CÁNTICO: CANCIÓN 10

mirando

CANCIÓN 10

¡Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos
y solo para ti quiero tenellos!

Reitera la amada, una y otra vez, que el Amado ponga fin “a sus ansias y penas”. Quien anda en amor, solo el Amado serena las ansias y los reclamos amorosos. Ver al Amado es satisfacer el deseo del corazón de la amada. Verle, clavando los ojos en solo esta mirada, nos recuerda el texto de Hebreos: “Fijos los ojos en Jesús” (Hbr 12,2). Y la Santa: “Los ojos en vuestro Esposo”; “Los ojos en Cristo”. Y en el Cantar de los Cantares: “Yo soy como una muralla, y mis pechos como torres. Por eso, a los ojos de él, ya he encontrado la felicidad”. Todo lleva a mirar y ver con deseos irrefrenables.

Si el Amado no se hace el encontradizo, la amada siente el frío de su ausencia y se desestabiliza. Si el Amado no se deja ver, la amada siente “enojo y “fatiga”; nada basta para “deshacellos, sino la posesión del Amado”. Cuando Él asoma, la amada se recrea al frescor de la presencia deseada. Sin esta presencia, “ella está padeciendo con fuego de amor”, porque el alma no soporta la ausencia.

El Amado está pronto para darse y mostrarse cuando ve que el alma no “tiene ni pretende otra satisfacción y consuelo fuera de él”. El Amado nunca se tarda cuando ve la espera amorosa y ansiosa de la amada, siempre está pronto para mostrarse y proporcionarle consuelo.

Prosigue ella diciendo: “Y véante mis ojos”, ver al Amado cara a cara solo se cumplirá cuando la amada sepa mirarle con los ojos de Él. Ver con los ojos del Amado es haber puesto el Amado luz en ellos, en los de la amada; sin esta luz, no sabría verle ni reconocerle. Sin esta luz no sabría ver el rastro del Amado ni en la creación ni en las criaturas, nada le sería amable. Recibir luz del Amado supone perder de nosotros, para ser ganados por Dios, hasta saber ver todo con los ojos del Amado. Él se nos da cuando nosotros nos damos.

Y añade: “Pues eres lumbre de ellos”, es tener certeza de que, para verle, solo el Amado puede iluminar y esclarecer la mirada. Sin el resplandor del Amado, solo hay oscuridad y tinieblas. “Y véante mis ojos”, es disponerse a recibir esa luz del Amado, que le permite verle a Él y saberlo ver en todas las cosas, aunque ellas no sean propiamente Él, se trata de saber detectar el rastro que dejó en ellas.

“Y solo para ti quiero tenellos”. Ya el alma solo la ocupa el Amado y en Él tiene su centro, por ello su ser entero ha ido quedando polarizado en el Amado, sin mirar otras cosas. Nada la descentra, el amor la acapara, “pues todas las cosas tiene dejadas y a sí misma por él”.     (Continuará)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s