LA MISERICORDIA EN LA BIBLIA

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Introducción 

La Biblia es el libro de la misericordia de Dios. Su proyecto sobre la humanidad es un proyecto de amor misericordioso: “No apartaré de ti mi misericordia, y mi alianza de paz no se moverá; dice Yahvé, que tiene misericordia de ti” (Is 54,10). “¡El Señor llevará a feliz término su acción en mi favor! Señor, tu misericordia es eterna; ¡no dejes incompleta la obra que has comenzado” (Sal 138). Dios ha emprendido una historia de amor con la creación y la humanidad. Él ha dicho: “Nunca te dejaré ni te abandonaré” (Heb 13,5).

Dios tiene un nombre: “Padre de las misericordias y Dios de toda consolación” (2Co 1,3). La Biblia, de parte a parte, queda traspasada por la misericordia de Dios. Cada página está escrita y penetrada por el hacer misericordioso de Dios, que todo lo hace según Él es: “Compasivo y misericordioso” (Ex 34,6); Misericordiae Vultus. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, todo va envuelto y penetrado de la bondad misericordiosa de Dios. Dios es el Logos de la misericordia. Se define a sí mismo como: “Padre de misericordia y Dios de toda consolación” (2Co 1,3). “Clemente y misericordioso” (Sal 144).

En el principio la misericordia 

En el principio: “La tierra era soledad y caos, y las tinieblas cubrían el abismo; el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gén 1,2). Sí, será la energía del Big-Bang y su resonante estallido, detonador del caos.  En este mismo momento, al instante que estalla el Big-Bang, surge también el hálito divino de Dios. Su Palabra irrumpe en medio del desorden, con un decidido “¡Hágase!”. Dios ordena y el caos deviene cosmos. Es la fuerza del amor, la decisión de Dios amor, que quiere que la masa informe se torne vida. La creación comienza por medio de la Palabra, organizando el cosmos, sacándolo del caos primordial y creando la existencia. Dios crea las cosas haciéndolas buenas. Y se goza en su creación: “Vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno” (Gn 1,31). Lo repite cinco veces.

La pareja humana

En el centro de la creación y como culmen: la pareja humana. “Cuando Dios creó al hombre, lo creó semejante a Dios mismo. Hombre y mujer los creó, y les dio su bendición” (Gn 1,27). Hechos a imagen y semejanza de su Creador. Bondad y belleza es su estado natural. La felicidad envuelve la creación. No hay agresión ni violencia alguna. El ser humano, hombre-mujer, se deleitan en la paz armoniosa del paraíso. La felicidad en sí misma es la oración de la pareja alabando al Señor. Y “La misericordia del Señor llena la tierra” (Sal 32). El ser humano, hombre y mujer, son amigos de Dios. Todo les está permitido. Todo. Menos hacerse como Dios. Dios es Dios, la criatura siempre criatura, supeditada al Creador. Es nuestra condición. Más nos vale. 

Comienza nuestra tarea 

Desde el comienzo, Dios es el responsable de su creación. La pone en manos del ser humano para que la proteja, la sostenga y haga crecer. Es decir: hemos sido creados para seguir creando y organizando la felicidad del cosmos. Llevamos en nosotros el germen de la posibilidad, la fecundidad y la sostenibilidad. Ante la responsabilidad humana, Dios se retira. “El séptimo día terminó Dios lo que había hecho, y descansó” (Gn 2,2). Comienza nuestra tarea: “Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies” (Sal 8).

Relación procreadora 

Con el descanso de Dios, surge la actividad del ser humano. El hombre y la mujer se conocen, se aman, se descubren sexuados y procrean. Descubren que la relación amorosa es fecunda. Descubrimiento que pasa a la posteridad. La humanidad es humana gracias a la relación amorosa. Solo gracias al amor. El amor cura nuestro caos primordial, nos hace cosmos, es decir, nos humaniza. Pero la humanidad es humana si se mantiene vinculada al Creador. Si deja que Dios sea Dios en medio de nosotros.

El ser humano, desde el inicio, tiene un referente: Dios, su creador. Y un estilo de vida: libertad, amistad, fidelidad, jardín, felicidad, armonía, justicia, paz. Cuando se rompe la fidelidad, surge el desorden. Pero, cuando emerge el mal, aparece también la cara amable de la misericordia de Dios. Dios amor ama misericordiosamente: “Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte” (Sal 32). Y la misericordia de Dios se torna posibilidad restauradora: Recrear el ser y el jardín perdido. Volver a la bondad y belleza primera, a la felicidad como proyecto de Dios para sus hijos. Procrear, fecundar, trabajar, amar, es recrear el jardín. 

La infidelidad 

La infidelidad, o desobediencia de la criatura a su Creador, ha erigido el mal. El ser humano queda dañado, desarmonizado. Y la dolencia le hace violento, también menesteroso. Se produce la lejanía y la pérdida de la felicidad. Cuando nos situamos fuera de Dios, rompemos la armonía creadora. Surge la violencia, la agresión y la muerte. La vida en la tierra se torna hostil. Ha nacido la impiedad. La violencia mata al hermano. “Caín, ¿dónde está tu hermano Abel?” (Gn 4,9). Se ha ejecutado el crimen. Cuando el hombre mata al hombre, mata la vida. Cuando el hermano mata al hermano, se mata a sí mismo. Se propaga así la violencia. Y la actitud agresiva se apodera de la humanidad. El aire de la felicidad se contamina cuando aparece la maldición. La carne sana y la mente clara enferman.

