LA SANTIDAD EN SANTA TERESA

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(Por Anna Seguí Martí ocd) 

Introducción  

Hablar de la santidad en Teresa de Jesús, es adentrarnos en la persona misma de Teresa, y descubrir su largo proceso de vida interior, convulso, que se debate entre gracia y pecado, fidelidad y caídas, vuelta a la fidelidad y vuelta a las caídas, hasta acabar de rendir el cuerpo al espíritu”, “rendida el alma (…) confiada de la grandeza de Dios”, de este Dios, que todo lo hace y acaba en nosotros, transformándonos para que gustemos plenitud. Dios nos quiere en vida feliz, y anda ocupado en que tomemos este camino de bien.

Este proceso que hizo Teresa, nos puede ser un estímulo alentador para nuestra propia vida y camino hoy. Porque, partir de una mujer que se ve y reconoce pecadora, hallándose perdida del todo, necesitada de la misericordia de Dios y suplicando la oración de sus hermanas, nos trae esperanza. Podemos espejarnos ante esta mujer, que sufrió bajezas y miserias como todos nosotros, pero, a pesar de ello, nada la retrajo a seguir, con “determinada determinación”, el camino a la santidad, como seguimiento e imitación de Cristo en todas las cosas, hasta que “la santidad es el adorno de tu casa” (Sal 99).

Para que os aprovechéis de algo 

Así escribe Teresa en el Tercer libro de las Moradas: “Pedidle, hijas mías, que viva Su Majestad en mí siempre; porque si no es así, ¿qué seguridad puede tener una vida tan mal gastada como la mía? Y no os pese de entender que esto es así, como algunas veces lo he visto en vosotras cuando os lo digo, y procede de que quisierais que hubiera sido muy santa, y tenéis razón: también lo quisiera yo; mas ¡qué tengo de hacer si lo perdí por sola mi culpa! Que no me quejaré de Dios que dejó de darme bastantes ayudas para que se cumplieran vuestros deseos; que no puedo decir esto sin lágrimas y gran confusión de ver que escriba yo cosa para las que me pueden enseñar a mí. ¡Recia obediencia ha sido! Plega al Señor que, pues se hace por El, sea para que os aprovechéis de algo porque le pidáis perdone a esta miserable atrevida. Mas bien sabe Su Majestad que solo puedo presumir de su misericordia, y ya que no puedo dejar de ser la que he sido, no tengo otro remedio, sino llegarme a ella y confiar en los méritos de su Hijo y de la Virgen, madre suya, cuyo hábito indignamente traigo y traéis vosotras. Alabadle, hijas mías, que lo sois de esta Señora verdaderamente; y así no tenéis para qué os afrentar de que sea yo ruin, pues tenéis tan buena madre. Imitadla y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por patrona, pues no han bastado mis pecados y ser la que soy para deslustrar en nada esta sagrada Orden” (3M 1,3).

Teresa no era una santa, ni nadie lo somos. Pero todos llevamos dentro el llamado a la santidad, por gracia de Dios, que Él realiza en nosotros. Y Teresa tomó esta realidad en serio y trazó el camino hacia ella, que le fue de pena y gloria, sufrimiento y alegría, trabajo y descanso, desaliento y estímulo. No le fue fácil, el trayecto lo caminó con gemido y quebranto y enfermó en su lucha consigo misma. Experimentó cuán dificultoso y pesado me parece levantarse nuestro espíritu, si Dios no le levanta; porque está cargado de tierra y de mil impedimentos, y aprovéchale poco querer volar” (V 22,13). Y Teresa voló, sí, pero, para ello, tuvo que sufrir la transformación de gusano en mariposa, y una vez le nacieron alas, ya todo fue deseo de hacer todo por Dios, porque su vivir, era ya vida de Dios: “Ya no tiene en nada las obras que hacía siendo gusano, que era poco a poco tejer el capucho; hanle nacido alas, ¿cómo se ha de contentar, pudiendo volar, de andar paso a paso? Todo se le hace poco cuanto puede hacer por Dios, según son sus deseos” (5M 2,8). 

