TENTACIÓN, PECADO Y GRACIA

Presentación1

Introducción

Con el tema de la tentación, pecado y gracia, nos hallamos ante una verdad ineludible, que toma de lleno el ser. La realidad humana está imbuida de una lucha personal y comunitaria, ante el acecho permanente de la tentación, el pecado, y, como única y decisiva esperanza: la gracia, y de estas tres, lo más grande es la gracia. Todo es gracia, dice Pablo: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para nuestro bien» (Ro 8,28), esto es un alivio. Todo lo recibimos de Dios como regalo, porque Él es el creador de una historia de amor misericordioso y salvador. Cizaña y trigo crecen juntos, pecado y gracia también, la siega se ejecuta cuando el tiempo es favorable. Y Dios nos lleva a entender que, “Ni el que siembra ni el que riega son nada, sino que Dios lo es todo, pues Dios es quien hace que la planta crezca” (1Co 3,7). Así, la gracia lo envuelve todo, y en Cristo Jesús, devenimos humanidad nueva, creadora de gracia y de verdad.

 Tentación y pecado 

Con todo, tengamos claro que la tentación en sí misma no es pecado. La tentación es la percepción de algo central en nosotros, que nos hace mantener en una tensión de confrontación entre el bien y el mal, entre la voluntad de Dios y la mía, mis pulsiones, mis deseos, mis apetencias, muchas veces opuestas al deseo de bien de Dios. Así lo hallamos expresado en el Deuteronomio: “Mirad, hoy os doy a elegir entre la vida y el bien, por un lado, y la muerte y el mal por el otro/ entre la bendición y la maldición. Escoged, pues, la vida, para que viváis vosotros y vuestros descendientes; amad al Señor vuestro Dios, obedecedle y sedle fieles, porque de ello depende vuestra vida” (Dt 30,15). Es decir, lo que es de Dios es generador de vida, lo que proviene del pecado, genera conflicto y muerte. De lo que elijamos depende que seamos generadores de bien o de mal. Dios lo hace depender todo de nuestra libertad y responsabilidad personal, Él nos implica en su historia de salvación. 

La tentación suscita el deseo, que nos envuelve y deslumbra la voluntad hasta inducirnos a sucumbir, con una fuerza arrebatadora que con frecuencia no controlamos, y que solo la gracia de Dios nos puede liberar y salvar. El pecado, por el contrario, es sucumbir de lleno a la tentación, algo así como elegir -a veces inconscientemente-, la muerte y el mal, aun no queriéndolo en nuestro más profundo centro. Pablo define muy bien la pulsión interior del pecado con estas palabras: “Me doy cuenta de que, aun queriendo hacer lo bueno, solo encuentro lo malo a mi alcance. En mi interior me agrada la ley de Dios; pero veo en mí otra ley, que se opone a mi capacidad de razonar: es la ley del pecado que está en mí y me tiene preso. ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará del poder de la muerte que está en mi cuerpo? Solamente Dios, a quien doy gracias por medio de nuestro Señor Jesucristo. En conclusión: entiendo que debo someterme a la ley de Dios, pero en lo débil de mi condición humana estoy sometido a la ley del pecado”. (Ro 7,18,25). 

Verdad controvertida

Querer el bien y hacer el mal. Esta es justamente la verdad controvertida de la historia humana, la de ayer y la de hoy, verdad de cada persona en particular también. Una lucha tensa y permanente entre el bien y el mal. Y con todo, nosotros que nos sabemos salvados por el Resucitado, somos los responsables, enviados y proyectados hacia la humanidad, para serles anuncio salvador. Porque, la verdad decisiva, única y real es que, la historia y la humanidad está salvada ya, lo ha hecho Dios en Jesucristo. Es el mensaje de la Pascua: “Verdaderamente ha resucitado el Señor”. Y este es el hecho central y fundante del cristianismo. Realidad de gracia vivida por la fe, realidad que alcanza a todos, no “por muchos, ¡¡por todos!!”. En Cristo Jesús, todos hemos sido liberados de la tentación, del pecado y de la muerte, y agraciados por la gracia salvadora de su resurrección. El Resucitado nos ha resucitado ya, aunque percibamos y nos sintamos afectados por el “todavía no”.

