OBEDIENCIA EN LUCAS

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                                                                                                            (Anna Seguí Martí, ocd)

Dios dispone y todo le obedece. Todo depende de una obediencia. 

Hablar de la obediencia en el evangelio de Lucas, me lleva a retomar la obediencia primera, aquella a la que los seres humanos estamos llamados. Porque, en el principio, hay un proyecto de amor y de amistad por parte de Dios. Por parte del hombre hay una acogida y  una obediencia libre a dicho proyecto. Obediencia como un Sí a Dios y a su plan, que siempre es de amor y misericordia. Obediencia a una vida en el amor, como realización de vida en crecimiento y llamada a la plenitud. Si se frustró la primera obediencia, Dios no se desdice de su plan amoroso para el ser humano, de plenitud y felicidad. Dios siempre nos ofrece oportunidades, cuando le cerramos la puerta, Dios se empeña en abrirnos otra. Él es el gran ofertón, dársenos Dios es todo nuestro bien.

Abiertos a Dios

Todo lo que Dios quiere, ofrece y desea para sus hijos e hijas queridos, es algo que no puede quedar cerrado, apresado, ni fijado para siempre. Es decir, todo lo que entendemos de Dios en un momento concreto de la historia, siempre es menester que quede abierto, porque, al paso del tiempo, lo que hoy comprendemos, será visto, entendido, comprendido y ampliado, en otro momento de la historia más evolucionado. Porque el ser humano está en permanente apertura, hondura y transformación. Es decir, las personas humanas estamos proyectadas hacia más ver y entender, adquirir mayor comprensión para recibir el plan de Dios en nosotros, siempre con más amplitud, a fin de devenir más humanos también. Dios siempre se está dando, nosotros debemos permanecer abiertos a recibir todo lo que nos va regalando de sí mismo.

Nuestra obediencia al proyecto de Dios, que se nos ha dado en Jesús, es obra y gracia del Espíritu Santo. Obra y gracia que, a la vez, queda condicionada y limitada por este mismo momento histórico, pero abierto a la posibilidad de que, al transcurrir del tiempo, lo que hoy se percibe, se vislumbra y se entiende, se pueda ver, vislumbrar y entender con nueva y más dilatada luz y amplia visión, como “gracia tras gracia”. Siempre hemos de partir del hecho de que somos limitados y la verdad plena la posee solo Dios, nosotros vemos siempre parcialmente, y esto nos hace constatar que somos frágiles y que nos necesitamos unos a otros. Pero también, estas realidades de nuestras limitaciones las hemos de aceptar con alegría, con paz, como quien siempre vive recibiendo bienes de Dios, como fuente que siempre mana agua fresca y nueva.

En el comienzo, una llamada

En el comienzo de la historia de la fe, hay una llamada y una actitud pronta de obediencia, la de Abram: “Sal de tu tierra a la tierra que yo te daré” (Gn 12), es la obediencia de un hombre de fe, el padre de la fe. Dios habla, Abram obedece. Su vida queda cogida y comprometida, su actitud básica es la confianza en Dios, y su fe en Él le adentra en la amistad con Dios. Abram será para siempre el primer peregrino de la fe en camino.

Otro hombre: Moisés, él está en el origen de otro acontecimiento fundante: el Éxodo. Para Moisés, también comienza todo con una obediencia: Aceptar ser el enviado para ejecutar un plan de salvación y liberación: “Bien visto tengo la aflicción de mi pueblo/, conozco sus sufrimientos, he bajado para librarle/ ve, yo te envío” (Ex 3,7). Moisés obedece, se pone en camino, y va donde sus hermanos. Dios todo lo funda en una actitud básica de confianza y obediencia. Dios se manifiesta como el Dios de Israel, y pide una correspondencia vinculante: “Si guardáis y obedecéis mi Alianza, seréis mi propiedad personal” (Ex 19). Todo está fundado en una obediencia y amistad relacional con Dios. Fiarse de Él, al fin. Y con todo, nada resultará fácil, la vida es un largo peregrinaje en el desierto hostil, hacer florecer el desierto, convertirlo en paraíso, es la tarea de ser seguidores de Jesús, de ser humanos.