La violencia 

El mundo se vuelve un lugar violento, inseguro. La envidia, la codicia del poseer, la pelea por el poder, el odio, son las amenazas quebrantadoras de la armonía y la felicidad. Una oscuridad enturbia la luz que todo lo iluminaba mostrando la belleza de las cosas buenas. Las obras de la luz se tornan tibias. El ser humano lucha por la supervivencia que le asfixia la ilusión primera, donde todo era deleite. Necesita salvarse del caos que se está generando en su entorno. Más grave aún, dentro de sí. Ellos, hombre y mujer, habían sido creados para la felicidad. Y la han perdido.

El ser humano no halla en sí mismo el valor y la fuerza para retornar al paraíso. Este lugar le ha sido vetado. Tiene que labrar su propio jardín con trabajo y cansancio, sudor y dolor. Pero Dios le ofrecerá su amor primero, misericordioso y salvador, posibilitador de nueva felicidad. Dios no quiere la perdición de nada ni de nadie. Por eso iniciará un camino de confianza salvadora. “No quiero que el malvado muera, sino que cambie de conducta y viva. Yo, el Señor, lo afirmo.” (Ez 18,23). La misericordia es ternura, compasión y perdón. Por eso Dios se abaja hasta el pecado a rescatar la persona. “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de gracia y de misericordia” (Sal 102).

Ante la necesidad humana, el amor de Dios toma nombre: misericordia. El ser humano, por siempre, a lo largo de la historia, apelará al amor misericordioso de su Dios, que desciende hasta el barro curando el rostro dañado, arropando la fragilidad, robusteciéndolo. Así la humanidad aprenderá a vivir del amor misericordioso, salvador, sanador, perdonador y restaurador de la felicidad. “Mi misericordia no se apartará de ti” (Is 54,10). El ser humano siempre tendrá dónde recurrir, “Yo soy el Señor, no hay otro; fuera de mí no hay Dios” (Is 45,5). “No reconozcas como Dios a nadie sino a mí, pues tan solo yo soy tu salvador” (Os 13, 4).

En la Biblia aparece bien reflejado el drama de la violencia. Hoy acudimos asombrados ante la creciente ola de la violencia que afecta nuestro mundo. Hay como un miedo contenido en el corazón de la gente, un rumor amargo que se apodera de todos. Sin embargo, también hoy como ayer, Dios abre un camino a la esperanza para toda la humanidad. Nada puede arrancar la esperanza del corazón humano. Solo la esperanza y la confianza hacen brotar la vida. Pero a todos se nos llama a la responsabilidad: “Mirad, hoy os doy a elegir entre la vida y el bien, por un lado, y la muerte y el mal por el otro. Si obedecéis lo que hoy os ordeno, y amáis al Señor vuestro Dios, seguís sus caminos y cumplís sus mandamientos, leyes y decretos, viviréis y tendréis muchos hijos, y el Señor vuestro Dios os bendecirá” (Dt 30,15). De lo que elijamos depende la felicidad. 

La esperanza 

Dios siempre está pronto para preparar “un pueblo de corazón bien dispuesto” (Lc 1,17), que le sea fiel. Dios nos va inspirando aquella bondad de su imagen que llevamos dentro. El germen del amor, para que vuelva a surgir la carne sana y la mente clara. Dios nos abre a la posibilidad de una rehabilitación de la felicidad. Volvernos a emocionar por la belleza de una flor, extasiarnos por el canto de un pájaro, enternecernos por el alumbramiento de un bebé, conmovernos por el beso y abrazo amoroso, asombrarnos por la poesía y el baile, alegrarnos con la natural desnudez que no avergüenza. Son brotes de esperanza.

Que en la tierra la vida pueda ser plácidamente vivible. Aplacar la violencia y construir la paz: “En Ramá se escuchan ayes, lloro amarguísimo. Raquel llora por sus hijos, y no quiere que la consuelen, porque ya no existen”  (Jr 31,15). “Sí, un lamento llega de Sión: ¡Ah, en qué desastre estamos! ¡Qué vergüenza nos cubre! ¡Tener que abandonar la patria, y dejar nuestra casa!… Ha escalado la muerte por nuestras ventanas, ha penetrado en nuestros palacios, segando a los niños por las calles, a los jóvenes por las plazas” (Jr 9,18-20). “¡Tierra, tierra, tierra! Escucha la palabra del Señor” (Jr 22,29).

Viendo el drama humano. Ante la vergüenza del odio y la guerra. Sabiendo la imposibilidad para retomar el bien. Dios se implica de nuevo con lo que Él mismo ha creado. Sus entrañas de misericordia recrearán de nuevo la tierra. “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 32). Tras la creación, Dios no volverá a hacer nada sin la colaboración del ser creado. El ser humano lleva en sí la semilla fecundadora de la tierra para que vuelva a rebrotar la vida nueva.

Una elección 

Dios elige un hombre: Abraham. Y le llama. Cuando Dios llama, pone rostro y nombre. Resplandece nuevamente la esperanza. La elección de Abraham es un acto de la misericordia de Dios, que quiere salvar a la humanidad por medio de la humanidad. 

La llamada lleva consigo una exigencia: Obedecer. “sal de tu tierra a la tierra que yo te daré” (Gn 12,1). Salir de la tierra es salir del límite, es romper la estrechez que nos ata. Dios nos lanza a la novedad de lo desconocido. Es llamada a descubrir nuevos horizontes de esperanza. Ser creadores de historia de salvación. Ofrecer Dios una tierra, es regalarnos la tierra nueva de la gracia, que implica ejercer las obras de misericordia. Como Dios: “Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos” (Os 6,6). Y la gracia nos abre a la confianza.

Abraham parte. Para el hombre que se arriesga a decir sí a Dios, todo va en fe y confianza. No hay agarraderos ni referencias. Es el absoluto comienzo de algo que, en la vida, se nos pedirá muchas veces: abandono y confianza. Fiados y amparados solo en la misericordia de Dios, que nos regala seguridad.

