APODÉRATE DE MÍ

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Orar, es dejar a Dios que se apodere de mí. “Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor” (Sal 16). Orar no es hablar ni pensar muchas cosas, no es discurrir, ni imaginar. Orar, ¿no es acaso permitirle a Dios que me impregne de su amor, para ser lanzada, con alas desplegadas, hacia vuelos de libertad? Orar nos dispone a pasar por la vida y las circunstancias vistiendo de bondad y hermosura cuanto hacemos y tocamos.

Tocar acariciando con amor, creando gestos de bondad y belleza. Sin entretenerme en nada, seguir avanzando, dejando huellas peregrinas, pasos y caminos de libertad. El alma amante todo lo ama, todo lo alegra, todo lo recrea. Libre en Cristo Jesús, solo.

Orar me permite atenderme, descubrirme, verme. ¿Qué hago, qué pienso, dónde me meto, en qué me entretengo? Y hallar fuerza para romper cepos que atrapan el alma impidiendo su libertad, sus altos y nobles vuelos de libertad.

Libre en Cristo Jesús, solo. Ni quedar atrapada, ni apresar a los demás. Caminar, avanzar, volar, navegar. Libre en Cristo Jesús, solo. Imperceptiblemente, todo se transforma. De gusano que se arrastra, a mariposa que vuela. Y en la oración amante, acunar a quienes amo y a toda la humanidad.Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme. Yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante”.

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