Calificativos negativos

En el libro de la vida, ella se muestra al descubierto sin pudor, deseosa de decir sus “grandes pecados y ruin vida”. Dice de sí misma que era “ruin y miserable”, añade: ¿quién osara llegar tantas veces a juntar cosa tan sucia y miserable con tan gran majestad?”; “una miserable como yo, cargada de abominaciones”; “soberbia y miserable como yo”; ¡Miserable de mí, que con tantas culpas lo tenía perdido todo!”; “miserable, poco humilde y muy atrevida”. Se califica negativamente, y lo hace para alentar a quienes, como ella, se ven en desgracia e impotentes para todo bien, deseosos a la vez de salir de las ataduras de muerte que produce el desorden en nuestra vida. Ella se fio de la gracia y supo tener paciencia consigo misma: porque entiendo yo era imposible salir en tan poco tiempo de tan malas costumbres y obras. Sea el Señor alabado que me libró de mí” (V 23,1). Todo lo que Teresa escribe es para abrirnos a la esperanza y ayudar a sanar, liberar, curar y alegrar a quienes emprenden el camino de seguimiento de Cristo y ponerse en verdad, que es camino de santidad: “Plega a Su Majestad sea alguna parte la grandísima largueza que con esta miserable pecadora ha tenido, para que se esfuercen y animen los que esto leyeren a dejarlo todo del todo por Dios” (V 21,12).

La misericordia de Dios 

La misericordia de Dios obró en Teresa la gracia realizadora de todo bien, que la hermoseó con los frutos de la santidad. Dios la liberó de sí misma: Mas Vos, Señor mío, quisisteis ser -casi veinte años que usé mal de esta merced- ser el agraviado, porque yo fuese mejorada. No parece, Dios mío, sino que prometí no guardar cosa de lo que os había prometido, aunque entonces no era esa mi intención. Mas veo tales mis obras después, que no sé qué intención tenía, para que más se vea quién Vos sois, Esposo mío, y quién soy yo. Que es verdad, cierto, que muchas veces me templa el sentimiento de mis grandes culpas el contento que me da que se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias (…) ¿En quién, Señor, pueden así resplandecer como en mí, que tanto he oscurecido con mis malas obras las grandes mercedes que me comenzasteis a hacer?” (V 4,3).

Cuando a Teresa de Jesús se le pide que hable sobre “cosas de oración”, dice de sí misma que “parece que podré atinar por haber tratado con muchas personas espirituales y santas” (C 1prl). La santidad en ella será algo vital y central, porque nace de su encuentro con Cristo y la relación que mantiene con Él a lo largo de la vida, en su oración y en su proceder, y, a lo que se ve, en las relaciones con los demás, hallando rasgos de santidad en muchos, que le serán de gran ayuda, porque “de solo entender la santidad de su trato, era grande el provecho que mi alma sentía”, y es que de todo y de todos se sirve Dios para enriquecernos en santidad.

Parecernos a Jesús

A Teresa todo le nace del amor al Esposo, de su pasión por parecerse en algo a Él: “Parezcámonos en algo a nuestro Rey” (C 2,9); y a su Madre, la Virgen: Parezcámonos, hijas mías, en algo a la gran humildad de la Virgen Sacratísima, cuyo hábito traemos, que es confusión nombrarnos monjas suyas; que por mucho que nos parezca nos humillamos, quedamos bien cortas para ser hijas de tal Madre y esposas de tal Esposo” (C 13,3).

“Parezcámonos”, traer semejanza con “quien sabemos nos ama” (V8,5), es el gran reto a vivir en el palomar de Teresa, y lo dirá con temor y temblor, pero con confianza: “Y viendo tan gran Majestad, ¿cómo osaría una pecadorcilla como yo, que tanto le ha ofendido, estar tan cerca de Él? (C 9,34). Y Teresa osará, porque sabe que Él siempre se hace a su medida y le halla “tratable”, porque sabe que como le quisiereis, le hallaréis” (C26,3). “Mas mirad, Señor, que ya sois Dios de misericordia; habedla de esta pecadorcilla, gusanillo que así se os atreve. Mirad, Dios mío, mis deseos y las lágrimas con que esto os suplico y olvidad mis obras, por quien Vos sois” (C 3,9). Todo empieza a ser camino hacia la santidad, que no es otra cosa que seguimiento e imitación de Cristo.