En su corazón, Abraham sabe que va de la mano invisible de su Dios, que se le ha mostrado como amigo. Un diálogo amoroso en el que Dios y el hombre se comprometen para siempre en fidelidad. Para Abraham, lo fundamental será la confianza en Dios. La confianza le dio seguridad. Los amigos de Dios que se han fiado de Él han transformado la historia de la humanidad. Han sido constructores de justicia.

Con Abraham se inicia el primer paso de una nueva creación, donde la pedagogía de Dios trabajará con maestría, con amor misericordioso. La misericordia de Dios ha fecundado las entrañas de Sara. Y mientras tanto, Abraham contempla las estrellas, viendo en ellas la esperanza de los hijos de la futura humanidad. Somos los hijos de la promesa. La esperanza salvadora dilata las estrecheces, y la salvación irá alcanzando a todos. Empieza a vislumbrarse, tenuemente todavía. Todo sucede como fruto del amor misericordioso de Dios.

Una llamada y una misión 

Junto a Abraham, otro hombre: Moisés. Mirado y elegido por Dios, para llevar adelante el plan salvador de la misericordia. También él será un peregrino que irá agarrado de la mano de Dios en fe y confianza. Oscura la fe y desnuda la confianza de estos hombres. Así merecieron el nombre de padres de la fe y padres del pueblo de Dios. Ellos, Abraham y Moisés, iniciaron la peregrinación de la fe de todos los tiempos. Son el referente de nuestra propia peregrinación hacia la Jerusalén celestial. También a nosotros nos acompaña la seguridad de una presencia interior: Jesús. Él nos es luz y guía en la precariedad de nuestra andadura.

Moisés fue quien estuvo en el acontecimiento de la experiencia fundante en Egipto, en el Éxodo y el Sinaí. Es el hombre que Dios escogió para la empresa fundacional de la historia de las misericordias de Dios para Israel. Portavoz de la voluntad de Yahvé y guía del pueblo. Moisés comprometió su vida para realizar el plan al que Dios lo retaba. Gastó fuerzas y energía para llevarlo adelante. Amó a su pueblo y le permaneció fiel. El gran Moisés ha quedado por los siglos como ejemplo de seguimiento y cumplimiento de la voluntad de Dios. Solo Jesús está por encima de él.

La zarza ardiente 

La primera vez que Moisés se encontró con Dios en el Sinaí, fue a raíz del hallazgo de la zarza ardiente. El asombro de Moisés ante aquel extraño fenómeno, le lleva a entender que se halla ante algo sagrado que lo atrae y envuelve. Dios le pide descalzarse. Ante aquel fuego que no se consume, Yahvé se manifiesta a Moisés: “Claramente he visto cómo sufre mi pueblo/ Los he oído quejarse por culpa de sus capataces, y sé muy bien lo que sufren. Por eso he bajado, para salvarlos” (Ex 3,7). Allí, Moisés queda designado por Dios como profeta libertador. Con él se llevará a cabo la liberación. Dios le da a conocer su plan y le envía. Moisés comprometerá el resto de su vida a esta misión, ante la que, viendo su impotencia, se resistió, pero que asumió también y de la que ya no se desentenderá jamás. Moisés baja del monte con una misión: “ve, yo te envío/ yo estaré contigo” (Ex 3,1-15). Es el comienzo de un nuevo prodigio misericordioso por parte de Dios. Cada acontecimiento libertador es fruto de la misericordia divina.

El nombre

Fue también en el Sinaí-Horeb donde Dios reveló a Moisés su nombre: “Yo soy el que soy” (Ex 3, 14). En este sencillo “yo soy”, el Dios de Israel se muestra como su Dios. Yahvé significa: “aquí estaré, presente dirigiendo, ayudando, confortando, liberando”.  Es decir, ejerciendo misericordia hacia el pobre y el oprimido. Israel se irá formando como comunidad a partir de esa revelación de su nombre. Yahvé es la esperanza de un Dios que siempre permanecerá con ellos, en Él se ampararán en los peligros y a Él acudirán en sus necesidades. Israel comprenderá y dirá: “Yo sabía que Tú eres un Dios clemente y misericordioso, paciente y lleno de bondad, siempre dispuesto a perdonar” (Jon. 4, 2b).  Experimentarán que “eterna es su misericordia” (Sal 136). Dios se queda en medio de ellos con fidelidad perpetua. Como “Padre de misericordia y Dios de toda consolación” (2Co 1,3). 

Ante faraón 

Moisés se presentó ante el faraón para pedirle que liberara a los israelitas. Solo halló hostilidad, cerrazón e incomunicación. No fue atendido en su petición. Cuando el absolutismo se instala en el centro del poder, lo rige todo violentando la vida.

La vocación del hombre en este mundo es crear la justicia de Dios. Sucede que, los poderosos del mundo, no entienden el proceder misericordioso de Dios. Y quebrantan el humanismo que Él quiere para sus hijos. Así, los pobres se hallan abocados a soportar cargas inhumanas. Dios inspira personas para que anuncien su mensaje libertador. Aunque, con frecuencia, son también rechazados. Sin embargo, Él, no abandona a sus pobres, persiste en su justicia salvadora y abre brechas libertadoras por otro sitio. Lo que no pudo Moisés, lo hará Dios. Liberar a Israel de la tiranía del faraón fue obra de la gracia salvadora. “Él hizo grandes maravillas. Porque es eterna su misericordia” (sal 117).

Cada uno de nosotros también puede preguntarse de qué faraón somos esclavos. ¿De qué fuerza opresora hemos de ser liberados? Nuestro proceso libertador no dista mucho del de aquellos esclavos. Y como ellos, necesitamos sentirnos asistidos por la gracia misericordiosa de Dios. “Cuánta es su grandeza, tanta es su misericordia” (Si 2,22). Esta es también nuestra confianza. 