Jesús, el gran obediente

La obediencia llega a su plenitud con Jesús: El es el Hijo amado, el escogido, el obediente, en quien Dios se complace: “Tú eres mi Hijo amado, a quien he elegido” (Lc 3,22). El Antiguo Testamento acaba con Juan Bautista, y Lucas nos presenta a Jesús como el Señor y centro de la historia y del tiempo: “La Ley y los profetas llegan hasta Juan; desde ahí comienza a anunciarse la Buena Nueva del Reino de Dios y todos están invitados insistentemente a entrar en él” (Lc 16,16). La figura de Jesús, su vida entera, es el eje central en la que iremos construyendo la historia de la fe. El Evangelio de Lucas nos presenta la alegría de Dios salvando a todos, hombres y mujeres. Un proyecto de misericordia salvadora, que se realiza en nuestro peregrinar y en los acontecimientos reales que nos suceden a lo largo de nuestra existencia. En nada está ausente Dios, aunque ante la realidad del mal no sepamos hallar una respuesta. Ahí se abre un misterio que, en ocasiones, tanto a nivel personal como social, las personas somos puestas a prueba, y la crisis se nos puede hacer insoportable.

La infancia

En el inicio del evangelio de Lucas, y siguiendo el rastro de la obediencia, hallamos en los dos primeros capítulos los acontecimientos de la infancia de Jesús. Lucas descorre el velo de estos hechos. El acontecimiento del nacimiento de Jesús queda ilustrado por cuatro cánticos:

1) El Magníficat, (1,46-55): la exultante y alegre obediencia de María.
2) El Benedictus, (1,68-79): obediencia de Zacarías.
3) El Canto del Gloria, (2,14), el gozoso y glorioso anuncio de los ángeles.
4) El Nunc dimittis, (2,29-32): obediencia hecha de espera paciente y confiada de Simeón.

Dentro de la trama de la historia humana, cuando es regida por la tiranía de los poderosos, avasallando a los pueblos (Herodes, rey de Judea; Cesar Augusto, emperador romano), Dios va realizando su plan de salvación, que nunca deja de cumplirse. Todo está orientado a una plenitud en Dios. Él pide obediencia, confianza más allá de los sucesos reales y materiales históricos. Porque, el hacer de Dios, transcurre imperceptiblemente dentro de estos mismos hechos, pero solo se ve con los ojos interiores de la fe, y se entiende, no tanto por la razón, cuanto por la confianza. 

Magníficat: “Dios ha puesto sus ojos en mí, su humilde esclava” (Lc 1,46-55). María es la mujer dócil y alegre, disponible para lo que el Señor quiera de ella, la joven del Fiat. Canta gozosa, maravillada y asombrada, por lo que Dios inesperadamente ha obrado en ella: “El Poderoso ha hecho obras grandes por mí”. Ella abre su ser entero a los planes divinos, cuerpo y alma, sus entrañas y su incondicional disposición a dejarse fecundar por la Palabra y el Espíritu. María es como una tierra bien labrada que dará frutos de misericordia. De sus entrañas brotará “el renuevo de Jesé”, Jesús, el Salvador. El Magníficat puede ser visto también como el canto de la Iglesia que se ha hecho, como María, obediente servidora del proyecto libertador de Dios para toda la humanidad: “Actuó con todo su poder: deshizo los planes de los orgullosos, derribó a los reyes de sus tronos y puso en alto a los humildes. Llenó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Ayudó al pueblo de Israel, su siervo, y no se olvidó de tratarlo con misericordia”. La Iglesia ve en María el modelo del creyente, una obediencia pronta y alegremente recorrida: “Se puso en camino con prisa” (Lc 1,79). No sin las dudas propias de nuestra frágil naturaleza: ¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre? El ángel le contestó: –El Espíritu Santo se posará sobre ti y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti como una nube. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios. También tu parienta Isabel, a pesar de ser anciana, va a tener un hijo; la que decían que no podía tener hijos está encinta desde hace seis meses. Para Dios no hay nada imposible. Entonces María dijo: –Soy la esclava del Señor. ¡Que Dios haga conmigo como me has dicho! María camina en pura fe, fiada y obediente al Dios fiel que cumple sus promesas.