La Biblia, historia de salvación 

 La Biblia, de parte a parte, está penetrada de la fidelidad de Dios, en contraste con las frecuentes infidelidades de los hombres, inclinados a la seducción del pecado. En la Biblia queda reflejada la bondad de Dios y su gracia salvadora, ante el hecho real del ser humano en su tentación y caída, pecado y gracia. Desde el principio, Dios tiene un proyecto de amor y felicidad sobre la humanidad. “Cuando Dios creó al hombre, lo creó a imagen y semejanza de Dios mismo. Hombre y mujer los creó, y les dio su bendición” (Gn 1,27). Bondad y belleza es el estado natural de todas las cosas creadas. La felicidad envuelve la creación entera. No hay agresión ni violencia alguna. La pareja, se deleita en la paz armoniosa del paraíso, son felices, y son amigos de Dios. Todo les está permitido. Todo. Menos hacerse como Dios. Dios es Dios, la criatura siempre criatura, supeditada al Creador. Es nuestra condición.

Dios nos ha hecho capaces de entablar relación de amistad con Él, para vivir vida de Dios, y vivirla a placer en el jardín de la armonía dichosa. Hemos sido creados para la felicidad, y este es el destino primero, el permanente y último para el ser humano. Dios está empeñado en que seamos felices. Todo el hacer de Dios hacia la humanidad es un proyecto de gracia amorosa, de recreación hacia la vida feliz, porque el ser humano está llamado a vivir la plenitud de su imagen y semejanza, como deseo de Dios, por quien fue creado. Todo depende de que hagamos de Dios nuestro centro.

Dios no se desdice 

La tentación está en el comienzo primordial, la Biblia lo refiere a una “apetencia”. Adán y Eva son tentados por la serpiente, hambreando un fruto. Seducidos por el tentador -más que por el mismo fruto-, posponen la Palabra de Dios que les había sido dada y les era fuente de vida: “No comerás del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día en que comas, ciertamente morirás” (Gn 2,17) es decir, errarás, quedarás confundido y oscurecido. La caída es hacer del Tentador el absoluto. Posponiendo y cuestionando la Palabra de Dios, le han desafiado. El Tentador persiste: “No moriréis. Dios sabe muy bien que cuando comáis del fruto de ese árbol podréis saber lo que es bueno y lo que es malo, y que entonces seréis como Dios. La mujer vio que el fruto del árbol era hermoso, y le dieron ganas de comerlo y de llegar a tener entendimiento. Así que tomó uno de los frutos y se lo comió. Luego le dio a su esposo, y él también comió” (Gn 3,5-6). Cuando la humanidad rompe la armonía, alejándose de Dios, Él no se desdice de su deseo de felicidad para sus criaturas, “Así como os empeñasteis en alejaros de Dios, volveos ahora y buscadlo con mucho más empeño” (Ba 4,28). Así, Dios se proyecta sobre nosotros con un nuevo plan: el salvador. Es decir, recrear el ser caído y el jardín perdido. Volver a Dios. Permitirle a Él ser nuestro centro. Dejarle a Dios ser Dios, es evitar hacer del “yo” personal mi propio centro. Dios es nuestro centro, el centro de todas las cosas.

No habrá pérdida, porque Dios siempre nos está situando en proyecto de ganancia a favor nuestro, proyecto tozudamente persistente ofreciendo salvación, regalando amistad. Tampoco se desdice Dios de la exigida fidelidad por parte del hombre. Dios quiere ser correspondido como Amante-amado. Él es fiel y pide corresponsabilidad humana: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6,5). Hemos sido creados para seguir creando y organizando la felicidad del cosmos. Llevamos en nosotros el germen de la posibilidad, la fecundidad y la sostenibilidad, y la gracia nos asiste para hacerlo realizable. Dios quiere nuestra fidelidad, quiere este logro para nosotros. Lo quiere porque somos sus hijos queridos.