La Pascua 

Moisés entró en crisis, su fe también. Siente que todo ha redundado en mayores penalidades para él y su pueblo. Pero está llegando la hora de que Dios muestre que Él es el más fuerte. Hasta los poderes del mal sucumbirán ante Dios: “Entonces los magos dijeron al faraón: ¡Aquí está la mano de Dios!” (Ex 8,19).

La noche de la pascua es un suceso tenso. La oscuridad lo envuelve todo. La fe es ahora más oscura. La esperanza y la confianza tiemblan. Todo está siendo puesto a prueba. El pueblo se prepara para el momento decisivo. Se fían, pero sienten miedo. Los hijos de Israel serán salvados. Han de dar el paso salvador, han de huir. La pascua es una cena rápida y tensa. Sandalias en los pies, ceñida la cintura, bastón en la mano, panes ácimos, hierbas amargas, de pie, deprisa, es la pascua, el paso del Señor, no hay tiempo que perder. Es la noche de la gran misericordia de Dios, que pasa salvando y liberando.

Tras la experiencia libertadora, el pueblo entona un cántico de alabanza a su Dios: “Cantaré en honor del Señor, que tuvo un triunfo maravilloso/Mi canto es al Señor, Él es mi fuerza y salvación/Con misericordia vas dirigiendo a este pueblo que salvaste; con tu poder lo llevas a tu santa casa” (Ex 15,1-13).           

El Éxodo, fue desde el principio el acto central de su confesión de fe. Durante el recorrido del Éxodo, bajo la dirección de Moisés, tuvo lugar en el Monte Sinaí la donación de la Ley por parte de Yahvé, que los convertía en pueblo elegido y privilegiado, en propiedad personal. En el Sinaí Dios les da la Ley. Y se les manifiesta como Dios misericordioso: “Yahvé, Yahvé, ¡El Señor! ¡El Señor! Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6). 

El desierto 

El desierto será el lugar del encuentro con Dios, el lugar de la prueba, de las dificultades, tentaciones y las murmuraciones contra Moisés y contra Dios. Allí le tentaron, no se fiaron de Él, allí se sublevaron a causa de las penurias, de la escasez y la privación de todo. Fue un tiempo largo de incomodidades, humanamente insoportables. Murmuraron y fueron infieles, amargaron la vida a Moisés, el más fiel de los hombres. Lo agotaron física y psíquicamente. Moisés se desalentó, hasta hallarse impotente. Quiso que Dios le quitara aquella carga de encima. La fidelidad le fue puesta a prueba, oró, retomó fuerzas, y siguió. Dios le halló fiel y, como Abraham, lo penetró en su amistad.

El pueblo, hombres y mujeres de dura cerviz, a pesar de sus infidelidades, irán aprendiendo a percibir la mano fuerte de su Dios, reconociendo que Él sale fiador una y otra vez. Israel se iba fiando de Dios a medida que iba viendo la evidencia de su presencia, velada, pero perceptible, en medio de las necesidades. Lo expresa así: “Bendito sea Dios, que ha hecho por mí prodigios de misericordia” (Sal 30). Dios peregrina con ellos por el desierto, su misericordia se hace presente guiándolos mediante la nube durante el día y la columna de fuego durante la noche. Dios dirá: “Os he llevado sobre alas de águila” (Ex 19,4). “Con amor eterno te he amado. Por eso te he sacado con misericordia” (Jr 31,3). El pueblo creyente aprende que la peregrinación humana se hace historia conducida por la misericordia de Dios. Vivimos envueltos por esa realidad misericordiosa de nuestro Dios. Hoy, Jesús es quien conduce nuestro peregrinar. Lo hace con su presencia en medio de nosotros. El Resucitado es el fuego del amor, la llama ardiente que alumbra nuestro camino. 

Los profetas           

El recorrido histórico de Israel está impregnado de la presencia de Dios obrando misericordia. Esta puede ser vista en el proceder humano de la justicia, la paz y el amor entre los hombres. Pero cuando se rompe la armonía y la injusticia suplanta el plan de Dios, Él, no se tarda en hacer aparecer su voluntad salvadora para la humanidad. Surgen así los profetas, anunciadores del querer divino. Denuncian el mal, recordando al pueblo que, el plan de Dios para la humanidad es el amor misericordioso.

Los grandes profetas de Israel son considerados y se consideran a sí mismos como hombres adheridos y disponibles para Dios. Portadores de sus oráculos, vislumbradores y anunciadores de la voluntad divina para las gentes. Estos hombres han entendido la misericordia divina como el hacer de Dios en favor de su pueblo. “voy a tener misericordia de todo el pueblo de Israel, de los descendientes de Jacob” (Ez 39,25). “Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos: los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano, en que no tropezarán. Seré un padre para Israel” (Jr 31, 9).

El profeta sabe que por sí mismo no puede nada. Se siente llamado por Dios para una misión concreta, que solo progresivamente le va siendo revelada. Y ante Dios, no puede más que rendirse y ponerse a su disposición, con temor y temblor. Lo humano, tiembla ante lo desconocido. El misterio aturde la sensibilidad, sobrepasándola.

Ante los estragos de la injusticia y la explotación de los pobres, por los poderosos, el profeta deviene un comunicador de Dios, reclamando la justicia divina. “Ten misericordia de ellos, Señor, y protégelos. Concédeles hasta el fin una vida llena de felicidad y de tus favores” (Tb 8,17). Lo que transmiten les ha sido dado, no es cosecha personal. Es don de Dios para los demás. El profeta es un luchador inagotable que, por Dios, está dispuesto a dar la vida.

