CÁNTICO: CANCIONES 8 Y 9

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CANCIÓN 8

Mas, ¿cómo perseveras,
¡oh vida!, no viviendo donde vives
y haciendo porque mueras
las flechas que recibes
de lo que del Amado en ti recibes?
 

La amada se interroga a sí misma: ¿cómo perseveras, ¡oh vida!, no viviendo donde vives? Su estado de gemido y dolor es también de aprovechados, porque sus ansias y vida es en Dios. Todo su ser y pensar lo tiene en Él. Y todo lo que de Él recibe le hace penar, hasta morir, por no tenerle a Él mismo en posesión plena.

Ella ve que vive más en lo que siente, piensa y experimenta sobre el Amado, que en su propia realidad terrena, porque esta le genera estrechez y apretura. Tantos toques de amor y tanta herida, siente que le hacen morir, pero no le acaban, y con todo “el alma más vive donde ama que en el cuerpo donde anima”. Todo transcurre en deseo de poseer a Dios, y mientras esto no llega, todo le es vida penosa a causa “de lo que del Amado en ti concibes”. 

Es una intuición profunda y sentida “de la grandeza, hermosura, sabiduría, gracia y virtudes que de él entiende”. Así, estando en este sentir, todo lo de acá le es nada o más bien cárcel que impide el vuelo definitivo junto al Amado. Por eso vive en este amor que le es sabroso y doloroso, pero siempre en paz, porque entiende que todo le viene de Dios.

HERIDO

CANCIÓN 9

¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste
y no tomas el robo que robaste? 

La amada, tras debatirse consigo misma, vuelve nuevamente la mirada al Amado “que le causa todo este dolor”. La amada comprende que no tiene “otra medicina sino a su Amado”. Él es quien le ha llagado, Él es quien le ha de curar y esta es su gimiente esperanza.

La relación es a modo de clamor y reproche: “¿Por qué, pues has llagado aqueste corazón, no le sanaste? La amada desea este amor, pero esto que le es tan amable y dulce, lo quiere al completo, vivir en este estado de cielo amoroso para siempre. Es como decirle al Amado: si me amas y muestras señales de tu amor, no me las quites, “no me escondas Tu rostro”, muéstrate y concédeme estarte mirando y contemplándote siempre.

Si me has robado, quédate con el robo, quédate conmigo, que soy lo robado. “¿Y no tomas el robo que robaste?”. La amada viene a decirle: ¡vivamos polarizados uno al otro! Me has robado y me has hecho posesión tuya, sé mío Tú también. Atiende y cuida el robo que robaste que soy yo.

Porque, “el alma que ama no espera el fin de su trabajo, sino el fin de su obra. Porque su obra es amar, y de esta obra, que es amar, espera ella el fin y remate que es la perfección y cumplimiento de amar a Dios”. Su penar es tenerse que conformar en buscar en todas las cosas a su Amado y no hallándole como le necesita, todo le causa tormento y hasta la vida y el trato con las personas no le llenan, y todo junto le hace estar en un ¡ay! ansioso y penoso. Aunque, todo lo que mira es contemplado con los ojos del Amado, así en esto mismo halla su paz y calma sus ansias.      (Continuará)

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