CANCIÓN 13

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¡Apártalos, Amado,
que voy de vuelo!
Esposo
¡Vuélvete, paloma
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma
al aire de tu vuelo, y fresco toma! 

Aun pareciendo que el Amado se tarda en sus asomos, ningún ansia y deseo de Él queda sin respuesta de parte de Dios. A los gemidos del alma reclamando presencia, el Amado visita a la esposa “con grande fuerza de amor”. La amada queda correspondida y sobrepasada en el reclamo que viene haciendo al Amado.

Los ojos del Amado sobrepasan la capacidad de recibir la comunicación y fuerza que lleva la mirada amante. Esta fuerza y grandeza divina trastoca el natural, lo excede y arrebata, no sin temor de quien recibe el toque. Es una gracia divina que la naturaleza humana no sufre y no solo causa desconcierto, además, afecta física y psíquicamente hasta la exclamación de un: “¡apártalos, Amado!”, en la contradicción que siente el alma entre el querer y no poder.

Los ojos de Dios abren nuestra propia mirada y la dilatan. Mirarnos Dios supera lo natural tocando los centros neurálgicos del alma, dilatándola. Todo el ser queda como en suspense, vuelo del alma fuera de lo natural y material del cuerpo, produciendo una escisión entre nuestro ser carnal y la realidad espiritual. Por más que abre Dios y ensancha la capacidad de comprensión de la mente y el corazón del ser, ella, aun viéndose correspondida, también toca y sufre límite en su capacidad receptiva y exclama: “¡Apártalos, Amado!”. Y es que no se sufre este fenómeno místico en la pequeñez de nuestra naturaleza quebradiza.

Si Dios se diera más de lo que podemos asimilar, nos haría morir; y, aunque bien lo desea la amada, no le es llegado su tiempo de gloria, por eso Dios la hace volver. Pero ya la vuelta la deja mejorada y más llagada y llegada al Amado, porque Él ya se muestra a deseo de ella y la colma y calma. Dice el comentario: “Porque tal es la miseria del natural en esta vida, que aquello que al alma le es más vida y ella con tanto deseo desea, que es la comunicación con su Amado, cuando se le viene a dar, no lo puede recibir sin que casi le cueste la vida, de suerte que los ojos que con tanta solicitud y ansias y por tantas vías buscaba, venga a decir cuando los recibe: ¡Apártalos, Amado!”. 

La amada experimenta el amor y el temor todo junto. El amor la deleita y la dilata, pero el natural teme el toque sobrenatural y le hiere, se queja la carne, pero goza el espíritu y vuela a vuelo del Amado, que es ver cumplido el deseo del alma como venía pidiendo. Y surge un nuevo reclamo, y es que, la amada, volando fuera de la carne, no quiere volver a ella, y pide al Amado que se comunique fuera de la carne en el Espíritu, hecha espíritu con Él. Viene a ser algo así como desearse la muerte, para solo gozar vida de Dios en Dios mismo.

Estos estados de arrebatos místicos suceden entre el deseo placentero y el dolor de lo insufrible en la condición de ser criatura. Es un estado de “aprovechados”, como aprendiendo a recibir gracia de Dios. Pero la mística también madura el ser, serenando los excesos y recibiendo la comunicación en “paz y suave amor”, siendo la comunicación no menos intensa, sino más integradora. Dios va agrandando la capacidad de ser recibido en el alma.

El Esposo ataja el vuelo espiritual con una radical vuelta al estado natural y dice: “¡Vuélvete, paloma!”, es decir: “no es llegado ese tiempo de tan alto conocimiento, y acomódate a este más bajo que yo ahora te comunico en este tu exceso”, “que el ciervo vulnerado” –el Esposo-, ya está pendiente de la “consorte”, “y la regala y acaricia”. Todo queda comunicado y compartido, siendo la herida de amor de la esposa llaga que llaga al Esposo, porque: “al gemido de ella viene herido del amor de ella; porque en los enamorados la herida de uno es de entrambos, y un mismo sentimiento tienen los dos”. Llagados de amor los dos, Amado y amada.

“Por el otero asoma”. La contemplación, en esta altura, es ahora gracia que Dios regala al alma dándole noticia y mostrándose Dios, pero en leve y fugaz asomo.

“Al aire de tu vuelo y fresco toma”. Contemplación-éxtasis, es el vuelo que experimenta el alma fuera de sí. Un estado de gracia al aire del Espíritu de amor, porque todo sucede en amor. Y porque Dios se comunica, no por el vuelo del alma, “sino por el amor y conocimiento”. Es como un leve roce de conocimiento de Dios, como aire amoroso, como un degustar amor de Dios. Todo va fundado en amor, como realidad que agrada a Dios y por la que se une a Dios el alma. La única vía de unión es el amor. “Esta caridad, pues y amor del alma hace venir al Esposo corriendo a beber de esta fuente de amor de su Esposa”. 

“Y fresco toma”. El amor es arder en fuego. El aire del Espíritu es frescor que refrigera, atempera y recrea. Y hasta el mismo aire es a la vez “más fuego de amor”. Dios, dándose, abre comprensión de amor, dilata el amor y el ser queda enriquecido en gracia y amor. Y todo sucede según “la voluntad y amor del alma”. Tal es el reclamo de la amada, tanto se da y regala Dios. El alma se torna canto de alabanza “refiriendo las grandezas que en esta unión en Él siente y goza”. Y así exclama en la canción siguiente: “Mi Amado las montañas…”   Continuará

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