POBREZA EN EL EVANGELIO DE MARCOS

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Por Anna Seguí Martí, ocd

Creed la Buena Nueva 

Jesús, tras recibir el bautismo, con actitud decidida, toma la palabra y proclama: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed la Buena Nueva” (Mc 1,15). Su predicación es la alegre realidad de que Dios está, no solo cerca, sino con nosotros. La presencia de Jesús es la encarnación de Dios en medio de la humanidad. La Buena Noticia es Jesús mismo. Pero, las realidades de Dios requieren un corazón bien dispuesto. En el inicio del Evangelio, resuenan con fuerza las palabras del profeta Isaías: “¡Preparad el camino del Señor, abridle un camino recto!” (Mc 1,3). Es decir, tener una actitud abierta y disponible a la conversión, para que la Buena Noticia del Reino arraigue como una siembra en permanente crecimiento, hasta que nuestro ser se encarne y se impregne de la alegre verdad del mensaje de Jesús: “Dios está cerca”, le podemos hallar en medio de la humanidad y dentro de nosotros.

Jesús es el Hijo amado del Padre, en quien Dios se complace: “Tú eres mi Hijo amado, a quien he elegido” (Mc 1,11). Todo va a depender de la aceptación, vinculación y adhesión plena a Dios, por medio del hijo amado. Jesús nos trae el reino que proclama dichosos los pobres porque Dios está de parte de ellos. Jesús se sabe enviado, y quiere que todos conozcamos que su vida es tiempo de salvación abierta y destinada a todos. Este tiempo salvador y libertador, es el que hará realidad que los pobres reciban con alegría la Buena Nueva. Los que no tienen nada, están prontos para recibir ganancia, y Dios es regalador de bienes. Ver que los enfermos son curados y los pecadores perdonados, los cautivos liberados, las mujeres escuchadas, los hambrientos saciados. La humanidad entera es invitada a la conversión del corazón, para recibir y realizar un mensaje de alegre esperanza. El Reino de Dios es una cuestión de ganancias, dando todo, se gana todo.

Jesús vive ofrecido

Jesús trató a todos y cada uno como una persona única e irrepetible, y ofreció a todos el beneficioso regalo de su simpatía y amistad. Su acogida y cariño protege a los niños “El que recibe en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe; y el que a mí me recibe, no solo me recibe a mí, sino también a aquel que me ha enviado” (Mc 9,37). Su libertad, libera a la mujer: “Hija, por tu fe has sido sanada. Vete tranquila y libre ya de tu enfermedad” (Mc 5,34. “Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Lo que ha hecho conmigo es bueno/ Esta mujer ha hecho lo que ha podido: ha perfumado de antemano mi cuerpo para mi entierro. Os aseguro que en cualquier lugar del mundo donde se anuncie el evangelio, se hablará también de lo que ha hecho esta mujer, y así será recordada” (Mc 14,6-9). Jesús, rompiendo los prejuicios de su época, se muestra libre, da valor y enaltece lo que hacen las mujeres. Jesús ofrece a los pecadores perdón, a los lisiados levantarse, a los ciegos luz, a las prostitutas dignificarlas, a los publicanos amistad, a los pobres y marginados esperanza. Jesús se presenta como Buena Noticia del Reino, para decirles a todos que Dios, su Padre, está de parte de ellos. Jesús se entregó con amor y pasión inagotable.

La preocupación constante de Jesús fueron los pobres y desvalidos. Al venir a este mundo se colocó en medio de ellos, se hizo encontradizo y los amó. Ellos fueron los primeros destinatarios del anuncio del Reino, y los privilegiados a poseerlo. Jesús actúa, y trae el Reino a la vida concreta de cada persona, es decir, la posibilidad de la vida feliz. El Dios sorprendente que Jesús anuncia está cercano a los que no cuentan, los observa y valora. Viendo a una viuda pobre, dice “ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía” (Mc 12,44). Hay una relación estrecha e indestructible entre la generosidad de los pobres y su confianza en Dios. Ellos son los anawim, los que todo lo esperan de Dios, los favoritos de Jesús. Hoy seguimos viendo en Jesús el asistente de nuestras necesidades. Donde hay carencia y pobreza, Jesús se hace cercano, como esperanza nuestra, como libertador.