El profeta aparece cuando las necesidades producidas por las crisis le reclaman. Cuando la religión decae y la gente se aleja de Dios. Cuando surge el sincretismo, suplantando con frecuencia el culto al Dios verdadero. Cuando en la sociedad se instala la injusticia y los poderosos se enriquecen oprimiendo a los pobres. Cuando el pueblo, los políticos, los jerarcas religiosos, los reyes, se alejan de Dios. En estas circunstancias, el profeta se presenta como portador del mensaje de Yahvé defendiendo a los pobres y débiles que sufren las consecuencias. El profeta es la persona en favor de los demás, el guía orientativo hacia lo que Dios quiere. “El Señor os espera para tener misericordia de vosotros; él está ansioso por mostraros su amor, porque el Señor es un Dios de justicia. ¡Dichosos todos los que esperan en él! (Is 30,18).

Así, cuando se rompe el proceder misericordioso, el profeta pide cuentas a los responsables de todos los tiempos: “Y a cada uno de los hombres le pediré cuentas de la vida de su prójimo” (Gn 9,5); “les pediré cuentas de su conducta” (Ez 9,10). “El Señor todopoderoso mostrará su grandeza en el juicio; el Dios Santo mostrará su santidad haciendo justicia (Is 5,16). “Están gordos y bien alimentados. Su maldad no tiene límites: no hacen justicia al huérfano ni reconocen el derecho de los pobres” (Jr 5,28). “Practicad en este lugar la justicia y la rectitud, librad del explotador al oprimido, no humilléis ni maltratéis a los extranjeros, los huérfanos y las viudas. No matéis a la gente inocente” (Jr 22,3). “Misericordia quiero y no sacrificios” (Os 6,6).

En su época contrariaron a reyes, sacerdotes y poderosos, hasta irritarlos. Fueron despreciados y maltratados, no se les quería escuchar. La fe de los profetas y su mensaje no murió con ellos. El profetismo sigue vivo en nuestro tiempo. Es necesario para delatar injusticias y esclarecer oscuridades personales, comunitarias, sociales, políticas, eclesiales. El profetismo es de Dios, para hoy también. Lo importante es saber ver y reconocer al verdadero profeta, atender su mensaje y actuar en coherencia.

El profeta es sostenido por la misericordia de su Dios. Ante la lucha que mantiene para proteger la fe y la justicia en el pueblo, agota sus fuerzas físicas y psíquicas. Solo la segura confianza en la misericordia de Dios le sostiene en la realización de una misión imposible por medios humanos.

Y el plan salvador y misericordioso de Dios se va abriendo camino en medio del mal, que aparece en todos los tiempos. El trigo crece en medio de la cizaña, pero esta no lo ahogará. El designio salvador de Dios no se frustrará. “Al ir iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantado, trayendo sus gavillas” (Sal 125). 

La iniquidad 

Tras periodos de bonanza, cuando la paz se hace estable y la alegría reina en los corazones. ¿Qué fenómeno se origina que los cimientos de la estabilidad son sacudidos de nuevo? Basta un solo hombre, envenenado por las ansias de poder. O un grupo, fanatizado por una ideología. Y se revuelven los tiempos. La bonanza es desplazada por la perversa iniquidad. Es el periodo de los Macabeos. Llega el tiempo de la imposición y la violación de los derechos humanos, de la libertad y la paz. Basta también un pequeño resto, asentado en la fe, como los macabeos, para que levanten la esperanza de la fidelidad de Dios hacia sus hijos. Combatir con espíritu firme el horror de la iniquidad que envenena la vida. “Los que en él confían entenderán la verdad y los que son fieles permanecerán junto a él en el amor, porque sus elegidos hallan gracia y misericordia” (Sb 3,9).

La fe es puesta a prueba. Muchos han sucumbido a la tentación del poder y el poseer, algunos por miedo. El miedo paraliza la razón y la oscurece. Alejándose de Dios, han caído en el error. Se alejan del proyecto misericordioso de Dios cediendo a la violencia. El hermano mata al hermano. El pequeño grupo de la resistencia, movido por la fe y amparándose en Dios, levantan los ánimos decaídos de los hombres de buena voluntad: “Pues él no aparta de nosotros su misericordia, y aunque nos corrige con calamidades, no nos abandona” (2Mac 6,16). “Él, en su misericordia, os devolverá la vida y el aliento, pues vosotros, por las leyes de Dios, no pensáis en vosotros mismos” (2Mac 7,23). Es la seguridad del hombre fiel que, confiado en la misericordia de Dios, se entrega a una lucha salvadora para el pueblo. “Judas recomendó a la gente que orara al Señor día y noche, para que una vez más los ayudara, pues iban a perder la ley, su patria y el santo templo” (2Mac 13,10). Tal vez no verán la libertad por la que luchan, pero han acrecentado la confianza de que la misericordia de Dios no los abandonará. “Nosotros, en cambio, ponemos nuestra confianza en Dios todopoderoso, que con solo ordenarlo puede derrotar a los que marchan contra nosotros, y aun al mundo entero”. (2 Mac 8,18).

La iniquidad no es algo externo, que nos viene de fuera. La iniquidad la llevamos dentro, surge de nuestro interior. Por lo cual, de nosotros sale aquello que alimentamos y favorecemos. Lo que dejamos crecer en nuestro interior, es lo que aflora al exterior. Por eso, es necesario vivir en una permanente actitud de conversión del corazón, para que el Espíritu Santo haga crecer en nosotros las obras del amor: la bondad, la paz, la misericordia, la libertad, la alegría. Y expulse así los posibles brotes de la maldad. La iniquidad es avasallar al otro, fustigando en él, aquello que no soporto de mí.