Dios nos ofrece su amor primero 

Con la tentación y pecado, se ha erigido el mal: El ser humano queda dañado, desarmonizado, frustrado. El pecado le ha llevado a centrarse en sí mismo queriendo saciar sus apetencias, en detrimento de la comunión con Dios y con los hermanos. Y la dolencia le hace violento, también menesteroso. Se produce la lejanía y la pérdida de la felicidad. Cuando nos situamos fuera de Dios, rompemos la armonía creadora. Surge la violencia, la agresión y la muerte. La vida en la tierra se torna hostil. Ha nacido la impiedad. La violencia mata al hermano. “Caín, ¿dónde está tu hermano Abel?” (Gn 4,9). Se ha ejecutado el crimen. Cuando el hombre mata al hombre, mata la vida. Cuando el hermano mata al hermano, se mata a sí mismo. Se propaga así la violencia. Y la actitud agresiva se apodera de la humanidad. El aire de la felicidad se contamina cuando aparece la maldición. La carne sana y la mente clara enferman.

El mundo se vuelve un lugar violento, inseguro. La envidia, la codicia del poseer, la pelea por el poder, el odio, los celos y las fobias, son las amenazas quebrantadoras de la armonía y la felicidad. El ser humano lucha por la supervivencia que le asfixia la ilusión primera, donde todo era deleite. Necesita salvarse del caos que se está generando en su entorno. Más grave aún, dentro de sí. Ellos, hombre y mujer, habían sido creados para la felicidad. Y la han perdido.

Pero Dios le ofrecerá su amor primero, misericordioso y salvador, posibilitador de nueva felicidad. Dios no quiere la perdición de nada ni de nadie. Por eso iniciará un camino  de confianza salvadora. “No quiero que el malvado muera, sino que cambie de conducta y viva. Yo, el Señor, lo afirmo.” (Ez 18,23). Y Dios se abaja hasta el pecado a rescatar la persona. “Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia” (Sal 102).

El ser humano, por siempre, a lo largo de la historia, apelará al amor misericordioso de su Dios, que desciende hasta el barro curando el rostro dañado, arropando la fragilidad, robusteciéndolo. Así la humanidad aprenderá a vivir del amor misericordioso, salvador, sanador, perdonador y restaurador de la felicidad. “Mi misericordia no se apartará de ti” (Is 54,10). El ser humano siempre tendrá dónde recurrir, “Yo soy el Señor, no hay otro; fuera de mí no hay Dios” (Is 45,5). “No reconozcas como Dios a nadie sino a mí, pues tan solo yo soy tu salvador” (Os 13, 4). Nuestra gracia y descanso se halla en Dios: “Solo en Dios descansa mi alma, porque de Él viene mi salvación; solo Él es mi roca y mi salvación” (Sal 61).

Dios penetra en el corazón del ser

Todo el Antiguo Testamento es un empeño casi desesperado de Dios tratando de penetrar en el corazón del ser, en nuestro profundo centro, para que la humanidad entienda que la felicidad y la salvación solo se hallan en Él. “Pues yo soy tu Señor, tu salvador, el Dios Santo de Israel. Yo te he adquirido” (Is 43,3). “Buscad al Señor con sencillez de corazón, porque se deja encontrar de los que confían en Él”  (Sab 1,1-3). Y con todo, contemplamos atónitos la terquedad, el endurecimiento y la banalidad del ser humano que, una y otra vez, se desentiende de su responsabilidad personal hacia el bien. Y Dios no puede más que dejar mostrar su indignación: “Es un pueblo de corazón extraviado, que no reconoce mi camino; por eso he jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso” (Sal 94). El escriba teólogo, pone en boca de Dios términos humanos para expresar el enfado. 

La peregrinación en el desierto

El Éxodo, cruzar el desierto, con Moisés y el pueblo, expresa de alguna manera la experiencia de que la vida es como una gran peregrinación, un vivir a la intemperie, atravesando el desierto de la hostilidad, la precariedad, la inestabilidad, la fragilidad y la inseguridad. Y en el camino, surge la tentación y la sublevación, el atrevimiento de desafiar a Dios y a sus enviados. ¿Quién no ha sentido la rebeldía contra Dios, contra la vida misma, contra la impotencia de aquello que nos sobrepasa y no podemos aceptar? ¿Quién no ha experimentado la tentación, claudicando a los deseos del poder, del poseer, del dominar? ¿Quién no ha querido más de una vez volver atrás, dejarlo todo, claudicar para no seguir luchando, abatidos por el desaliento y la impotencia? Toda esa realidad humana se halla en las páginas de la Biblia, y nos retan a una fidelidad a Dios hasta el fin de nuestros días. La Biblia es pura humanidad, puro don y gracia. Amistad amorosa y relacional de Dios con su pueblo amado. Dios no se cansa de repetir “Yo seré tu Dios, tú serás mi pueblo”, “tú eres mi hijo, yo te amo”. La Biblia no es un libro de historia, pero en ella está contenida la historia interior de fe del ser humano y el actuar misericordioso de Dios en medio de nuestra humanidad.

