LIBERADOS

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Dios infunde coraje para que sigamos creando liberación, somos seres en evolución y esto es imparable. Todo lo que aún está cerrado, atado, bloqueado, asfixiado, excluido, gime ser liberado, ¡no renunciar jamás a la libertad! Ser libertador es la vocación del seguidor de Cristo, con Él abrimos paso a la novedad, liberando el ser y la creación. ¡Cuidado con los sistemas de poder que encadenan la libertad de las personas, sean religiosos o políticos! Sigue leyendo

la oración y el problema de Dios

 

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 Por Anna Seguí ocd
KÜNG, H., La oración y el problema de Dios. Ed. San Pablo, Madrid 2018, 14 x 19’5, 98 pp.

Hans Küng, el hombre de la Libertad conquistada y de la Verdad controvertida, teólogo audaz y desafiante, pone en nuestras manos una pequeña obra sobre un tema también controvertido en nuestro tiempo: La oración y el problema de Dios. 

Está escrito como un canto con encanto poético, con autenticidad y convicción profunda, apelando a la fe confiada del creyente. Una convicción orante traspasa todo el libro. Y ante la crisis de oración, no pone el problema en cómo hemos orado en el pasado, sino afrontando este presente para entrever cómo podemos y debemos orar hoy, porque: De hecho, la crisis de la oración es una crisis de fe en Dios en general. Y remarca un sí grande a la oración, no para que satisfaga nuestros deseos, sino, bien cimentada en búsqueda de la voluntad de Dios, como única realidad que constituye nuestro bien. Lo resalta así: Su voluntad es el bien, el verdadero bien de los hombres: es bueno lo que Dios quiere. Sigue leyendo

ADELINA

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Queridísima Mara: Te cuento una sencilla anécdota de cuando todavía era una joven novicia. Recuerdo que, poco antes de comenzar la misa de los domingos, llegaba una señora muy anciana, vestida de negro, su ropa era muy sencilla y desgastada; usaba alpargatas que, nada más entrar en la iglesia se las quitaba y descalza, se iba acercando al presbiterio. Era todo un ritual dominical, siempre igual. Recogido el calzado en las manos y acunado en su pecho, de pie y sin distracción alguna, se santiguaba, miraba el sagrario, se santiguaba, miraba el Cristo, se volvía a santiguar, volvía a mirar el sagrario, volvía a mirar el Cristo, volvía a santiguarse. Sus labios musitaban alguna oración, mientras la mirada quedaba clavada en el Cristo que pende a lo alto y en el centro del presbiterio, solo y sin ornamentos que molesten el crudo gesto de su dolor y desnudez. En nuestra iglesia Cristo lo ocupa todo y así queremos que sea. Sigue leyendo