, que entremos en su dinámica transformadora, permitiendo ser embellecidos por dentro y por fuera, “Volveos a mí de todo corazón/Porque el Señor es tierno y compasivo, paciente y todo amor” (Jl 2,12). El bien comienza dentro y todo está dentro, Dios mismo está dentro viviéndonos. Si miráramos todo con los ojos de Dios, veríamos el resplandor de todas las cosas buenas y bellas que están dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Ver con sus ojos es verlo todo bueno y bello, hacerlo todo alegremente vivible.

El amor más fuerte que el mal 

El furor de Dios, la cólera y destrucción que se lee en la Biblia, es una imagen del sentimiento humano, que quiere expresar la repugnancia que, Dios todo amor, siente ante el mal. Dios es solo y todo amor. Podemos atrevernos a mirar el mal que envuelve nuestro momento histórico, e intuir que todo lo que acontece, no lo solucionarán los pactos políticos, ni creando sistemas de seguridad. Este mal solo se irá por la fe, la oración y el amor. El mal endémico al que asistimos y nos victima, desaparecerá cuando el asomo del amor sea real en cada uno de nosotros, cuando el amor muestre que es más fuerte que el mal y la muerte. Ningún poder tiene el mal sobre el bien, el amor vence todos los odios y hace florecer el jardín de la felicidad que Dios nos ha regalado y la redención en la que Cristo nos ha introducido. Sí, lo afirmo: cuando la humanidad tome conciencia de que solo haciendo brotar el amor de las fuentes de la salvación, venceremos el mal, el mundo se pacificará y resplandecerá el buen y bien vivir en el amor. Así sucede en la historia bíblica, cuando el pueblo de Dios se aleja de Él, todo le va mal, cuando vuelve su corazón a Dios, todo se armoniza, se crea la paz y la prosperidad. El amor pone mirada nueva, hace buenas todas las cosas, las ve como posibilidad sanadora y salvadora. La enfermedad, las catástrofes naturales, los odios y las peleas, todo pierde mordiente ante el amor que lo hace todo bueno y bello. El amor permite morir con la segura alegría de vivir, el amor lleva a la vida porque es vida.

Conclusión 

No me alargo más Mara, espero que hayas captado la idea. Yo no soporto los estudiosos bíblicos que a veces hablan del Dios de la Ley como un Dios negativo y vengativo. El Dios del Antiguo Testamento es el Dios de las misericordias, el Padre de Jesús, nuestro Padre, no hay otro Dios. Es el hombre quien utiliza mal la ley del amor. La Ley de Moisés no es una ley dura, sino un primer ensayo pedagógico de Dios, dando a la humanidad un código que haga más humana la existencia. Dios es amor salvador y libertador, nada más. Los sentimientos de condena son nuestros, a causa de nuestro mal personal y social. En Dios, todo va por la vía del amor. El amor por sí mismo es la negación del mal. Matar hombres y exterminar pueblos, es un símbolo que expresa el deseo de eliminar el mal que hay en los hombres y pueblos, pero no a la persona en sí misma, sino el mal que hay en ella. Dios como Padre nos rescata siempre, lo ha hecho Jesús, mostrándonos cómo vivir evangélicamente, y con su muerte-resurrección nos ha salvado a todos. Esta es nuestra esperanza y gozo. Jesús expresa y lleva a plenitud todo el querer salvador de Dios.

En resumen: lee la Palabra con alma enamorada, con mirada limpia, con espíritu de bienaventuranza. El Espíritu Santo irá abriendo tu amor y comprensión hasta el asombro de una alegría serena y confianza plena.

Con amor y comunión. Tuya siempre.  Nura      (Anna Seguí, ocd)

 

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