CREER EN DIOS

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Creer en Dios ¿no es acaso vivir junto a las fuentes de agua viva? Nuestro ser tiene sed de Dios y solo el amor colma y calma las ansias de felicidad que bullen en nosotros, “Mi alma está sedienta de Ti, mi carne tiene ansia de Ti” (Sal 62). El amor de Dios se nos manifiesta dentro, porque no estamos huecos. Dios mismo nos vive y vivifica desde dentro dándonos el hálito de su Espíritu. Y este amor que nos posee se encarna, se hace real y humano en la experiencia relacional y amorosa con los demás.

El amor quiere ser comunicado, y solo en lo relacional se origina la experiencia afectiva y efectiva del tú a tú amoroso, fraterno, amigable con el otro, “es posible en este destierro comunicarse un tan gran Dios con unos gusanos tan llenos de mal olor; y amar una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa” (1M 1, 3). El amor siempre nace de Dios, su Espíritu lo trabaja en nosotros para obrarlo eficazmente, “¡Oh precioso amor, que va imitando al capitán del amor, Jesús, nuestro bien!” (C 6,9).

Dios quiere que en nuestra vida vaya todo en amor. Y para que el amor esté siempre ardiendo, generando vida en el amor, hemos de reconocer primero que somos amados por Dios y que su Espíritu es regalador de amor. Saber que su deseo es que seamos amados por un tú compartido en experiencia de amor humano, porque nada nos hace tan humanos como el amor, y así lo humano es lo santo. Cuando notamos la ausencia del amor nos volvemos mendigos, reclamando y hambreando amor, con el peligro de no recalar en la experiencia alegre y profunda del amor pleno. “Sí, que tanto puede crecer el amor y deseo de Dios, que no lo pueda sufrir el sujeto natural” (C 19,8).

El ser humano no se sacia con migajas, su manjar delicioso y auténtico alimento es el amor, que nos da fuerza y robustez para afrontar la existencia y construirla con humanidad. Pero también hay que hacerse amante para hallar el tú del otro compartiendo el amor. El amor es un reclamo a ser compartido, hallar el tú que necesitamos, y juntos, crear vida en el amor. Seguir creando el paraíso de la felicidad que solo el amor posibilita y hace eficaz. Jesús, con su muerte y resurrección nos volvió al paraíso. Nuestro trabajo de jardineros es cuidar que el amor haga florecer el jardín de la felicidad querida por Dios. “Ande la verdad en vuestros corazones, como ha de andar por la meditación, y veréis claro el amor que somos obligadas a tener a los prójimos” (C 20,4).

Ser Eucaristía es ofrecer y servir el pan del amor que somos por gracia de Dios, para que el mundo viva. Todo cristiano adherido a Jesucristo es un ser eucarístico, somos hacedores de eucaristía cuando compartimos el amor. El amor todo lo hace florecer y resplandecer.

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