La humanización de Dios

Pero Dios se cansa de esa historia de imposibilidad en la humanidad para obrar el bien que Él ha dispuesto. A Dios le urge dar un salto histórico, salir de esta situación asfixiante, sacando al pueblo de la vieja condición de miseria y pecado, para darle una gracia salvadora y definitiva, que no frustre nunca más el amor y la justicia. Dios mismo, despojándose de sí mismo, se abaja, se humaniza y se nos da. “La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de Verdad” (Jn 1,14).

Con Jesús humanado, la historia llega a la plenitud salvadora de Dios. Con la Encarnación comienza el tiempo nuevo que ya no fracasará. “De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia. Porque la ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad se han hecho realidad por medio de Jesucristo” (Jn 1,16). Todo queda centrado en la gracia salvadora realizada por Jesús. Ha llegado la Buena Nueva del Reino: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,12-15). Con Jesús llega el tiempo de “preparar un pueblo de corazón bien dispuesto, para recibir al Señor” (Lc 1,17).

Todo queda ligado a quien es la Palabra encarnada. No se puede ser creyente al margen de la Palabra, porque esto sería como navegar en una nave sin timón. La Palabra, Cristo Jesús, es quien marca el rumbo y el camino hacia Dios, hacia el Padre. El Hombre Jesús, salva al hombre del barro, lo hace carne nueva injertándose en Él: “Quitaré de vosotros ese corazón duro como la piedra y os pondré un corazón de carne” (Ez 36,26). Jesús es el Hombre-mujer, es decir, toda la humanidad. Jesucristo es el ser humano que abarca y abraza la creación entera y la presenta al Padre resucitada, es decir, llevada a plenitud, glorificada por su pasión, muerte y resurrección. En Él, todo queda salvado, perdonado, superado, liberado. Con la resurrección de Cristo ha comenzado la fiesta del corazón, banquete y fiesta que ya no tiene fin. La gracia resurreccional nos lanza a propagar las semillas del Reino por toda la tierra. El reto radica en vivir una vida para el Evangelio, haciendo de Dios el centro de todo y de todos. 

Solo Jesús y su Palabra vencen en nosotros toda tentación y perdona todo pecado. No hay más gracia que este Jesús y su Palabra. Nada depende de nosotros, sino de este Jesús que lo ha realizado todo por mí: “Vivo por la fe en el hijo de Dios, que me amó hasta dar la vida por mí” (Gl 2,20). Y en mí, en nosotros, Cristo sigue realizando esta salvación, valiéndose de nuestro propio proceder, es nuestra responsabilidad. El Resucitado nos ha resucitado. Somos criaturas nuevas, recreadas y hermoseadas, llenas de gracia y de verdad. No dependemos de nada ni de nadie, sino solo de Cristo Jesús, que murió para redención de todos, repito, “no por muchos, ¡por todos!”. Esta es nuestra libertad de hijos. Nuestra gracia es el disfrute de ser criaturas nuevas: “El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2Co 5,17). Somos una comunidad de hermanos que se deleitan del don salvador gratuito. Sin merecerlo, lo hemos recibido regaladamente. “Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1Co 3,23). 