Pero, la esperanza nos dice que la tierra violentada será liberada por Dios, esta es la actitud del creyente que confía y espera en la misericordia. “Pero hay algo que traigo en la memoria y me da esperanza: que la misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión; antes bien, se renueva cada mañana: ¡qué grande es su fidelidad!” (Lm 3). La esperanza es como una antorcha encendida en medio de la oscuridad. Una semilla que florece sana en medio de la iniquidad. Todo vuelve a renacer. Sigue la historia de las misericordias del Señor.

Los salmos 

Sin duda alguna, los salmos son la más profunda manifestación de la conciencia vinculante del ser humano hacia su Dios, al que sabe todo amor. Los salmos son el sentimiento del corazón de la humanidad hacia Dios, su creador y protector. En el recorrido de la historia de salvación, se hace cada vez más honda la convicción de un Dios personal, que ama con amor eterno y misericordioso, fiel a sus hijos. “Yo dije que vosotros sois dioses; que todos sois hijos del Altísimo” (Sal 82). “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades” (Sal 99). En Él, “Sus elegidos hallan gracia y misericordia” (Sb 3). “A todas horas siente compasión, y da prestado; sus hijos son una bendición” (Sal 37).

Así, los salmos son el ansia y la confianza del corazón orante, que vuelca ante su Dios toda su pasión. El alma humana se ha ido purificando y afinando su decir. Tiene la convicción interior de un Dios que le ama: “El Señor ama a sus fieles, que confían en su misericordia” (Sal 146). “Sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo” (Sal 89). “Oh Señor, muéstranos tu misericordia y sálvanos” (Sal 85). “Señor, tu misericordia llega al cielo, tu fidelidad hasta las nubes” (Sal 35). “Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres” (Sal 117).

Los salmos están penetrados del clamor de la misericordia divina porque, el ser humano, ante sí mismo, se halla menesteroso y necesitado del amparo de Dios, de su amor y su misericordia. Como ropaje que le protege y otorga seguridad, como esperanza de un amor fiel que no le abandona: “Pero yo, Señor, confío en ti; yo digo: “¡Tú eres mi Dios!” Mi vida está en tus manos” (Sal 31,14). Solo la absoluta seguridad de la misericordia divina, nos permite vivir abandonados en las manos de Dios, confiados en Él: “Tu bondad y tu misericordia me acompañan a lo largo de mi vida, y en tu casa, oh Señor, por siempre viviré” (Sal 23). “¡Qué maravillosa es tu misericordia, oh Dios! ¡Bajo tus alas, los hombres buscan protección!” (Sal 36,7). El hombre ha aprendido que en Dios “La misericordia y fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan” (Sal 84). “Firme es su misericordia” (Sal 116). Que Dios es “Señor de la misericordia” (Sb 9).

El ser humano, a la intemperie de su débil naturaleza, siente el estremecimiento de la carne desnuda, expuesta a vapuleos y heridas. Salmodiar es apelar a la misericordia, para que Dios recubra, proteja y fortalezca la miseria y quebranto de nuestra frágil arcilla. “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado” (50). “Desde lo hondo a ti grito, Señor: Señor, escucha mi voz, estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica”  (Sal 129). Solo Dios, por su entrañable misericordia, nos da seguridad, no en nuestra posibilidad, sino en la suya. Él hace en nosotros lo que le permitimos que haga. Él puede y quiere hacer todo, porque “es clemente y misericordioso” (Sal 144). Es menester que le dejemos. “Nosotros confiamos en el Señor; él nos ayuda y nos protege” (Sal 33). Los salmos son la mayor expresión del corazón humano que confía en Dios misericordioso. Confiar en Dios, es creer en su misericordia. “Al que confía en el señor, la misericordia lo rodea” (Sal 31).

El salmo 136, recorre la historia de salvación de Dios para la humanidad. Israel es toda la humanidad. El pueblo se sabe salvado de forma maravillosa, y lo plasma en este salmo que recuerda todos los sucesos históricos, reconociendo que ha sido gracia de la misericordia de Dios. “Como la altura del cielo sobre la tierra, así es su misericordia” (Sal 103). Cada acontecer histórico va acompañado de un estribillo: “es eterna su misericordia”, lo repetirá machaconamente 26 veces, porque el pueblo no se cansa de proclamar las misericordias de su Dios. “Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades” (Sal 88). “El que sea sabio, que recoja estos hechos y comprenda la misericordia del Señor” (Sal 106).

Los sapienciales   

Los libros sapienciales se sitúan dentro de la misma actitud de reconocimiento de la gran misericordia de Dios. El hombre sabio elogia la misericordia de su Dios, es más, reconoce a Dios como la misma Sabiduría. “La sabiduría del Señor es muy grande; él es muy poderoso y lo ve todo” (Eclo 15,18). “Grande es la misericordia de Dios” (Eclo 3,19). “En Dios hay misericordia” (Eclo 16,11). 

Los libros de la sabiduría orientan el camino a seguir, “Vosotros, los que honráis al Señor, confiad en su misericordia; no os desviéis del camino recto”. (Ecl 2,7). Instruyen al hombre para el bien y buen hacer, estimulan a la rectitud del humano proceder, exhortan a la prudencia, el conocimiento y la práctica de la Ley de Dios: “Comienzo de la sabiduría es el temor del Señor, y la ciencia del Santo es inteligencia” (Prov 9,10). “Honrar al Señor es ser sabio e instruido; a él le gustan la fidelidad y la humildad” (Eclo 1,27). “¡Qué grande es la misericordia del Señor y su perdón para los que se vuelven a él!” (Eclo 17,29). “La misericordia de Dios en tiempo de aflicción llega como nubes de lluvia en tiempo de sequía” (Eclo35,24). “Entonces me acordé de la misericordia del Señor y de su amor, que es eterno. El Señor salva a quienes a él se acogen, y los libra de todo mal” (Eclo 51,8).

