SENTIRES DEL ALMA XVIII

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  • Manoseaba flores para hacer un ramo. Lo deposité en el altar. De los vitrales, un rayo de luz lo iluminaba. Al día siguiente contemplé lo efímero de la belleza, las flores secas y las hojas agonizantes. Solo el amor mantiene el frescor y vigor de la bondad y belleza, lo demás, todo perece.

  • No temer nada, saber cierto que el Dios que nos ama nos salva. Dios anda ocupado en rescatar lo perdido. Cada día me lava los pies. El Dios en quien creo se me ha hecho servidor, para hacerme a mí señora de su creación. Soy amante de su Amor. Soy adorada más que adoradora, así me ama Dios.
  • Jesús no se sitúa por encima de nosotros, lo tenemos a nuestros pies sirviéndonos, lo hace por amor. Y para que sepamos que solo nos toca servir como Él.
  • A cualquier hora, en cualquier momento, siempre estoy disponible para el servicio, forma parte de mi ser cristiana, de mi ser humana. Servir, ofrecer tiempo y vida a Dios y a los hermanos. Lo oscuro que hay en mí, Dios lo va saneando y esclareciendo. Entiendo que lo esencial es el amor y el servicio ofrecido. Amar al fin y decirlo con la vida.
  • La certeza de ser eucaristía, es ya tomar conciencia de nuestra dignidad sacerdotal y celebrativa, no necesariamente privacidad de una élite. Sea esto semilla y siembra para una generación futura que está por nacer.
  • Una Iglesia diferente será posible si la hacemos desde la base. Un hacer integrador, jamás excluyente de nadie. ¿Cómo iniciar un camino libertador y constructor de nueva humanidad? Un despertar del laicado abrirá nuevo camino ¡y caminar!
  • De nuestra relación con Dios, surge la posibilidad de tener criterios propios, no dejarnos manipular, Dios nos da una autonomía propia como parte de nuestra libertad. El Espíritu inspira a todos, no repara en estados, ni en hombre o mujer. Ante Dios todos somos iguales.
  • Si vivimos el amor, necesariamente surge el compromiso por la justicia. En la Iglesia ¡ninguna mujer situada en segunda categoría! La exclusión de las mujeres dentro de la Iglesia la ha creado el sistema eclesial, no Dios. Sin justicia hacia las mujeres ¿puede haber solidaridad, fraternidad y comunión? En esta liberación, todos nos hemos de implicar.
  • Porque soy seguidora de Jesús, asumo un compromiso libertador. Soy mujer que amo la libertad y lucharé hasta el fin de mis días por conseguir esta justicia dentro de la Iglesia, una absoluta igualdad en posibilidades para las hijas de Dios, igual que los varones. En este combate, en que hallo gustosos momentos de seguridad libertadora, de camino abierto, también asumo oscuros momentos de angustia y me tambaleo. Pero la oración me devuelve el coraje y buen ánimo, segura estoy que este camino libertador lo lleva Dios de su mano y nadie lo frustrará.
  • Los sistemas de poder siempre tienden a dominar, controlar y someter. Cuando el sistema eclesial discrimina y excluye a las mujeres, pone de manifiesto que no ha penetrado en el rasgo fundamental de liberación sin exclusión de Dios para todos. La discriminación es la absoluta contradicción que hace el sistema al Dios Abba Padre, que lo es de todos sin distinciones. Lo propio de Dios es la libertad que nos regala. Dios es pura apertura, lo propio del sistema es estrechura asfixiante.

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