Nada realizamos solos

Esta humanidad nueva que somos a partir de Cristo, ya nada realizamos solos, Él es nuestra segura compañía. El Resucitado nos vive dentro, y su presencia interior nos hace ser Él mismo, encarnación suya, gracia y bondad suya, comunión con Dios y los hermanos. Somos pan amasado, horneado y fresco, destinado a saciar el hambre de la necesidad cotidiana. ¡Adivinar dónde está el hambre y los hambrientos! Por lo cual, todas las pruebas y tentaciones que nos acosan, pueden ser vencidas en Cristo Jesús, apelando a su gracia salvadora: “Vosotros no habéis pasado por ninguna prueba que no sea humanamente soportable. Y podéis confiar en Dios, que no os dejará sufrir pruebas más duras de lo que podáis soportar. Por el contrario, cuando llegue la prueba, Dios os dará también el modo de salir de ella, para que podáis soportarla”. (1Cor 10,13). Es nuestro privilegio de sabernos poseídos por el Viviente que nos vive, su gracia salvadora nos hace obrar saludablemente. La tentación y el pecado devienen gracia en Cristo Jesús: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” Ro 5,20), y nada debemos temer: “Nada turbe vuestro corazón, creed en Dios, confiad también en mí” (Jn 14,1). Vivimos asistidos por la gracia del Resucitado: “Y Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues la fuerza se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí” (2Co 12,9). En nosotros, ni la tentación, ni el pecado nos ha de ser motivo de angustia y tormento, porque estamos poseídos por la gracia, porque Dios está de nuestra parte y nos levanta de todo mal, perdonando nuestro pecado: “Por eso tenía que ser hecho igual en todo a sus hermanos, para llegar a ser delante de Dios un sumo sacerdote fiel y compasivo, y para obtener el perdón de los pecados de los hombres/ Y como Él mismo sufrió y fue puesto a prueba, ahora puede ayudar a quienes igualmente son puestos a prueba” (Hb 2,17).

Jesús vence donde nosotros sucumbimos

Una de las lecturas más estremecedoras del Evangelio es ver a Jesús tentado por el Diablo. Este relato nos pone de manifiesto, no la divinidad de Jesús, sino su humanidad. Le contemplamos no como un privilegiado, sino como un hombre que sufre la prueba de la tentación diabólica. Dios lo pone al desnudo ante la prueba con toda la fragilidad de su carnalidad. El Tentador desafía la fuerza interior de la fe de Jesús en Dios, quiere que actúe al margen de su voluntad. En la hostilidad del desierto es tomado de lleno por el Diablo: herido en su instinto natural, la apetencia (“sintió hambre”). Herido en su estabilidad psicológica, abusar de la confianza en Dios (“si eres Hijo de Dios, tírate”). Herido en su equilibrio racional, la adulación del poder y la idolatría (“todo te lo daré, si me adoras”). 

Jesús no se deja engañar por el fanatismo de lo milagroso. No incita a Dios a obrar temerariamente por encima de la prudencia razonable. Fiarse de Dios es la actitud básica que Jesús mantiene. No pide para Él nada aparatoso. Su vida es de confianza y abandono en la sencilla normalidad, no de espectacularidad. Jesús vence donde nosotros hemos sucumbido. Su amor salvador radica en asumir nuestras propias pruebas y caídas, para redimirlas. Toda tentación puede ser vencida, porque es Jesús quien lo hace posible, dándonos la fuerza vencedora del mal. Esta es por siempre nuestra fuerza y poder: Jesús mismo.

La oración de Jesús como gracia sanadora 

Jesús fundamentó su relación personal con Dios su Padre orando a solas con Él. Toda la fuerza la halla en esta relación vinculante y confiada al Padre. Jesús nos dice a cada uno de nosotros: “velad y orad para no caer en la tentación” Mt 26,41), nos invita a ser orantes, porque la oración produce gracia sanadora. Él quiere que hagamos de la Iglesia una comunidad orante: “Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos” (Is 56,7). La oración nos une a la obra salvadora de Jesús que abarca la humanidad entera liberándola. La oración no mide su eficacia por los sentidos, ni por ver su efecto en hechos concretos. La oración se hace en fe oscura y confiada, no por nuestra fuerza, sino por gracia del Espíritu que ora en nosotros: “El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Porque no sabemos orar como es debido, pero el Espíritu mismo ruega a Dios por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras” (Ro 8,26). Velar y orar, requiere de nosotros una actitud de abandono y confianza al Padre, nada más.

La oración, ser orante es una opción personal de todo creyente, una consecuencia de ser cristiano, porque es una acogida del mandato del Señor: «orad siempre sin desfallecer» (Lc 18,1). Todo creyente que vive comprometidamente su fe, oye y escucha la voz del Señor. Teresa nos dice: El Señor está dentro de vos. Este, pues, es buen tiempo para que os enseñe nuestro Maestro, y que le oigamos y besemos los pies porque nos quiso enseñar, y le supliquéis no se vaya de con vos” (C 34,10).

