MUJER HERIDA

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Queridísima Mara: Con motivo del Día Internacional de la mujer que se nos avecina, quiero manifestar, como mujer herida, que también esperanzada, lo que siento dentro de mí por el hecho mismo de ser mujer. Hay como una fuerte resistencia en mi interior que anhela plantar cara a la injusticia que genera la exclusión de la mujer en la Iglesia por el sistema eclesial. Siento un inconformismo indomable que grita la segura verdad de que las cosas, en el interior de la Iglesia, pueden y deben ser de otra manera.

El sistema, dirigido por solo varones eclesiásticos, nos ha marginado y nos ha impuesto un silencio injustificado -el robo de la palabra, del sacerdocio, de la igualdad- que dura siglos y milenios. A las mujeres no se nos reconoce la misma libertad, dignidad y capacidad dentro de la Iglesia, pensada y organizada por solo el parecer de sus jerarcas. ¡Surja la palabra profética denunciadora y libertadora de este mal!, creado por la injusticia de este totalitarismo impositivo que, por su terquedad y sinrazón, excluye el valor de Dios que es la mujer para los servicios esenciales en las comunidades. Estamos relegadas a lo secundario y esto no es de Dios, no es de Jesús, no de su Evangelio. Esta exclusión lesiona gravemente la fraternidad.

Muchas somos las que lloramos, herida el alma, por la negación humana de este proceder con nosotras. Nos sabemos y sentimos llamadas, pero tendrá que ser el mismo Espíritu quien derribe los muros y abra un camino nuevo de libertad y verdad desconocida hasta este momento, y se realice en nosotras lo que es llamada suya. No sé cuánta lucha habremos de librar, cuánto camino andar, cuánta herida sufrir, cuánta soledad y sequedad aguantar. Pero sí creo que hemos dado los primeros pasos y que ya no tememos nada de nadie. No podemos seguir siendo víctimas de una jerarquía patriarcalista que impone su visión sobre el laicado, y sobre las monjas, más que sobre los monjes.

Mujeres heridas, sí, pero no plañideras. Hemos sabido permanecer por milenios en silencio escondido, callado amor y permanente servicio. Seguimos perseverando al pie de la cruz, nos asomarnos al sepulcro vacío, y con solo girarnos oímos al Amado que nos llama por nuestro nombre: ¡María! ¡Raboni!”; y le seguimos. Jesús nos da ánimo y aguante, acrecentamos la esperanza y mantenemos viva la confianza. Miramos al Jesús sufriente, crucificado, resucitado y seguimos adelante. El Amado nos hace amantes.

Hay una fuga imparable de hombres y mujeres que se van de la Iglesia, hastiados por esta injusticia, por falta de diálogo abierto y consultivo, por ver que los varones eclesiásticos siempre quieren tener y decir la última palabra. Si la justa libertad que pedimos no se da, la injusticia permanecerá estable y directiva en el sistema eclesial, como injusticia oficialmente establecida.

Me es connatural esta resistencia ante el menosprecio hacia las mujeres y no lo acallaré. Sé que la victoria del Resucitado queda velada y hasta oscurecida, mientras la institución eclesial se siga resistiendo a esclarecer y purificar su pecado de exclusión hacia nosotras y nuestro derecho de igualdad. Me pregunto ¿quedará frustrada mi esperanza de ver sanada esta herida? Tal vez, desde el Monte Nebo, veré la tierra prometida, tierra de libertad concedida para todos. Y creo, como Moisés, que comenzar a caminar y vivir esta liberación es ya ganar el combate y está siendo cosa de Dios.

Seguramente no tendré la alegría de ver y gozar esta liberación, pero la voy haciendo realidad con un pequeño grupo de mujeres que, al igual que yo, nos sentimos libres para ser todas juntas celebradoras de eucaristía con sencillez y verdad. Todo depende de la conciencia e identidad de ser eucaristía, ¡somos eucaristía!, porque Jesús nos hace lo que Él es: pan de vida. Esto aviva nuestra realidad sacerdotal y celebrativa, no privacidad de una élite. Sea esto semilla y siembra para una generación futura que está por nacer. Las cosas de Dios son amplias, no reduccionistas. Negar a las mujeres el sacerdocio es falta de caridad hacia los reclamos de las personas y estrechez de mente. Se mira más el cumplimiento de la ley y la norma, seguir las costumbres tradicionales, que cubrir las necesidades de las gentes. Anchurosa quiere Dios la libertad.

