LA ASCENSIÓN – 2020

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El Espíritu Santo nos da la fuerza para ser testigos del Crucificado-Resucitado-Ascendido, volviendo a nosotros siempre. La resurrección nos ha tocado, nos ha marcado y nos hace apóstoles. Esta es la fe que nos hace proclamar: “¡Verdaderamente ha resucitado el Señor!”. 

El Crucificado-Resucitado- Ascendido, está, permanece, se va, vuelve, nos prepara sitio para que estemos con Él y nos llama “¡amigos!”. Su Espíritu humaniza el misterio, nos lo va revelando. Tiempo y espacio es ya otra realidad que se palpa y nos excede también. Jesús no hace nada sin nosotros y todo lo hace por nosotros. Somos su razón de ser carne de nuestra carne. La Pascua es verdad aquí y ahora, en el cada día de la historia. Tocados por la cruz,  somos humanidad redimida, resucitada y ascendida con Cristo.

El Espíritu nos guía en el camino a seguir y la vida a construir. Ser amor perdonador y construir la fraternidad. Conciencia interior de identidad eucarística, banquetear la Pascua. La justicia de Dios, la solidaridad, la paz que nos relaja, el canto y la danza que nos alegra, nos une a todos los humanos en un clamor común: ¡Dios nos ama y nos salva a todos!

El gran impacto de la resurrección es descubrir a Jesús vivo dentro de nosotros. El Espíritu Santo enciende el fuego del amor en nuestro interior que prende por toda la tierra. Ser vida nueva es vivir una vida para el Evangelio, porque nosotros somos el Jesús que sigue bendiciendo la humanidad con nuestro hacer misericordioso. Partiendo de lo muy pobre y sencillo, poner sobre la mesa común, lo que somos y tenemos. Ser Eucaristía es dejar que la fuente de vida que mana de dentro hacia fuera, cubra la necesidad de todos. Que el hermano pobre y necesitado halle comida, bebida, cobijo y vestido, fiesta y alegría. Que en lo humano está lo divino.

A Dios le ha encantado hacerse humano, le deleita nuestra realidad de hijos y nos hace capaces de cielo en este suelo. El cielo no ha de ser añoranza, sino verdad a construir y vivir, cumplimiento de una plenitud que ya ha comenzado y podemos gozar. La Ascensión de Jesús es alivio de nuestras penas y pruebas al abrigo del cariño de Dios. Ascender con Jesús, es sentir las alas que elevan el barro amasado por el Espíritu, que nos hace humanidad divinizada.

En este aquí y ahora, Dios quiere que seamos humanidad resucitada-ascendida y llena de su Espíritu. No somos islas, somos hijos e hijas de Dios, fruto de su amor. Somos Iglesia, trabajando juntos el proyecto sanador y vivificador de Dios en la gran pluralidad. A Él “sea dada la alabanza, el honor, la gloria y el poder por todos los siglos. ¡Amén!”.

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