FUEGO DE NOTRE-DAME

Incendio en la catedral de Notre Dame de París

Queridísima Mara: En mi oración del Viernes Santo, me limité a estar en silencio ante Dios, contemplando el misterio del amor y el dolor, el sufrimiento y la cruz, la muerte al fin.

Hace tan solo un momento, el mundo entero ha contemplado con horror y pena, el incendio de Notre-Dame, y todos nos hemos conmovido ante la posible pérdida del magnífico patrimonio de la humanidad que supone la histórica catedral de París. A Dios gracias, tras las impactantes llamas que sobresalían devoradoras del gran templo, hemos respirado aliviados al ver con asombro que, en su interior, casi todo quedó intacto.

De la desolación y penumbra, sobresalía la cruz luminosa y la imagen de la Piedad a sus pies, (piedad de Dios). He sentido algo así como una conmoción interior, como si en el fondo mismo de los infiernos del horror y la muerte, el misterio de Dios permanece inconmovible, vivo y vivificador. Nada se pierde. Mientras todo queda crucificado, el corazón de Dios -en la figura magnánima y sufriente de María-, sostiene el cuerpo muerto del Hijo, (porque Dios tiene corazón de mujer). Y en este cuerpo crucificado y muerto, toda la humanidad y toda la creación, queda sostenida en los brazos de la Madre y en Dios que todo lo resucita. El misterio de la vida y la muerte, del sufrimiento y de las víctimas, sale resucitado tras el pavor de las llamas que todo lo quieren devorar. Del fuego que nos ha aturdido por su voracidad, ha surgido de nuevo una esperanza viva y transfiguradora.

cruz-piedad

La destrucción y la muerte no tienen la última palabra, ni su imagen es irreversible. Dios- Amor, Cristo el crucificado-resucitado, abren el espacio de la esperanza a la vida definitiva. Tras la penumbra -y de ella misma-, la luz ha brillado de nuevo y nos ha devuelto la alegría. Notre-Dame será reconstruida, sí, y nos alegramos de todo corazón por esta buena noticia, tesoro de Francia, que nos ofrece y regala a todos.

Pero también nos interpelamos por ser menos sensibles ante la tragedia humana que asola a tantos miles de personas viviendo en la precariedad de lo desastrosamente inhumano. Por el horror de quienes mueren en el mar, cuando intentaban alcanzar una vida mejor. Por los que se hallan frente los muros de las fronteras cerradas, atrapados como en una cárcel que impide su libertad de ciudadanos del mundo. Por el hambre que mata, por la enfermedad que no se cura a causa de la falta de recursos en los países pobres, mientras se tira la comida y caducan los medicamentos en los países ricos. Y todo esto ya no nos inquieta ni nos hace llorar. Cristo en la cruz mira este dolor y abandono, Él lo redime con su muerte y resurrección. Pero el trabajo redentor, lo pone en nuestras manos y forma parte de nuestra responsabilidad humana-cristiana.

El fuego de Notre-Dame tiene que sacudir nuestra conciencia para renacer del rescoldo de las brasas ardientes, purificados y redivivos. Todos hemos de sabernos rescatados de la muerte y miseria, del pecado que produce nuestra indiferencia y maldad. Todos hemos de hacer mucho más para que el mundo sea hogar de felicidad para todos. Si hay dinero para reconstruir Notre-Dame, también tiene que haber dinero para dar pan al hambriento, vestido al desnudo, medicina al enfermo y casa al sin techo. La mejor catedral a construir es la que acoge al pobre y necesitado que llama a nuestra puerta y permanece cerrada. Construir una catedral que sea hogar para todos. Tengamos un corazón compasivo como el de Dios.

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¿Nos podemos llamar cristianos de verdad, si nuestros países levantan muros de impedimentos para acoger a los demás? La historia que hemos construido a lo largo de los siglos, es una historia de avasallamientos, sometimiento y expolios, muerte y robos, apropiándonos de lo que no era nuestro. Y hemos establecido la paz sobre los falsos cimientos del control y dominio, pensando que todo está hecho y asegurado. Pero nos olvidamos de que la imparable evolución todo lo altera y cambia. Y es esta una época convulsa, de mutaciones profundas que harán nacer nuevos paradigmas. Comienza tal vez una cultura para la ternura.

Algo está muriendo en nuestro mundo, pero la misericordia de Dios no se termina. Él nos regala aquella segura esperanza que sabe ver renacer un brote nuevo e incipiente de algo maravilloso naciendo ya. Tal vez, ¡por fin!, surja una mentalidad más humana que ya no quiera resolver las cosas con agresión y armas, con violencia y muerte, sino con más amor y comprensión. Depongamos las armas sin temor, porque ninguna nación debe ser una amenaza para otra nación. Que no son los poderosos los que han de decir cómo ha de ser la humanidad que Dios quiere, sino las gentes humildes de los pueblos y ciudades, que harán oír su voz, proponiendo modos y maneras más humanitarias. Como una nueva democracia nacida de la libertad conquistada y la paz lograda. No en manos de mandatarios, sino de servidores generosos. Un mundo más sencillo, humilde y fraterno que reparta sus bienes equitativamente.

Que las religiones se despojen de sus autoritarismos y, apartando diferencias, nos unamos todos para que, de la fuente de nuestro mensaje, más que cultos con sus ritos y rituales, nazca un proyecto de vida común, trabajando juntos y unidos, más allá de las diferencias, para una realidad nueva, que nos sienta a todos en una misma mesa, comiendo un mismo pan. Aquí y ahora nuestros esfuerzos y nuestros dineros, nuestra generosidad y nuestro amor. Sea esta nuestra más auténtica Eucaristía: la que nos hace pan partido y repartido.

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Este Viernes Santo, querida Mara, con inmensa pena, contemplé a Cristo crucificado con cuerpo de mujer quemada, agonizando durante cinco días en un hospital de Blangadesh. Nusrat Jahan Rafi, con gesto profético, denunciando los abusos de violación, a ella y tantas mujeres injustamente tratadas. Su muerte, ciertamente será redentora, no lo dudo, porque la muerte de uno, salva a todos. Y en estos momentos, también la horrible noticia de los atentados en Sri Lanka, contra iglesias cristianas y hoteles. Una tristeza honda por las muertes inocentes y el inconsolable dolor de los afectados. De lo hondo del corazón, surge un clamor orante por la libertad y buena convivencia con todos los seres humanos que amamos la paz. Deseo que la Pascua que nos alegra, nos haga testigos valerosos y auténticos del amor que Dios nos invita a vivir, y la justicia se implante en la tierra para toda la humanidad. Con amor y comunión.   Nura  (Anna Seguí, ocd)

 

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