Bien es verdad que, por un momento de claridad y seguridad sobre estas certezas, suceden largas y penosas noches oscuras que generan temor y temblor. El alma se estremece ante los fríos de lo frágil y perecedero. ¿Vale la pena el absurdo sufrir?, pero ¿cómo darle fin? Y al fin, sé también que, por un momento de luz y certeza interior, quedo fortalecida de manera que puedo decir sí a pasar otras mil malas noches oscuras con su dolorosa inquietud y desestabilización. Que la noche pasa y vuelve a clarear y vislumbrar en la luz novedades. Toda certeza interior, Dios la lleva a sana purificación para mayor iluminación. Las seguridades se dan también en nuestra frágil arcilla. Afirmamos la convicción de un hacer del Espíritu en nosotras, como mujeres que se dejan conducir por Él, no solo por lo que digan y decidan los jerarcas sobre nosotras. Ya no es tiempo de someterse, es tiempo de levantar la voz y proclamar que las cosas han de ser pensadas y decididas en consenso con el laicado también, con toda la Iglesia.

Mara, oro y pregunto a Dios: ¿por dónde se abrirá el camino de la libertad? Y sigo orando porque no sufro tanta sumisión de la mujer ante el poder eclesial. Y pido que la mujer crea en la mujer, para lograr juntas la igualdad. Creo que la Iglesia tiene que ser modelo de liberación, acogiendo la pluralidad, transitar caminos abiertos hacia la fraternidad entre iguales, hijos e hijas de Dios. Y sigo orando para hacer de mi vida un servicio ofrecido de caridad hacia la comunidad, a la vez que profetizo, con grito herido sí, esperanzado también, el no a la inferioridad de nuestra situación, ante la élite de clérigos que deciden por nosotras dónde permanecer.

Soy mujer que amo la libertad y lucharé hasta el fin de mis días por conseguir esta justicia. Y es en este combate que hallo gustosos momentos de seguro camino y felicidad en caminarlo. Dentro de la realidad de la vida religiosa he visto claro que nuestras instituciones son lo más sometido al sistema eclesial, somos las más controladas y sumisas, mucho más que los varones religiosos y monjes. Pero también los laicos tendrán que reclamar su propio protagonismo. La Institución eclesial no puede seguir siendo una dictadura, tendrá que abrirse a maneras más participativas, dialogadas y acordadas. No hacerlo, es afirmarse en lo dictatorial.

En fin, Mara, aquí te dejo esto, tú siempre me alientas a seguir adelante, a la vez que me descansas en tu amistad y oración. Gracias por estarme cercana y comprensible siempre. Con amor y comunión. Nura.       Anna Seguí ocd

4 respuestas a “MUJER HERIDA

  1. Remedios 5 marzo, 2021 / 5:12 am

    ¡¡¡Anchurosa libertad!!! Que hermosa expresión cuando se vive desde dentro y cuando ha sido tan trabajosa y costosamente conquistada. Mujeres de todos los tiempos han sido acalladas, silenciadas ,ninguneadas,,asesinadas y quemadas, por conseguir una justicia, una libertad y dignidad que se les negaba. Me uno a tu reclamo y también yo digo ¡basta ya!
    Gracias Anna , por tu condición de mujer, de mujer consagrada, por tu anchurosa libertad y por tu amor a Dios y a la Verdad.

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  2. marivjo 5 marzo, 2021 / 9:59 am

    Grandiosa, Anna. Lo primero que me ha salido al leerte es…perdóname pero así lo asumes: «olé tus…» Te acabo de publicar en redes sociales a mi alcance. Y me alegro de tu valentía evangélica, la autentica «parresía». Adelante. En comunión, Anna, un abrazo

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    • Anna Seguí ocd 5 marzo, 2021 / 10:15 am

      Gracias por tu comprensión y comunión. No sabía que estabas en tanta apertura, lo agradezco de corazón. Nos toca sufrir, sí, pero no nos acallaran. Es la voz profética de las mujeres en la iglesia. Seguimos.

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  3. Anna Seguí ocd 5 marzo, 2021 / 4:15 pm

    Anna Seguí, ocd

    Carmelitas Descalzas de Puçol (Valencia)

    Aventurar la vida

    ________________________________

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