La sabiduría es el aprendizaje de la elegancia humana divinizada: “La sabiduría comienza por honrar al Señor; ella acompaña a los fieles desde el seno materno” (Eclo 1,14). “Servir fielmente al Señor: eso es sabiduría. Apartarse del mal: eso es inteligencia” (Job 28,28). “Aquellos a quienes Dios ha escogido gozan de su amor y su misericordia” (Sb 4,15).

La amistad en los libros de la sabiduría, es también expresión de la misericordia de Dios. La amistad materializa el cariño misericordioso de Dios por medio del amigo. El amigo es como la relación y el contacto físico y psíquico del amor de Dios encarnado: “Un amigo fiel es una protección segura; el que lo encuentra ha encontrado un tesoro” (Eclo 6,14). “Un amigo es siempre afectuoso, y en tiempos de angustia es como un hermano” (Pr 17,17). “Un amigo fiel protege como un talismán” (Eclo 6,16). “El amigo es igual a uno mismo” (Eclo 6,17). “Ama a tu amigo y no lo traiciones” (Eclo 27,17). “Amigo íntimo solo uno entre mil”  (Eclo 6,6). La amistad es la caricia de la misericordia, una de las formas más bonitas que tiene Dios de hacerse presente en nuestra vida. La amistad es sanadora y equilibradora de los afectos.

Nuevo Testamento 

Cuando un silencio apacible envolvía todas las cosas y la noche había llegado a la mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real” (Sab 18,14-15). Sin corte, sin separación con el AT, Dios lo ha ido llevando y disponiendo todo para este momento: Jesús es la encarnación de la misericordia de Dios. Él es la plenitud de la misericordia del Padre.

La humanidad de Jesús nos humaniza 

La humanidad somos los hijos de Dios, por pura gracia suya. Por nosotros, por puro amor misericordioso, Dios se humaniza, procediendo con misericordiosa sabiduría, para una salvación eterna para todos, junto a Él. Su eternidad comienza aquí y ahora, por la gracia del Hijo amado: Jesús. Él es todo el amor de Dios humanado. Nada más se puede decir. Tampoco se puede callar esa bondad sin límites. Jesús es toda la Palabra misericordiosa del Padre. Él nos humaniza con su proceder. Nos regala vida de cielo con su Evangelio. La Buena Nueva del Reino se llama “Bienaventuranzas”. Y en ellas proclama “Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Las Bienaventuranzas, son la muestra de la personalidad humana que Dios quiere para sus hijos.

Las Bienaventuranzas repercuten enteramente en la vida de la persona. Tiene en sí la fuerza de un proceder humanizador. Ellas nos dicen las actitudes a tener con los demás, ante las situaciones concretas de la vida. El santo es el bienaventurado, que se conmueve misericordiosamente con todo lo que afecta al ser humano y la propia creación. Es un estado de comunión plena con la bondad, la belleza, el dolor y la alegría de la vida. Una muestra en miniatura del estado celestial. 

Ser misericordiosos 

Jesús, como camino verdad y vida, nos trae el ejemplo de la nueva humanidad a construir. Ella será fruto de la misericordia divina-humana. Nuestro reto y tarea queda concretado en las palabras de María: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,11). Y Jesús nos dice: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36). Jesús pone toda la fuerza de su predicación, no en la amenaza y el juicio, sino en la misericordia de Dios Padre. Las Bienaventuranzas son la sublime misericordia a vivir. Todos necesitamos gestos y palabras de misericordia. Cada persona la espera de mí. Jesús es el gran regalo de la bienaventurada misericordia de Dios a la humanidad. Su vida en medio de nosotros es salvación para todos. Su verdad rompe los límites y dilata las estrecheces. Nos libera de todos los sistemas que llevan gérmenes de poder absoluto, sea político, social, o eclesial. Rompe los muros de la separación, que impiden la acogida y sana convivencia.

Jesús, amor misericordioso

En Jesús, contemplamos la misericordia de Dios en la debilidad de la carne, que viene a redimir a la humanidad y el mundo. En Belén, Dios recrea el “Hágase” primero. Lo lleva a plenitud. La misericordia de Dios nace en la pobreza. Dios se abaja. Y en esta condición, pone de manifiesto que la auténtica riqueza radica en los tesoros del Reino que Jesús trae: el amor misericordioso, salvador, sanador y libertador. En Jesús el amor se ha humanizado. Jesús es la personalidad humana de Dios. La vida de Jesús es la realización de la misericordia. Cómo vive y cómo procede, es obra misericordiosa. Sanar enfermos, liberar de las ligaduras del mal, perdonar, dignificar, saciar el hambre, cubrir la necesidad, ser afectivamente amoroso. Jesús busca y nos enseña a humanizar la vida por el amor misericordioso con que hace todo. Liberar a la gente de todo sufrimiento y tormento, encendiendo el fuego del amor misericordioso. Los corazones penetrados del amor que Dios nos ofrece, experimentan la dicha de una vida en plenitud, generando amor a los demás. “Un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó” (Lc 10,33). Obrar misericordiosamente asemeja nuestro sentimiento al de Dios. Es crear situaciones de felicidad en nuestro entorno. Si nos alejamos de Dios, perdemos la misericordia.