Vivir ofrecidos

No sería posible amar como Jesús quiere que lo hagamos, sin tener verdaderamente un corazón pobre. De alguna manera, se trata de ser humilde también, porque, sin humildad, no hay posibilidad de ser pobre. A Dios lo que le seduce es la humildad, los pequeños, los que se abajan. Teresa de Jesús nos dice: “la humildad es andar en verdad” (6M 10,7). Todo cristiano que vive la bienaventuranza de la pobreza evangélica, tiene que expresarla en alguna forma concreta de desprendimiento exterior eficaz, de dentro hacia fuera, como ofrecimiento para gloria de Dios y bien de los hermanos, sobre todo, de los más desfavorecidos. Dar y darnos con generosidad es una forma de pobreza, dar lo que somos y tenemos produce, no solo fraternidad, sino eucaristía. La Iglesia será testimonio eficaz de fraternidad y reconciliación cuando sus mismas comunidades ofrezcan al mundo modelos realistas de comunicación de bienes, de valoración del trabajo pobre y humilde. Como seguidores de Jesús, vivir ofreciendo signos eficaces de salvación, vivir ofrecidos, sirviendo a los demás. Sabernos pan de Dios y ofrecernos, es saciar “las hambres” de la humanidad.

La compasión hacia todos engloba también a los enfermos y pecadores, a todos los que padecen una situación de desvalimiento y que pueden ser considerados pobres: “no necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mc 2,16-17). Jesús se conmueve ante los enfermos y pecadores, ve y sufre por su estado de pobreza humana, y se compadece. Jesús se acerca a los pecadores, porque Él, como el Padre, ha venido a hacerse presente en el mundo con su abundante misericordia y perdón: “Cuando Jesús vio la fe que tenían, dijo al enfermo: –Hijo mío, tus pecados quedan perdonados. Algunos maestros de la ley que estaban allí sentados pensaron: “¿Cómo se atreve este a hablar así? Sus palabras son una ofensa contra Dios. Nadie puede perdonar pecados, sino solamente Dios.” Pero Jesús se dio cuenta en seguida de lo que estaban pensando y les preguntó: –¿Por qué pensáis así? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados quedan perdonados’ o decirle: ‘Levántate, toma tu camilla y anda’? Pues voy a demostraros que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados. Entonces dijo al paralítico: –A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” (Mc 2,5-11).

Jesús dilata las estrecheces

Para Jesús, ser amigo de publicanos y pecadores, no es una acusación ignominiosa, sino una realidad aceptada y comunicada, que va más allá de las estrechas fronteras de la interpretación hipócrita de la Ley, de lo ortodoxamente establecido. Es el Reino -no la Ley- lo que determina sus palabras, sus gestos y sus signos. La libertad de Jesús rompe cadenas, dilata estrecheces, abre caminos. Dice Sta. Teresa: “Libres quiere Dios a sus esposas, asidas a solo Él” (carta). No está en comunión con el Reino el que cumple escrupulosamente la Ley, sino el que acoge la Buena Noticia de un Dios generoso y compasivo, que se hace presente en el mundo y quiere manifestarse primero a los que todos dejan de lado como marginales: “Cuando regresaron adonde estaban los discípulos, los encontraron rodeados de una gran multitud, y algunos maestros de la ley discutían con ellos. Al ver a Jesús, todos corrieron a saludarle llenos de admiración. Él les preguntó: –¿Qué estáis discutiendo con ellos? Uno de los presentes contestó: –Maestro, te he traído aquí a mi hijo, porque tiene un espíritu que le ha dejado mudo. Dondequiera que se encuentre, el espíritu se apodera de él y lo arroja al suelo; entonces echa espuma por la boca, le rechinan los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que expulsen ese espíritu, pero no han podido. Jesús contestó: –¡Oh, gente sin fe!, ¿hasta cuándo habré de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traedme aquí al muchacho! Entonces llevaron al muchacho ante Jesús. Pero en cuanto el espíritu vio a Jesús, hizo que le diera un ataque al muchacho, que cayó al suelo revolcándose y echando espuma por la boca. Jesús preguntó al padre: –¿Desde cuándo le pasa esto?

–Desde niño –contestó el padre–. Y muchas veces ese espíritu lo ha arrojado al fuego y al agua, para matarlo. Así que, si puedes hacer algo, ten compasión de nosotros y ayúdanos. Jesús le dijo: –¿Cómo que ‘si puedes’? ¡Para el que cree, todo es posible! Entonces el padre del muchacho gritó: –Yo creo. ¡Ayúdame a creer más!