El Benedictus: (1,68-79). A Zacarías se le abre la boca en alabanza a Dios. Su asombro desemboca en una arrolladora proclamación: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas”. El hombre de fe reconoce la novedad que Dios está preparando para la humanidad. Lo esperado se acerca, está entre nosotros. Se cumple el tiempo y la liberación se vislumbra próxima para ser realidad en medio de nosotros: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. El amor, el perdón y la gracia resplandecerán en nuestra tierra. Simeón lo proclama, Juan lo señala, Jesús lo realiza.

El Gloria: (Lc 2,8-20). En el corazón de la noche, los pastores quedan iluminados por la alegría de los ángeles que les comunican la Buena Noticia: Hoy, en la ciudad de David os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor”. Las cosas grandes de Dios son anunciadas a los más pobres de la tierra, a aquellos que no son escuchados ni atendidos, unos pobres y marginados pastores: “¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres que gozan de su favor!” Cuando los ángeles se volvieron al cielo, los pastores comenzaron a decirse unos a otros: –Vamos, pues, a Belén, a ver lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado. Fueron corriendo y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo se pusieron a contar lo que el ángel les había dicho acerca del niño, y todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. María guardaba todo esto en su corazón, y lo tenía muy presente. Los pastores, por su parte, regresaron dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído”. Es así como la encarnación de Jesús se asienta en medio de la pobreza y se realiza en ella. Jesús está del lado de los pobres y pobre debe ser su Iglesia, sobria también en su liturgia. Porque, “El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc 9,58) y siempre vivió pobremente.

Nunc dimittis: (Lc 2,29-32). La alegría del justo Simeón es la propia de un creyente esperanzado que, en el atardecer de su vida, ve realizada su espera, y pide a Dios que le deje irse en paz: “Ahora, Señor, tu promesa está cumplida: ya puedes dejar que tu siervo muera en paz. Porque he visto la salvación que has comenzado a realizar ante los ojos de todas las naciones, la luz que alumbrará a los paganos y que será la honra de tu pueblo Israel”. Ya puede morir tranquilo el que, en obediente espera, ha mantenido encendida la llama de la confianza. Se siente consolado porque en Jesús, se ha acabado el tiempo de servidumbre y los pueblos caminarán atraídos por la luz del Salvador. En el pueblo de Dios -en la Iglesia-, ya no habrá señores, ni maestros, todos serán hermanos, todos llamados a servirnos mutuamente. Nadie por encima de nadie. Todos iguales en Dios. Nuestro distintivo es el amor fraterno.

Jesús crecía

Hay una obediencia natural: crecer, “el niño crecía y se hacía más fuerte y más sabio, y gozaba del favor de Dios” Lc 2,40). Crecer es dejar que la naturaleza siga su curso, obedeciendo la ley natural. Es en Nazaret, en la obediencia filial a sus padres y en el cumplimiento de la Ley, como buen judío, donde Jesús crece y se robustece: “Jesús seguía creciendo en cuerpo y mente, y gozaba del favor de Dios y de los hombres”  (Lc 2,52). En el proceso de crecimiento domina el silencio. Durante treinta años, Jesús permanece silenciado. Es el tiempo de la escucha interior, de la formación, para ser portador del mensaje salvador que Él mismo encarna. Silencio de Nazaret, mientras la acción de Dios discurre en el interior del hombre y en el corazón de la historia: “¿No sabías que yo debía estar ocupándome en las cosas de mi Padre? (Lc 2,49). Todo lo que se refiere al Padre es lo que Jesús atiende, escucha, integra, asimila como mensaje, misión y vida. El Reino de Dios anunciado por Jesús está igualmente sometido a la ley de un obediente crecimiento: comienza pequeño como un grano de mostaza hasta que “se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas” (Lc 13,18). Dios no violenta nada, la misma naturaleza sigue un curso riguroso de obediencia a la ley natural.