La gracia del Padre nuestro 

El Padre nuestro es la oración que Jesús enseñó a sus discípulos, la oración preferida de su corazón, la que Él amaba y se comunicaba con Dios su Padre, la que nos refiere al Padre también. Esta oración ha llegado hasta nosotros como herencia suya. Orar el Padre nuestro es tomar conciencia de que somos hijos y hermanos, nos pone en humildad, abaja nuestras pretensiones, queriendo que su voluntad se cumpla, y reclamando al Padre que nos guarde de todo mal. De ella extraemos la fuerza para saber perdonar como Dios nos perdona.

Teresa nos exhorta: “Y bien es consideremos somos cada una de nosotras a quien enseñó esta oración y que nos la está mostrando, pues nunca el maestro está tan lejos del discípulo que sea menester dar voces, sino muy junto. Esto quiero yo entendáis vosotras os conviene para rezar bien el Paternóster: no apartarse de cabe el maestro que os le mostró”.

Orar el Padrenuestro nos une a Jesús y al Padre. Insiste Teresa: “vaya bien rezado el Paternóster y no acabemos en otra cosa impertinente/ procurar tener el pensamiento en quien enderezo las palabras”. “Hacéis mucho más con una palabra de cuando en cuando del Paternóster, que con decirle muchas veces aprisa y no os entendiendo. Está muy cerca a quien pedís, no os puede dejar de oír; y creed que aquí es el verdadero alabar de su nombre y el santificarle”.  Cuando nos hallamos faltos de expresión, secos por dentro, esta es la más segura oración que Dios gusta de oír, es la de su Hijo amado y con ella nos hallamos unidos a Jesús mismo que ora en nosotros. Orar el Padre nuestro, inhibe la tentación y evapora el pecado, y el Espíritu Santo hace emanar la gracia santificadora que nos dispone para todo bien.

Las Bienaventuranzas vida de la gracia del Reino 

Las Bienaventuranzas son la base fundante donde construir la nueva humanidad que Dios quiere que seamos: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”. (Lc 6,36). Ser misericordiosos es la nueva personalidad que hemos de ir integrando, la manera de ser y construir la vida del Reino. Las Bienaventuranzas del Reino nos ponen una robustez humanizadora que, pacificándonos, pacificamos la tierra entera. Todo está dentro. La vida de Dios sale de dentro hacia fuera, y todo queda bendecido y santificado. Somos bendición de Dios que agracia la humanidad hasta transfigurarla. Las Bienaventuranzas son la vida de la gracia del Reino. La personalidad del Reino.

1, Dejar que Dios nos vaya despojando de nosotros mismos para revestirnos de su amor: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. ¿Tenemos un corazón de pobre para amar? / 2, La oración dispone nuestro corazón para la acogida de quien necesita amparo, escucha, consuelo: “Bienaventurados los que lloran porque ellos serán consolados”. ¿Sabemos compadecernos de las lágrimas del sufrimiento ajeno? / 3, Permanecer con actitud receptiva ante Dios. Todo es gracia y don del Espíritu: “Bienaventurados los humildes porque poseerán la tierra”. ¿Tenemos un corazón humilde para reconocer que todo es gracia? / 4, Disponernos siempre a hacer la voluntad de Dios para obrar justicia en nuestro proceder, en favor de toda la humanidad: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de ser justos, porque serán saciados”. ¿Nuestras actitudes son favorecedoras de justicia para los demás? / 5, Adquirir la mentalidad de Jesús, y como Él, pasar por la vida haciendo el bien. Lo determinante es tener entrañas de misericordia: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. ¿Amamos con el amor que nos enseña Jesús? / 6, Orar nos va limpiando y esclareciendo desde dentro. Hace emerger lo mejor de nosotros mismos: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. No se puede ir hacia dentro sin limpieza de corazón. ¿Sabemos ver la bondad y belleza de Dios que hay en cada ser humano? / 7, Ser bienaventurado pacifica la existencia, crea la reconciliación, nos solidariza con la paz: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”. ¿Estamos desarmados y pacificados por dentro para ser portadora de paz? / 8, Acoger la voluntad de Dios, sea lo que sea y suceda lo que sucediere, porque Él quiere todo nuestro bien y felicidad. Su voluntad es nuestra felicidad, nuestro buen camino. El amor nos capacita para asumir la persecución y la cruz: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos”. ¿Nos hallamos disponibles para dar la vida por el Reino de Dios y su justicia? / 9, Ser cristiano nos vincula al espíritu de las Bienaventuranzas, hasta ser transformados por ellas: “Bienaventurados cuando os insulten y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”. ¿Nos sentimos libres para asumir el mal injusto que pueden volcar sobre nosotros?

