CANCIÓN 12

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¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!

El diálogo de la amada ya no es con el entorno, sino con el Tú que lleva dentro. El lenguaje de la fe será el único medio para la verdad oculta y amorosa que vive con el Amado: “Oh fe de mi esposo Cristo, si las verdades que has infundido de mi Amado en mi alma, encubiertas con oscuridad y tiniebla / las manifestases ya con claridad / lo mostrases y descubrieses en un momento / formada y acabadamente, volviéndolas en manifestación de gloria”, sería ver la “cristalina fuente”, la imagen deseada del Amado viva y clara, “fuente” donde saciar todas las ansias y llenarse de todo el bien que es ver y poseer al Amado.

“Si en estos tus semblantes plateados”. La fe es oscura, sin embargo, cuando el alma ha vislumbrado y gustado los bienes que los “toques” del Amado le han causado, la oscuridad de la fe, pasa a tener “semblantes plateados”, quedándose el alma aspirando a poseer el oro que contienen dentro. El “semblante plateado”, pertenece al sentido de la fe; el oro, sin embargo, es su verdadero contenido, que solo puede ser visto y poseído en la otra vida. “La fe nos da y comunica al mismo Dios, pero cubierto con la plata de la fe”, encubierto en el “semblante plateado”. Y es tal el deseo del alma, que la amada pide al Amado: “formases de repente los ojos deseados”, es decir: descubre lo encubierto en la fe, el oro escondido que es Dios mismo, dámelo claramente y al descubierto “como pide el deseo”.

Porque, sentirse la amada mirada por el Amado, es tener en sí los ojos impresos dentro, por lo cual dice: “que tengo en mis entrañas dibujados”. La fe le pone este convencimiento interior, aceptando con humildad que, todo lo que se siente y se ve en fe, no es acabada visión, es “semblante plateado”, el oro queda escondido. 

La seguridad -en fe-, de la presencia del Amado, lleva a “ser verdad decir que el Amado vive en el amante, y el amante en el Amado”. Esta unión crea la semejanza, hasta afirmar “que cada uno es el otro y que entrambos son uno”. Es la total armonía del enamoramiento que, “entrambos son uno por transformación de amor”. Es la afirmación paulina de que la unión con Cristo nos lleva a vivir vida divina más que humana, porque ya Cristo lo es todo y hace todo en el ser que se ha dejado transformar. La unión de amor es vida de Cristo, y esto será vivido en plenitud en el cielo cuando ya seremos configurados con Dios: “la vida de Dios será vida suya”. 

La vida de Dios es dicha para el alma y en ella “se contenta grandemente el Amado”. El alma solo ansía al Amado, beber vida de Dios como lo único que colma y calma sus ansias amorosas. Todas las pruebas y dificultades tiene ya en nada y se dispone a pasarlas todas con tal de saciar su hambre y sed de Dios. En tanto “se va juntando más a Dios, siente en sí más el vacío de Dios y gravísimas tinieblas en su alma, con fuego espiritual que la seca y purga, para que, purificada, se pueda unir con Dios”. Pero Dios, “conforme a las tinieblas y vacíos del alma son también las consolaciones y regalos que hace”. La amada vive vida regalada y purificada.

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