Referido al Padre 

Jesús vive siempre referido al Padre: Es bautizado por Juan el Bautista, y allí nos es presentado como “el Hijo amado” (Lc 3,22), el Espíritu Santo desciende sobre Ėl y lo unge para la misión que, como Mesías Hijo de Dios, llevará a cabo, obediente y fiel al Padre hasta la muerte. “Este es mi Hijo, mi elegido. Escuchadle.” (Lc  9,35). Escuchar es un acto de obediencia, poner el oído atento a la voz interior que nos habla. ¿Qué quiere Dios de mí? Jesús escucha siempre a su Padre amado, la misión es la voluntad del Padre. Justo antes de empezar la misión, se retira al desierto para prepararse. En el desierto es puesto a prueba.

Las tentaciones

Las tentaciones son el momento de la prueba y el combate mayor en el comienzo de su predicación. Ser tentado como hombre para salvar -venciendo al Maligno-, las tentaciones de todo ser humano. Jesús es golpeado en los centros neurálgicos de su ser humano: las ansias de poder, el dominio, la riqueza. Donde nosotros sucumbimos, Jesús vence. “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del río Jordán, y el Espíritu lo llevó al desierto. Allí estuvo cuarenta días, y el diablo le puso a prueba. No comió nada durante aquellos días, y después sintió hambre.  El diablo le dijo: –Si de veras eres Hijo de Dios, ordena a esta piedra que se convierta en pan. Jesús le contestó: –La Escritura dice: ‘No solo de pan vivirá el hombre.’ Luego el diablo lo llevó a un lugar alto, y mostrándole en un momento todos los países del mundo le dijo: –Yo te daré todo este poder y la grandeza de estos países, porque yo lo he recibido y se lo daré a quien quiera dárselo. Si te arrodillas y me adoras, todo será tuyo. Jesús le contestó: –La Escritura dice: ‘Adora al Señor tu Dios y sírvele solo a él. ‘Después el diablo lo llevó a la ciudad de Jerusalén, lo subió al alero del templo y le dijo: –Si de veras eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque la Escritura dice: ‘Dios mandará a sus ángeles para que cuiden de ti y te protejan. Te levantarán con sus manos para que no tropieces con piedra alguna.’ Jesús le contestó: –También dice la Escritura: ‘No pongas a prueba al Señor tu Dios. ‘Cuando ya el diablo no encontró otra forma de poner a prueba a Jesús, se alejó de él por algún tiempo”  (Lc 4,1-13). Como todo hombre, Jesús se siente tentado al hambre de pan, a la sed de gloria y de poder, al deseo de notoriedad. Pero a diferencia de nosotros, la tentación no le doblega. Obediente y fiel a Dios y a su proyecto, desbarata y vence al Tentador, suprimiendo su dominio, dando a Dios el lugar que le corresponde. Jesús es la gracia del tiempo nuevo, ya no hay que obedecer a la ley, sino al amor. Todo depende del amor. El evangelio de Jesús es la oferta de un don y la propuesta de una tarea. “El espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado para anunciar la Buena Nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos, a propagar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad” (Is 61,1-2).

Libremente obediente 

Obediente al proyecto libertador del Padre, Jesús, como buen judío, habría sido educado en la fidelidad a la Ley y en el conocimiento de las Escrituras. Pero, ante el sistema religioso de su momento, Jesús se muestra muy libre en relación a ciertas costumbres y creencias tradicionales. Jesús nos libera de la esclavitud de una determinada interpretación de la ley, de unas costumbres y normas que no son favorecedoras de la humana libertad de los hijos de Dios, porque se han vuelto absolutas, al margen de la única ley del amor, de la obediencia a Dios y del servicio a los hermanos. Para Jesús, lo que prima es el amor, el perdón y el servicio a los demás. Sanaciones, liberaciones, (Lc 5,5-34); Jesús sana en sábado, cura enfermos. Es el libertador.