En las Bienaventuranzas se halla toda la gracia santificante que hace de nosotros los benditos del Reino, trabajadores de la viña del Señor, no importa de la hora que sea, lo que cuenta es trabajar el Reino: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mt 25,34). Todo depende de nuestra fidelidad a Jesús y su Evangelio, vivir una vida para el Evangelio es obra de la gracia que el Espíritu infunde en nosotros. Nuestra manera de ser personalidad nueva se llama Bienaventuranza.

Somos Iglesia 

La Iglesia es el signo visible del Reino de Dios en medio de nosotros. La Iglesia, en sí misma, no es el Reino de Dios, pero lo testifica. Todos los cristianos de todas las iglesias, formamos la gran Iglesia Universal, en tanto que vivimos adheridos a Jesús y su Evangelio, y en tanto que profesamos que “Jesús es el Señor”. Jesús y su Buena Nueva es toda la gracia y razón de ser y existir de la Iglesia. Proclamar la vida del Crucificado-Resucitado es, fundamentalmente, la plena fidelidad a Jesucristo, a su Evangelio y seguimiento; esto conlleva en sí una decidida vida de servicio a la humanidad que Él ha salvado. Y nuestro servicio es estar a los pies de los hermanos, como Jesús, para lavárselos. Somos los llamados a una coherencia de vida, que se hace efectiva viviendo para el Evangelio, imitando y siguiendo a este Jesús que “pasó haciendo el bien”, amando, perdonando, sirviendo, liberando, curando. Donde están las necesidades debemos estar los cristianos. Porque “El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en pago de la libertad de todos”. No somos menos que Jesús, Él nos da su misma identidad. Nuestra gracia es que somos templo de Dios y el Espíritu Santo habita en nosotros. “En Dios vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). Nada nos viene de fuera, todo se realiza dentro. Dios nos vive dentro, en nuestro profundo centro.

Ser sacramento 

Todo cristiano, debe tener un sentido profundo de que somos sacramento, y por ello, generar vida sacramental. Somos sacramento de Eucaristía, no solo cuando lo celebramos en la iglesia particular, sino también cuando, lo que somos y tenemos, lo compartimos y repartimos. Somos sacramento de perdón cuando, nuestro ser y actitud, está pronta para perdonar y ser perdonados, cuando no dejamos almacenar el resentimiento dentro de nosotros y a todos acogemos con amor. Ser sacramento y vivir sacramentalmente es responsabilidad de todo seguidor de Jesús. El Resucitado nos vive dentro y nos da su vida, nos hace ser lo que Él es: Sacramento de vida. Y esta es la gracia que nos asiste y posee. Jesucristo, el Señor, nos configura con Él.

Conclusión 

Durante este tiempo cuaresmal, miremos también a María, la mujer fuerte en la fe. Su adhesión al hijo la lleva de Belén al pie de la cruz. El amor la mantiene fiel ante la muerte. Al pie de la cruz están los que han comprendido y seguido a Jesús en la línea del amor, la confianza y la libertad. Allí están las mujeres y el discípulo amado, los demás se han escondido. Es importante profundizar este hecho, la magnanimidad de las mujeres en el momento más transcendental de Jesús. Ellas, y no ellos, están con Jesús en el momento final y resurreccional. En el discipulado, lo que nos toca ejercitar es la práctica real y concreta del verbo amar. Ejercitar el amor forma parte de una vida para el Evangelio y del más elemental humano vivir, hay que hacerlo vehicular en palabras, obras y gestos, para que penetre de manera eficaz creando libertad y felicidad.

Hermanos-hermanas, caminemos alegres hacia la Pascua, porque “Ahora es tiempo de gracia, ahora es día de salvación” (2Co 6,2).                                                                                                                                                           Anna Seguí,ocd       Cuaresma, abril, 2017

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