CÁNTICO: CANCIÓN 3

 

buscando

Buscando mis amores
Iré por esos montes y riberas,
ni cogeré las flores
ni temeré las fieras
y pasaré los fuertes y fronteras.

En cada canción se va detectando un movimiento evolutivo y un dinamismo del ser. No permanecemos estáticos, siempre estamos en permanente proceso de transformación. Se aprecia que cada canción es un estado del alma diferente al anterior. Dice el comentario en esta tercera canción: “El alma que de veras a Dios ama no empereza hacer cuanto puede por hallar al Hijo de Dios, su Amado”. La amante, ya no puede detenerse ni conformarse con “pastos y pastores”. El alma oye en su corazón: “buscad mi rostro”. Y responde con fuerza y coraje: “Tu rostro buscaré, Señor”; y el gemir del alma: “no me escondas tu rostro”. Es así que surge desde dentro, una decidida voluntad de romper el límite que le detiene, porque ya no le valen terceros. Toma el riesgo de lanzarse a la aventura y buscar a solas al Amado. Nuevo desprendimiento, se vuelven a dejar cosas, asumiendo el riesgo de esa nueva búsqueda hacia lo desconocido. Comenta el Santo: “ni bastarán a detenerla e impedirla este camino todas las fuerzas y asechanzas de los tres enemigos del alma, que son: mundo, demonio y carne”. 

Darnos y regalarnos Dios la libertad, es habilitarnos y descubrirnos capaces de buscarle por nosotros mismos. “Es menester obrar de su parte lo que en sí es. Porque más suele estimar Dios una obra de la propia persona que muchas que otras hacen por ella”. Estar nuevamente en salida, ahora con nuevas determinaciones: ejercitarse en las virtudes. Es decir, clavar la mirada en el Amado y obrar según Él es y nos ha mostrado. El olvido de sí, es para traer memoria del Amado y vivir en el espíritu de las Bienaventuranzas, ejercitando las virtudes. La amada se reviste a gusto del Amado, obrando el amor en todo. La lucha es contra el mundo, el demonio y la carne. La eficacia de esta lucha vendrá por la oración, la conversión y las obras de amor, “por no quedarse sin hallarle”. Buscar al Amado es dejar amores y sabores de otros gustos y placeres tenidos. Pasar por un baño purificador de apetencias, hasta apetecer solo al Amado.

Ir por los montes y riberas es como unir “Marta y María anden juntas”, trabajo y contemplación junto. “Buscando al Amado, iré poniendo por obra las altas virtudes y humillándome en las bajas mortificaciones y ejercicios humildes. Esto dice porque el camino de buscar a Dios es ir obrando en Dios el bien y mortificando en sí el mal”. 

La vida liberada es vaciar el corazón de apegos y apetencias. Adquirir libertad y fortaleza para no coger las flores de los vicios que le deleitaron y apresaron. Expulsar del corazón todo lo que es “impedimento para la desnudez espiritual”. Ir al desnudo, sin dejarnos envolver por los afectos sensuales y espirituales, que unos y otros impiden la libertad de espíritu. Comenta Juan de la Cruz: “no solo los bienes temporales y deleites corporales impiden y contradicen el camino de Dios, más también los consuelos y deleites espirituales, si se tienen con propiedad o se buscan, impiden el camino de la cruz del Esposo Cristo”.

Todo este recorrido por montes y riberas será fatigoso y penoso, porque no solo es renuncia a los apetitos; también requerirá fortaleza para luchar contra el mundo (las fieras), demonio (los fuertes) y carne (las fronteras).

No temer “las fieras”: el mundo. Este lugar donde hemos vivido y crecido, que nos es conocido, familiar y querido, amado y gozado. Todo lo que han sido nuestros “contentos y deleites”. Todo lo que es nuestra reputación y tenidos por estima a los ojos de la gente, se viene abajo, hasta sufrir mofa y desprecio.

No temer “los fuertes”: el demonio. La dura prueba y aplastante combate, como Jesús en las tentaciones en el Desierto, será enfrentarnos con la realidad de lo diabólico. La fuerza del Maligno es demoledora para la pobre alma en su combate espiritual. Nada lo dice mejor que el comentario del libro: “Ningún poder humano se podrá comparar con el suyo, y así solo el poder divino basta para poderle vencer y sola la luz divina para poder entender sus ardides. Por lo cual el alma que hubiere de vencer su fortaleza no podrá sin oración, ni sus engaños podrá entender sin mortificación y sin humildad”. Así la amada se aplica a la oración y cruz de Cristo, de donde le vendrán todos los bienes. Este bien lo trae la redención de Jesucristo, el Amado.

Pasar los “fuertes y fronteras”: la carne, como oposición al espíritu, en el combate contra las apetencias sensuales de nuestra naturaleza humana. La entrega a las satisfacciones sensibles da la medida de la lucha que habrá de librar el alma, si de veras quiere ir a Dios. Tanto más dada a satisfacerse, más impedida para deshacerse y “pasar a la verdadera vida y deleite espiritual”. Todo depende de la determinada determinación con que la persona emprende la búsqueda para encontrarse con el Amado y ser al fin sanados por Él.

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