Las Bienaventuranzas (Lc 6,20-23) expresan lo que es importante para Dios, la nueva forma de crear humanidad, personas bienaventuradas creadoras y portadoras de bien. Las Bienaventuranzas son la nueva personalidad de los seguidores de Jesús. Ni ritos, rituales, o ritualismos son necesarios, sino un corazón nuevo, enamorado de Dios y de los hermanos. El amor se muestra en el servicio generoso y libre. Jesús invita a los que le escuchan a hacer de la misericordia su principio de actuación, imitando el proceder de Dios: “Sed misericordiosos como lo es vuestro Padre” (Lc 6,36).

Amar significa hacer la vida amorosa, cariñosa, felizmente vivible. Amar significa hacerse disponible para las necesidades de las gentes, cuidarnos unos a otros: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22,27). Jesús es radical y llama a una obediencia clara: quiere que seamos misericordiosos como lo es el Padre. Amar a los enemigos, hacerles bien, bendecirlos, rezar por ellos, no juzgar, no condenar, perdonar, dar. Estamos llamados a parecernos a Dios, como hijos que somos: “El que es bueno, de la bondad que atesora el corazón saca el bien” (Lc 6,45). Estamos llamados a construir el edificio de nuestra vida y de la comunidad sobre el fundamento sólido de esta enseñanza de bondad y amor que Jesús nos muestra. “El hombre bueno dice cosas buenas porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas porque el mal está en su corazón. Pues de lo que rebosa su corazón, habla su boca” (Lc 6,46-49).

Ampliar los vínculos

Hemos visto que en María hallamos el modelo de mujer obediente. Que ella dejó entrar en su vida los planes de Dios y todo lo meditaba en su corazón. María acepta ampliar el círculo familiar con todos los que se adhieren al seguimiento del hijo: “La madre y los hermanos de Jesús acudieron a donde él estaba, pero no pudieron acercársele porque había mucha gente. Alguien avisó a Jesús: –Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte. Él contestó: –Los que oyen el mensaje de Dios y lo ponen en práctica, esos son mi madre y mis hermanos” (Lc 8,19-21). No es menosprecio hacia su madre y familiares, es ampliar los vínculos, crear una familia humana, unida por la Palabra y el Espíritu. Lo que distinguirá a los discípulos será la identificación con Jesús como comunidad que escucha el mensaje y lo pone por obra, obedecer la propuesta que Jesús ofrece. Es una gran apertura a toda la humanidad, una invitación a entusiasmar los corazones de las personas anhelantes por hacer el bien, aunque no sean de los nuestros: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, pero como no es de los nuestros se lo hemos prohibido. Jesús le contestó –No se lo prohibáis, porque el que no está contra nosotros está a nuestro favor” (Lc 9,49-50). En Jesús, la humanidad está llamada a vivir hermanada, sin mirar credos. Basta ser humano, saber ver en cada persona un hijo de Dios, un hermano nuestro. Jesús no es propiedad privada de los cristianos, es patrimonio de la humanidad. Él abarca toda la humanidad y la creación entera. Jesús es el hombre para los demás. Él bendice todo lo bueno, todo lo que es favorecedor de bien para las personas. 

Modelo de oración 

Jesús es modelo de oración, el Evangelio nos lo presenta retirándose para orar al Padre. “Jesús se retiraba a orar a lugares apartados”  (Lc 5,16; “Jesús se fue a un cerro a orar, y pasó toda la noche orando a Dios”  (Lc 6,12); “Un día estaba Jesús orando, él solo” (Lc 9,18). Jesús orante está lleno del Espíritu que lo consagra y lo guía. La oración es la acción vinculante al Padre, se dirige a Él con las palabras más amantes y confiadas, las del Padre nuestro, por medio de las cuales enseña a los discípulos cómo han de orar: “Cuando oréis, decid: ‘Padre, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Danos cada día el pan que necesitamos. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos han ofendido. Y no nos expongas a la tentación’” (Lc 11,1-4).