Al ver Jesús que se estaba reuniendo mucha gente, reprendió al espíritu impuro diciéndole: –Espíritu mudo y sordo, te ordeno que salgas de este muchacho y no vuelvas a entrar en él. El espíritu gritó e hizo que al muchacho le diera otro ataque. Luego salió de él dejándolo como muerto, de modo que muchos decían que, en efecto, estaba muerto. Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó; y el muchacho se puso en pie. Luego Jesús entró en una casa, y sus discípulos le preguntaron aparte: –¿Por qué nosotros no pudimos expulsar ese espíritu? Jesús les contestó: –A esta clase de demonios solamente se la puede expulsar por medio de la oración. (Mc 9, 14). Acoger a un niño, sanarlo por la fe del padre, liberarlo, es acoger el Reino. 

Para Jesús, es más importante atender a un necesitado, que cumplir las normas de la Ley y los ritos del culto. Curar la mano paralizada de un hombre, equivale a salvarle la vida, y esto justifica su atrevimiento de actuar en sábado: “Jesús entró otra vez en la sinagoga. Había allí un hombre que tenía una mano tullida, y espiaban a Jesús para ver si lo sanaría en sábado y tener así algo de qué acusarle. Jesús dijo al hombre de la mano tullida: –Levántate y ponte ahí en medio. Luego preguntó a los demás: –¿Qué está permitido hacer en sábado: el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla? Ellos se quedaron callados. Jesús miró entonces con enojo a los que le rodeaban y, entristecido porque no querían entender, dijo a aquel hombre: –Extiende la mano. El hombre la extendió, y la mano le quedó sana. Pero los fariseos, en cuanto salieron, comenzaron junto con los del partido de Herodes a hacer planes para matar a Jesús.” (Mc 3,4).

Se trata de poner la persona por encima de la norma, el amor y la compasión por encima de la Ley, es decir, la libertad que Jesús nos ofrece, rompe las normas y dilata los límites. Ya en el Antiguo Testamento aparece la idea de que, el mismo culto a Dios, es vacío sin la justicia y la misericordia con los necesitados: “Lo que quiero de vosotros es misericordia y no que me hagáis sacrificios, que me reconozcáis como Dios y no que me ofrezcáis holocaustos.” (Os 6,6). Es muy claro que, la verdadera conversión que Dios quiere, se expresa en el servicio a los hermanos, sobre todo a los que sufren por cualquier causa: “¡Lavaos, limpiaos! ¡Apartad de mi vista vuestras maldades! ¡Dejad de hacer el mal! ¡Aprended a hacer el bien, esforzaos en hacer lo que es justo, ayudad al oprimido, haced justicia al huérfano, defended los derechos de la viuda!” (Is 1,16-17). “El ayuno que a mí me agrada consiste en esto: en que rompas las cadenas de la injusticia y desates los nudos que aprietan el yugo; en que dejes libres a los oprimidos y acabes con toda tiranía; en que compartas tu pan con el hambriento y recibas en tu casa al pobre sin techo; en que vistas al que no tiene ropa y no dejes de socorrer a tus semejantes. Entonces brillará tu luz como el amanecer y tus heridas sanarán muy pronto. Tu rectitud irá delante de ti y mi gloria te seguirá” (Is 58,6-7). La predicación de Jesús reforzó con empeño esta enseñanza y Él mismo se hace presente entre los pobres, hasta declararlos dichosos, bienaventurados. “Bienaventurados vosotros los pobres, porque el reino de Dios os pertenece (Lc 6,20). “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino a servir” (Mc 10, 45). Servir es la condición del pobre, del seguidor de Jesús, que se hizo pobre y vivió sirviendo. Las Bienaventuranzas son la carta magna de nuestro ser cristianos, ellas nos ponen la nueva personalidad, la nueva humanidad a construir.

Servidor de todos 

La vida de Jesús es un gran gesto de servicio, Él vive activamente comprometido en favor de los pobres y pecadores. Su vida es un modelo de servicio generoso y humilde hacia ellos, como los primeros destinatarios del mensaje del Reino. “Al bajar Jesús de la barca vio la multitud, y sintió compasión de ellos porque estaban como ovejas que no tienen pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas. Por la tarde, sus discípulos se le acercaron y le dijeron: –Ya es tarde, y este es un lugar solitario. Despide a la gente, para que vayan a los campos y las aldeas de alrededor y se compren algo de comer. Pero Jesús les contestó: –Dadles vosotros de comer” (Mc 6,31). Dar de comer implica dar lo que somos y tenemos. El servicio es una realidad central, paradigmática, de la existencia de Jesús, la de sus seguidores también lo debe ser. La entrega, la justicia, la compasión y el servicio, la liberación, explican la vida y la muerte de Jesús, realidades que crisparon a las autoridades del Templo, a los servidores de la ortodoxia de todos los tiempos y de todos los templos. 