Jesús vence donde nosotros hemos sucumbido

El desierto es el lugar de la prueba. El ser humano, al sucumbir a la tentación, queda dañado. Jesús penetra misericordiosamente en lo más hostil de nuestra verdad herida, para sanarla. En el desierto, a solas consigo mismo, Jesús es tentado por el diablo. Allí se pone de manifiesto no su divinidad, sino su humanidad. No le vemos como un privilegiado, sino como un hombre que sufre la estremecedora tentación diabólica. Dios lo pone al desnudo ante la prueba con toda la fragilidad de su carnalidad. El tentador desafía la fuerza interior de la fe de Jesús en Dios. Pretende que actúe al margen de su voluntad. En la hostilidad del desierto, el diablo lo toma de lleno para tentarlo en su instinto natural: la apetencia (“sintió hambre”). Busca herir su estabilidad psicológica: abusar de la confianza en Dios (“si eres Hijo de Dios, tírate”). Intenta desestabilizar su equilibrio racional: la adulación del poder y la idolatría (“todo te lo daré, si me adoras”). Jesús no se deja engañar por el fanatismo de lo milagroso. No incita a Dios a obrar temerariamente por encima de la prudencia razonable. Fiarse de Dios es la actitud básica que Jesús mantiene. No pide para él nada aparatoso. Su vida es de confianza y abandono en la sencilla normalidad, no de espectacularidad. Jesús vence donde nosotros hemos sucumbido. Su misericordia radica en asumir nuestras propias pruebas y caídas, para redimirlas. Toda tentación puede ser vencida, porque es Jesús quien lo hace posible. Su misericordia obra en nosotros la fuerza vencedora del mal. 

Jesús y las mujeres 

Jesús también muestra su misericordia hacia aquel ser marginal que era la mujer. Jesús las amó y las dignificó. Dialogó y se dejó acompañar por ellas. Las introdujo en su amistad. Y ellas lo amaron, y le mostraron una fidelidad inquebrantable, que tiene su culmen al pie de la cruz. Su momento decisivo en el encuentro con el Resucitado. “María/Rabboni”. El amor crea encuentro y pone nombre: el del Amado y el de la amada. Y su plenitud en Pentecostés. Hoy, solo una obstinada cobardía, las sigue marginando, sofocando así el valor que Jesús halló en ellas. Pero la misericordia de Dios también lo purificará. “he oído el quejido/he bajado a salvarlas” (Ex 3). La mujer no puede seguir subyugada y relegada a segunda categoría, esto es faltar a su dignidad de hija de Dios, libre y señora. La exclusión no forma parte del Evangelio ni de la misericordia. 

La Eucaristía 

La última cena, es la gran enseñanza de la comunión fraterna. La misericordia, cuando surje del corazón, lleva en sí la posibilidad reconciliadora, recrea la comunidad fraternizándola. El amor busca sentar a todos a la mesa común, que provee la necesidad de cada persona. La comunión es repartir lo que somos y tenemos, para abastecer la necesidad de todos. Lo poco de cada uno, puesto en común, deviene mucho, cubre la necesidad. La comunión es repartirnos el don de la misericordia unos a otros, para ser levadura en la masa ¡todo fermentará! Más que celebradores de sacramento ¡somos sacramento! Somos creadores de comunión, realizadores de perdón, somos sacerdotes y profetas de Dios. Donde hay un cristiano, puede nacer la Iglesia. Donde hay un cristiano, hay plena vida sacramental. Amplio y libre es aquello que Dios ha hecho para nuestro disfrute sanador y salvador. Todo lo que nos pide Jesús es que hagamos lo que Él hizo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía” (Lc 22,19).

Ejemplo de Jesús, lavar los pies

El gesto más conmovedor y humilde que realiza Jesús, la actitud más elocuente de su talante de siervo servidor, lo efectúa durante la última cena, cuando, movido por su amor misericordioso hacia los discípulos, se abaja a sus pies y se dispone a lavárselos.

Jesús les da ejemplo de quiénes son ellos y lo que deben hacer: simples servidores de los hermanos. Nunca por encima, sino a los pies, no como dueños, sino como siervos. “El que quiera ser el primero, deberá ser el último de todos y servir a todos” (Mc 9,35). Alguien dijo que este ejemplo, muestra que, “por encima del hombre, ni Dios”. Jesús se abaja tan del todo que se hace el servidor de todos. Esta es la imagen de la fidelidad de la comunidad eclesial, cuando sirve misericordiosamente y de corazón a los hijos de Dios. El distintivo de los seguidores de Cristo es el servicio humilde y misericordioso a la humanidad.     

La cruz, signo de la misericordia 

En la cruz, contemplamos concentrado el amor misericordioso de Jesús, ofrecido por la humanidad. En la cruz, Jesús lo da todo, porque se da a sí mismo, hasta morir por amor. A Jesús no lo mata la cruz, Jesús se deja matar por amor. Pero, por ser Él amor, resucita. Porque el amor no puede morir. El amor es Dios. Y el amor es vida de Dios en nosotros. Por eso, tampoco moriremos, porque el amor de Jesús nos ha resucitado ya con Él. Ser despojados de la carne mortal es obra de la misericordia de Dios, que nos reviste de eternidad. “Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. Por tanto, no valoramos a nadie por criterios humanos. Si alguna vez juzgamos a Cristo según tales criterios, ahora ya no. El que vive con Cristo es una creatura nueva. Lo viejo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2Co 5,14-17).

Conclusión 

Es este un año en que tenemos que vivir con los ojos fijos, el oído atento y la mente contemplativa en la misericordia de Dios, que lo penetra todo y lo invade todo. Toda la evangelización y toda la vida, ha de ir marcada por el signo del amor misericordioso de Dios. Que nuestra casa interior sea aposento de la misericordia, para que todo nuestro obrar brote de esta fuente de bondad maravillosa y misericordiosa. “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5). Fascinados por Cristo, seamos portadores de su bondad misericordiosa para todos. Resplandezca así nuestra luz, nuestra misericordia.

Anna Seguí Martí ocd / En el Año Santo de la Misericordia / Puçol, 2015-2016

 

 
   

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