Esperarlo todo de Dios

Ella irá descubriendo que la santidad es engrandecedora del alma, que nos lleva a tratar a los demás con comprensión y misericordia y “por aprovechar el prójimo tratan con libertad y sin esos encogimientos” (C 41,6). “Mientras más santas, más conversables con sus hermanas (…) Que es lo que mucho hemos de procurar: ser afables y agradar y contentar a las personas que tratamos, en especial a nuestras hermanas” (C 41,7). Teresa quiere presentar la santidad con espontaneidad, no como algo pesado, penoso y difícil de lograr, por más que ella se agotara en ello y le costara lágrimas y sudores. La santidad nace del deseo de Dios, como hacedor de santidad en sus criaturas. La santidad es la realidad de imagen y semejanza que llevamos dentro como hijos amados del Padre-Madre, y es proceso interior que nos va transformando día a día, aun sin darnos cuenta. Dios nos quiere santos como Él es santo.

Teresa nos reta a esperarlo todo de Dios, quien “tan sin tasa se nos da”, y le gusta “darse a sentir”; “Así que, hijas mías, procurad entender de Dios en verdad que no mira a tantas menudencias como vosotras pensáis; y no dejéis que se os encoja el ánima y el ánimo, que se podrán perder muchos bienes. La intención recta, la voluntad determinada, como tengo dicho, de no ofender a Dios. No dejéis arrinconar vuestra alma, que en lugar de procurar santidad, sacará muchas imperfecciones, que el demonio le pondrá por otras vías, y, como he dicho, no aprovechará a sí y a las otras tanto como pudiera” (C 41,8). 

Camino de perfección

Las comunidades de Teresa, son lugares donde, el intento, es vivir el seguimiento de Cristo, viviendo una vida para el Evangelio. Nada debe retraernos de este llamado camino de perfección cristiana, y Teresa hace un llamado a la comunidad: “Dios nos libre, hermanas, cuando algo hiciéremos no perfecto decir: «no somos ángeles», «no somos santas»; mirad que aunque no lo somos, es gran bien pensar, si nos esforzamos, lo podríamos ser, dándonos Dios la mano; y no hayáis miedo que quede por Él, si no queda por nosotras. Y pues no venimos aquí a otra cosa, manos a la labor, como dicen; no entendamos cosa en que se sirve más el Señor que no presumamos salir con ella con su favor. Esta presunción querría yo en esta casa, que hace siempre crecer la humildad: tener una santa osadía, que Dios ayuda a los fuertes y no es aceptador de personas” (C16,8).

La comunidad y cada hermana, debe vivir en actitud de “santa osadía”, porque venimos a ser lo que Cristo se quiere hacer en nosotras. Dejarnos poner semejanza suya, ser en el que Es, a manera que dice Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. No debe haber excusas, ni quejas, el alma santa ha de vivir sin encogimientos y bien determinada a pasar por donde pasó Jesús: “¿De qué me quejo? Que ya he vergüenza de que os he visto tal, que quiero pasar, Señor, todos los trabajos que me vinieren y tenerlos por gran bien por imitaros en algo. Juntos andemos, Señor; por donde fuereis, tengo de ir; por donde pasareis, tengo de pasar” (C26,6). Teresa no nos quiere mediocres, quiere mujeres libres, con coraje, que vayan “siempre con esta determinación de antes morir que dejar de llegar al fin del camino” (C20,2).

Tres grandes virtudes

Teresa quiere que tengamos “grandes deseos”, para “imitar en algo a su Majestad”. Y pondera tres grandes virtudes en las que se mide la santidad: “la una es amor unas con otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza todas. Ella concibe la humildad como camino para andar en verdad: “Cada una mire en sí lo que tiene de humildad, y verá lo que está aprovechada”. Es tanto el valor que halla en esta virtud que afirma: “De pobreza (…) y de humildad quería cercar sus monasterios”. Y suplica a sus hermanas: “Procurad, hermanas, siempre humildad”; “No haga quiebra en la humildad”; “La humildad no inquieta ni desasosiega ni alborota el alma”. La imitación de Cristo la ve en la humildad: Porque si quiere imitar al Señor, ¿en qué mejor puede que en esto? Que aquí no son menester fuerzas corporales ni ayuda de nadie, sino de Dios” (C 15,2).

El “amor de unas con otras”, tiene su base en el Evangelio, cuando Jesús nos da su único mandamiento: “amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Teresa sabe que, la vida en comunidad, la hace vivible el amor: “Cuanto a la primera, que es amaros mucho unas a otras, va muy mucho; porque no hay cosa enojosa que no se pase con facilidad en los que se aman y recia ha de ser cuando dé enojo. Y si este mandamiento se guardase en el mundo como se ha de guardar, creo aprovecharía mucho para guardar los demás; mas, más o menos, nunca acabamos de guardarle con perfección” (C 4,5).