Jesús hace una invitación a sus discípulos para que vivan la fraternidad, basada en el servicio humilde. La Buena Nueva que nos trae Jesús supone exigencia, reto y tarea, trabajo a realizar, como una manera nueva de ser y hacer, la que nos presenta Jesús. Su estilo de vida es el ejemplo que nos deja. La fraternidad es relación de amor y servicio a los hermanos. Nunca sentirnos por encima de nadie, como dueños, sino a los pies, como siervos: “El que quiera ser el primero, deberá ser el último de todos y servir a todos” (Mc 9,35). Alguien dijo que este ejemplo, muestra que, “por encima del hombre, ni Dios”. Jesús se abaja tan del todo que se hace el servidor de todos. Esta es la imagen de la fidelidad de la comunidad eclesial, cuando sirve misericordiosamente y de corazón a los hijos de Dios. El distintivo de los seguidores de Cristo es el servicio humilde y misericordioso a la humanidad, una comunidad donde el único apelativo es el de “hermano”.

Hacernos servidores

El primero ha de ocupar el lugar destinado a los últimos, los que no cuentan, los infravalorados. Ir a las periferias, a los marginados y convertirse en sus amigos y servidores. Se trata de no pensar en uno mismo, sino, hacerse amigo de los pobres. Ser el primero significa hacerse servidor de todos, esta es una regla fundamental entre los seguidores de Jesús. Abajarse es subir en la categoría del Reino. Jesús, el Siervo pobre y sufriente, se hace servidor de los pequeños, los pobres, los necesitados. Es así como se verifica la autenticidad de nuestro seguimiento de Cristo. El sentido del pobre es inseparable del mensaje de Jesús. El seguimiento de Jesús conlleva en sí la dimensión principal de convertirse al pobre, hasta hacernos pobres con los pobres. Adquirir un corazón de pobre, es hacerse limpio de corazón. El Papa Francisco, da claras muestras de haber entendido todo este mensaje del Evangelio. Sus signos son de abajamiento, de sencillez, de humildad de corazón: “solo se tiene que neutralizar el mal. Si hay hambre hay que alimentar. San Juan Crisóstomo lo dijo claramente: “te preocupas por adornar a la Iglesia y no al cuerpo de Cristo que tiene hambre”. El Papa Francisco ha entendido que los pobres están en la marginalidad, y ha salido a socorrerlos. Ha dejado el palacio y se ha situado en un lugar más sencillo.

La acogida de los pobres se hace extensiva a los discípulos: “dadles vosotros de comer” (Mc 6, 37). Los discípulos no podemos retraernos ante las necesidades de la gente necesitada. Tampoco se retrajo Jesús cuando recomienda a un rico que dé su dinero a los pobres y le siga: “Jesús le miró con afecto y le contestó: –Una cosa te falta: ve, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riquezas en el cielo. Luego, ven y sígueme” (Mc 10, 21). El seguidor de Jesús debe disponerse para asumir la pobreza, que no es tanto carencia de bienes, como actitud esencial del corazón. “Les ordenó que, aparte de un bastón, no llevaran nada para el camino: ni pan ni provisiones ni dinero” (Mc 6,8), el discípulo debe mantener una actitud interior de confianza. Saber vivir con lo necesario, con dignidad humana, tener cubierto lo básico, y si tenemos bienes, repartirlos, crear comunión fraterna. La preocupación y la acogida de los pobres brotan de la entraña misma del Reino: “a los pobres siempre los tendréis entre vosotros y podréis hacerles bien” (Mc 14, 7). Dar comida a una multitud necesitada, es un signo de la compasión de Dios hacia su pueblo y de fraternidad entre los que participan. No hay cristianismo sin comunión con los hermanos, y tampoco lo hay sin comunión con los pobres. El sentido del pobre es esencial en el mensaje de Jesús, tan esencial como el sentido de la oración. La oración nos fraterniza, crea la relación amorosa de unos con otros. Sentido del hermano, sentido del pobre, son exigencias inseparables. Y sentido orante, ser orantes, relacionarnos con Jesús, para crear relaciones fraternas también, para mantenernos en la fidelidad de aquel deseo de Dios, que nos quiere hermanados.

