CONVERSIÓN

 La conversión es siempre camino hacia la libertad. Nada superamos huyendo de las dificultades que sufrimos, porque nuestra realidad humana es frágil, quebradiza y menesterosa. Convertirse, liberarse, supone la valentía de asumir los conflictos personales; verlos, reconocerlos y aceptarlos con benevolencia y actitud de humildad. Y toda esa realidad de desorden, ponerla tranquilamente en manos de Dios, con absoluta y segura confianza de que Él trabaja en nosotros un proceso de rica transformación y alegre liberación.

Dios se compadece de mis impotencias y de todo aquello que me hace sufrir. Él toma toda mi dificultad, la abraza y la ama, la arropa, la cura. Dios no me echa nada en cara, “porque es eterna su misericordia”. Él siempre me mira complacido, regalándome amor, y quiere que mi ser y mis obras anden también en amor; es la comunicación y comunión entre Él y yo. “Amada en el Amado transformada”.

No huir, no rechazar la dificultad, no esconderla, más bien asumirla, mirar de frente, decirme la verdad y afrontarla trabajando la dificultad. Sea lo que sea y por oscura que sea la realidad, por bloqueada que esté por dentro, Dios quiere iniciar un proceso de liberación y reconciliación conmigo misma y con toda mi historia. Dejar hacer a Dios y dejarnos hacer por Dios. El que nos creó nos sigue creando y recreando. “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 126). Dios obra en nosotros hasta donde nos dejamos obrar, nada deja por hacer, si le dejamos. Así de libres nos quiere y respeta.

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