El amor a Cristo la ha centrado y le ha potenciado el caudal de su humanidad. A más amor más humana y “más conversable con sus hermanas”. El amor pone grandeza de alma para perdonar y soportar las impertinencias con paz: “y sabed entender cuáles son las cosas que se han de sentir y apiadar de las hermanas, y siempre sientan mucho cualquiera falta, si es notoria, que veáis en la hermana. Y aquí se muestra y se ejercita bien el amor en sabérsela sufrir, y no se espantar de ella” (C 7,7). El amor es la fuente de la vida que pone felicidad a la existencia. Sin amor todo sería un caos. “Ande la verdad en vuestros corazones, como ha de andar por la meditación, y veréis claro el amor que somos obligadas a tener a los prójimos” (C,20,4). Este amor al prójimo es lo más auténticamente cristiano. El amor nos pone en comunión con todos, nos capacita para crear la unidad en la pluralidad y hasta en la diversidad. El amor hace que todo viva.

El amor es creador de la gran fraternidad universal. Todos somos hijos de Dios y hermanos. La salvación es para todos y el amor es el fruto de la vida redimida. “Pues juntaos cabe este buen Maestro muy determinadas a aprender lo que os enseña, y su Majestad hará que no dejéis de salir buenas discípulas, ni os dejará si no le dejáis. Mirad las palabras que dice aquella boca divina, que en la primera entenderéis luego el amor que os tiene, que no es pequeño bien y regalo del discípulo ver que su maestro le ama” (C 26,10). Porque somos amados, podemos amar, porque hemos sido perdonados, podemos perdonar, Jesús es nuestro gran referente de amor y perdón: “No puedo yo creer que alma que tan junto llega de la misma misericordia, adonde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió; porque tiene presente el regalo y merced que le ha hecho, adonde vio señales de grande amor, y alégrase se le ofrezca en qué le mostrar alguno” (C36,12).

Amor y perdón andan juntos, que no hay amor sin perdón, ni perdón sin amor. Y cuando no le : “verán lo que tengo de mí cuando su Majestad no me ayuda”. Y si así nos hallamos faltos de amor, estar prontos para Cuando así os hallareis, atajad el pensamiento de vuestra miseria lo más que pudiereis, y ponedle en la misericordia de Dios y en lo que nos ama y padeció por nosotros” (C 39,3). Teresa sabe que la misericordia de Dios nos rescata siempre de nuestros males y nos vuelve al amor. Ella lo ha sufrido en su carne y no teme nada, porque se sabe amparada por la gran misericordia de Dios: y mientras mayor mal, más resplandece el gran bien de vuestras misericordias. ¡Y con cuánta razón las puedo yo para siempre cantar! (V 14,10).  La actitud cristiana ha de ser siempre de confianza: de donde ha de venir la confianza ha de ser de Dios (…) el Señor nos favorecerá, y ya la costumbre nos será ayuda para no ofenderle; sino andar con una santa libertad” (C 41,4).

El “desasimiento de todo lo criado”, saber andar en sobriedad de vida, en conformidad con lo poco, lo necesario y basta. La dignidad humana es vivir con lo necesario cubierto, que Dios nos quiere señoreando su creación que abastece a todos. Tener una actitud “confiada en la gran bondad de Dios que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo” (C 1,2). Teresa estimula a sus hermanas a tener amor a la pobreza: “Y crean, mis hijas, que para vuestro bien me ha dado el Señor un poquito a entender los bienes que hay en la santa pobreza (…) La verdadera pobreza trae una honraza consigo que no hay quien la sufra; la pobreza que es tomada por solo Dios, digo, no ha menester contentar a nadie sino a él” (C 2,6).

Es también libertad de espíritu: “Una de las cosas que tiene la libertad de espíritu es hallar en Dios todas las cosas y poder pensar en ellas” (F 6,15). Liberación de nuestros apegos y egoísmos: “A los principios dificultoso es; mas yo sé que se puede alcanzar esta libertad y negación y desasimiento de nosotros mismos con el favor del Señor” (C 15,7).  Al fin, a más amor a Jesús, más desasimiento. “No consintamos, ¡oh hermanas!, que sea esclava de nadie nuestra voluntad, sino del que la compró por su sangre” (C 4,8).