Pobre en la muerte

“Siento en mi alma una gran tristeza” (Mc 14,32-42), Jesús acepta una muerte ignominiosa, al aceptar morir en la cruz. Ante ella, Jesús se estremece, siente que le faltan las fuerzas, se angustia y llora. Experimenta la más cruel impotencia y pobreza, y le pide al Padre que aparte la amargura de apurar el cáliz: “Padre mío, para ti todo es posible: líbrame de esta copa amarga, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”. En la más absoluta pobreza, la más profunda y desgarradora soledad que Jesús experimenta en Getsemaní, hay que añadir la de la cruz, la del silencio del Padre: “Jesús gritó con fuerza: “Eloí, Eloí, ¿lemá sabactani? (que significa “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)” (Mc 15,34). El grito desgarrador del abandono lanzado por Jesús, es la expresión más estremecedora de una angustia sin límites. En el abismo de su soledad, Jesús muere, no solo abandonado de los hombres, sino absolutamente abandonado de Dios. Él, que ante todo el mundo había anunciado públicamente la cercanía y la venida de Dios, su Padre, muere ahora en este total abandono de Dios, lanzando un grito conmovedor.

Ante la cruz de Cristo, podemos contemplar la cruz de la humanidad. El horror de lo inhumano, rostros hambrientos, guerras, persecución a causa de la raza, religión y otros motivos. Soledades por abandono, por desamor. Todos los sufrientes de todos los tiempos y de todas las categorías humanas y sociales, proyectarán y volcarán en el crucificado su desgraciado penar. Los pobres del mundo podrán hallar en Jesús crucificado-resucitado, la confianza cierta de que, la fuerza liberadora de la resurrección, no defraudará ni frustrará definitivamente la esperanza de verse liberados de sus padecimientos.

Las mujeres

Ante la cruz de Jesús, hay un colectivo marginal que le acompaña, son las mujeres. La soledad de Jesús en la cruz se ve asistida por estas seguidoras fieles, desde el comienzo de su predicación hasta el fin, y hasta el principio nuevo: la resurrección. La pobreza de las mujeres consistía en ser seres marginales, por su condición femenina. Pero ellas, viéndose asistidas, escuchadas y perdonadas por Jesús, entienden que este hombre no es como los demás. Ellas intuyen que Jesús aporta dignidad humana, liberación, compasión, sanación. Junto a Jesús respiran amor, amor sin límites, amor hecho de finura y delicadeza, de compasión y liberación. Las mujeres serán las más fieles seguidoras de este hombre original y único, que no las juzga, y les permite estar a su lado, cosa impropia para un judío y escandalosa en su tiempo. Ellas serán portadoras de atención y servicio, con discreción y decidida fidelidad, permanecerán junto a Jesús, hasta el fin. Al pie de la cruz, ellas, conmovidas y compadecidas. Y en el sepulcro, sin esperar nada, solo asistir un muerto, ellas, las más fieles, allí estaban, aceites y aromas para el Amado. Y ellas, las mujeres, con sus lámparas encendidas, prudentes y vigilantes, serán las primeras en vivir la experiencia del Resucitado. Los discípulos abandonan a Jesús y huyen. Ellas no, las mujeres permanecen, silenciosamente calladas, son y están, magnánimas, enamoradas. Quien ama, conoce el amor y sabe permanecer donde está el Amado: Jesús. Las mujeres son las primeras que han visto al Resucitado y proclaman su resurrección. Como siempre sucede, no las creyeron. Pero es a ellas a quienes Jesús, el Resucitado, se aparece. La mujer, testigo y apóstol. De la pobreza al don del Amado.

Nuestra esperanza

El crucificado-resucitado, vive para siempre junto a Dios, como esperanza para nosotros. La seguridad de la fe, nos dice que Jesús no se quedó en la muerte, sino que resucitó y que Él es el viviente. Y los que creemos en su redención, sabemos que todos viviremos, felizmente también, junto a Él. La vida nueva de Jesús, el Resucitado, es esperanza cierta de vida para todos, aquí y ahora. Esta es la fe que anima nuestra existencia.

Cuestiones para la reflexión:

¿Es utópico pensar que las personas  podemos imitar el comportamiento de Jesús? 

Si no se imita el comportamiento de Jesús y el del Padre del cielo, ¿cuál será el referente de la conducta humana? 

¿Qué significa para nosotras imitar a Jesús solidario con los pobres? 

¿Qué significa para el cristiano de hoy, ser pobre? 

¿Vivo en verdad de amor y perdón? ¿Perdono cómo Dios me perdona?

 

2 respuestas a “POBREZA EN EL EVANGELIO DE MARCOS

  1. mdamat 16 agosto, 2020 / 7:54 pm

    Anna, la teva reflexió em fa pensar en el treball continuat que esta
    às fent sobre el Nou Testament. ànims i endavant!

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