Desde esta experiencia orante, Jesús exhorta a los discípulos a “orar siempre sin desfallecer” (Lc 18,1). Para nosotros, orar será participar de su experiencia, contar con Dios en la vida diaria, abriéndonos a su presencia íntima, acompañante, sorprendente, incontrolable de su obrar. La oración podrá incluir toda clase de peticiones, todo aquello que llevamos en el corazón, pero tal como nos enseña Jesús, procuraremos integrarlas siempre en el Padrenuestro. Más que pedirle que venga a resolver los problemas, le pedimos el espíritu que nos permita afrontar las situaciones con la firmeza de Jesús, saber que no estamos solos, que Dios nos acompaña siempre como Padre amoroso, que está de nuestra parte. Estemos nosotros de la suya, y para esto oramos siempre.

Llamada y misión de los discípulos 

Jesús llama, seguirle es obedecer el llamamiento. El seguimiento comporta asumir su misma meta y su aventura itinerante, identificarse con él y adquirir su mentalidad: “Reunió Jesús a sus doce discípulos y les dio poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y sanar enfermedades. Los envió a anunciar el reino de Dios y a sanar a los enfermos. Les dijo: –No llevéis nada para el camino: ni bastón ni bolsa ni pan ni dinero ni ropa de repuesto. En cualquier casa donde entréis, quedaos hasta que os vayáis del lugar. Y si en algún pueblo no os quieren recibir, salid de él y sacudíos el polvo de los pies, para que les sirva de advertencia. Salieron, pues, y fueron por todas las aldeas anunciando la buena noticia y sanando enfermos (Lc 9,1-6). Todos los que vivimos unidos a Jesús y le seguimos, llevamos en nosotros la responsabilidad de la misión. Anunciar el Evangelio es una responsabilidad del discipulado, forma parte de la obediencia y de nuestra adhesión a Jesús y al Padre: “Quien a vosotros os escucha a mí me escucha” (10,16). El anuncio del Reino es misión de todos, la Iglesia es esencialmente misionera. La Palabra, asumida y obedecida, nos centra y unifica la vida. Solo en la vida real y cotidiana, con sus dificultades y contradicciones, aparecerá el resultado de la escucha orante y confiada a Dios. El seguimiento supone cargar con la cruz, significa incorporar a la vida el Evangelio y ponerlo en el centro de cada uno y de la humanidad entera. Seguir a Jesús es ser Buena Noticia, es encarnar su persona y su mensaje, es ir integrando su propia personalidad y mentalidad en nosotros, un hacer realidad el crecimiento de su Buena nueva. Mientras Jesús y su Palabra crecen en mí, me realizo en plenitud. Escuchemos su llamada: “Después de esto, Jesús salió y se fijó en uno de los que cobraban impuestos para Roma. Se llamaba Leví y estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos. Jesús le dijo: –Sígueme” (Lc 5,27). “Jesús dijo a otro: –Sígueme. Pero él respondió: –Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre” (Lc 9,59). “Al oírlo, Jesús le contestó: –Todavía te falta una cosa: vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riquezas en el cielo. Luego ven y sígueme” (Lc 18,22). ¿Cómo respondemos a la llamada que nos hace Jesús cuando nos dice: “Sígueme”?

Obediente hasta muerte 

“El más importante entre vosotros tiene que hacerse como el más pequeño, y el que manda tiene que hacerse como el que sirve” (Lc 22,26) La obediencia de Jesús al Padre llega al culmen cuando asume libre y radicalmente la pasión, con total abandono y disponibilidad ante el misterioso designio del Padre. En el monte de los Olivos, Jesús reza intensamente, entra en combate –de nuevo el Tentador- para encontrar en la obediencia a Dios su máxima libertad, el más puro amor, contra la presión asfixiante del entorno. “Padre, si quieres, líbrame de esta copa amarga; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42) Jesús se ve abocado a una muerte horrorosa, y la asume por pura obediencia a la realidad de unas circunstancias que no puede cambiar. Su vida, libre y controvertida, le ha llevado a que los hombres del poder religioso y político -Sanedrín e Imperio romano-, se abalanzaran sobre Él para aplastarle. Jesús asume esta soledad y abandono confiado solo en el Padre, abandonándose en sus manos. Morirá, al fin, pobre y obediente.