Atención al huésped interior

La santidad es gracia y regalo de Dios. De nuestra parte, hay que poner atención al huésped interior y “ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle” (C 28,2). La santidad se realiza en la vivencia y convivencia con el Amado Jesús: “Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada Humanidad y traerle siempre consigo y hablar con El, pedirle para sus necesidades y quejársele de sus trabajos, alegrarse con El en sus contentos y no olvidarle por ellos, sin procurar oraciones compuestas, sino palabras conforme a sus deseos y necesidad. Es excelente manera de aprovechar y muy en breve; y quien trabajare a traer consigo esta preciosa compañía y se aprovechare mucho de ella y de veras cobrare amor a este Señor a quien tanto debemos, yo le doy por aprovechado” (V 12,2). El enamoramiento de Cristo es la fuente de la santidad. A por ello, al fin, Jesús siempre busca quien le quiera recibir para crear relación amorosa con nosotros.

Compromiso con la justicia

La existencia humana, para ser engrandecida al modo de Dios, necesita historias de santidad, hombres y mujeres en amistad con Jesús, que crean la justicia del Reino de los cielos, para la libertad de la humanidad. Y una justicia libertadora hoy, es el tema de la mujer en la Iglesia, ante algo tan vergonzoso como es la desigualdad y exclusión que el sistema eclesial hace con nosotras. Un sistema que excluye, no es justo, no evangélico, ni santo, y en la Iglesia todo ha de ir en santidad y justicia. Teresa lo sufrió y se quejó: “Pues no sois Vos, Criador mío, desagradecido para que piense yo daréis menos de lo que os suplican, sino mucho más; ni aborrecisteis, Señor de mi alma, cuando andábais por el mundo, las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor y más fe que en los hombres, pues estaba vuestra sacratisima Madre, en cuyos méritos merecemos y por tener su hábito, lo que desmerecimos por nuestras culpas… el mundo honrábales…, que no hagamos cosa que valga nada por Vos en público, ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíais de oír petición tan justa; no lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia que sois justo juez y no como los jueces del mundo, que como son hijos de Adán, y, en fin, todos varones, no hay (virtud) de mujer que no tengan por sospechosa. Sí, que algún día ha de haber, Rey mío, que se conozcan todos. No hablo por mí, que ya tiene conocido el mundo mi ruindad y yo holgado que sea pública; sino porque veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres. Cuando os pidiéremos honras, no nos oigáis, Señor mio, o dineros, o cosa que sepa a mundo; mas para honra de vuestro Hijo, ¿por qué no habéis de oír, Padre Eterno, a quien perdería mil honras y mil vidas por Vos? No por nosotras, Señor, que no merecemos nada, sino por la sangre de vuestro Hijo y sus méritos” CE 4,1). Vivir de esperanza y confianza. Dios siempre suscita el modo y las maneras de liberarnos de lo que son esclavitudes y de los sistemas que las crean. La voz suplicante de las mujeres, sus quejas, Dios también las oye y sale a nuestro encuentro: “Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Is 43,19); “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

Conclusión

En fin, quería decir cuatro palabras sobre la santidad en Santa Teresa y ya sobrepaso las tres mil, por lo cual, lo dejo. Y lo pongo al descubierto por si alguien puede gustar leerlo y extraer algo positivo que le ayude. Teresa es siempre enriquecedora, nada perdemos con ella, sino mucha ganancia. Aventuremos la vida hacia la santidad, con una convicción: “Vuestra soy, para vos nací”; y una disposición: “¿qué mandáis hacer de mí?

2 respuestas a “LA SANTIDAD EN SANTA TERESA

  1. Remedios 15 octubre, 2021 / 5:32 am

    Felicidades hermana Anna a usted, a su comunidad y a toda la orden de las Carmelitas Descalzas
    por esta gran mujer que fue Teresa de Jesús, la Santa de Ávila.
    Una santa que a pesar de los siglos sigue siempre tan actual, sobre todo nos atrae, porque expresa con humildad la verdad que vive, con esa mezcla entre el deseo de Dios y su propia fragilidad en la que todos nos reconocemos. Me encanta lo que ha escrito. Gracias.

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