En la cruz, todavía una última oración sale de sus labios antes de morir: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). En esta confianza al Padre vivió siempre y a Él se abandona. Jesús retorna al Padre de donde ha salido. Ha cumplido con su misión. Descansa en paz. Jesús ha muerto a los ojos de todos como un fracasado. 

Las mujeres 

Ellas, las mujeres, amadas por Jesús y amantes de Jesús, el amor las llevó a estar y permanecer al pie de la cruz. Solo el amor hace posible la fidelidad y la presencia junto al ser amado, asumiendo la aventura y desventura de la vida, lo bueno y lo adverso. Porque el amor -y no otra cosa-, hace romper los límites y transformar las dificultades. “El primer día de la semana volvieron al sepulcro muy temprano” (Lc 24,1). Las mujeres, discípulas de Jesús, son las primeras testigos de la resurrección, y reciben el encargo de llevar a los apóstoles la noticia de que Jesús está vivo. Ellas son las grandes anunciadoras del Resucitado. En la Vigilia Pascual, les debería corresponder a ellas leer el Evangelio de la resurrección, es de justicia. La resurrección, el envío a los discípulos, huidos, y Pentecostés, las define y hace apóstoles. El Resucitado ordena a sus discípulos que no se muevan de Jerusalén hasta que “recibáis fuerza para ser mis testigos hasta los confines del mundo” (Lc 24,49). Sí, Jesús les abrirá los ojos y hará que comprendan. Comprenderán también, hasta dar la vida por el Resucitado. Y esta será la obediente tarea del discipulado: hombres y mujeres proclamadores del gran misterio de la fe: Jesús ha resucitado, el que estuvo muerto ¡vive! Aquí comienza el cristianismo: anunciar que Jesús, el que había sido crucificado, no está dentro del sepulcro, la muerte no lo retuvo: ¡HA RESUCITADO! Es la gran proclamación del triunfo de la vida. La humanidad no está destinada a la muerte, no quedará retenida en ella, sino a la vida. Con el Resucitado, resucitamos con Él. Después de su resurrección, Jesús continúa caminando en medio de nosotros, como protagonista del camino de la Iglesia. “Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino, y cómo reconocieron a Jesús al partir el pan” (Lc 24, 13-35). En los caminos de la vida, inesperadamente, nos hallamos con Jesús caminando a nuestro lado, y no lo sabemos reconocer. Donde el ser humano se parte y se reparte, compartiendo su pan, su ser, lo que es y lo que tiene, allí está el Señor, allí se realiza eucaristía, la comunión, el amor, el perdón. Jesús sigue ofreciendo su salvación por medio de su Espíritu, que crea testigos y profetas que proclaman y ofrecen la salvación hasta los confines de la tierra.

Preguntas

1 ¿Por qué se expresó de esta manera la Virgen María en el Magníficat?
2- ¿Cómo puedo demostrar que soy obediente a Dios y a mi comunidad?
3- ¿Cuál es nuestra actitud ante la llamada de Jesús?
4- ¿Cuáles son más importantes: mis planes o los de Dios?
5- La actividad de Jesús en el mundo, ¿qué tiene que ver conmigo?

 

 

2 respuestas a “OBEDIENCIA EN LUCAS

  1. MARÍA NOEL 8 noviembre, 2019 / 5:42 pm

    Gracias Anna por este maravilloso recorrido de la mano de todos estos hombres y mujeres obedientes en desarrollar lo que ya son como hijos de Dios. Gracias por esta oración que nos invita a la obediencia en nuestra propia vida. A fijar los ojos en Él, con amor, fe y esperanza. Un fuerte abrazo, en comunión siempre.

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    • Anna Seguí ocd 8 noviembre, 2019 / 6:12 pm

      Gracias a ti, mujer obediente y fiel. Dios nos da su gracia para este recorrido obediente a su amor.

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